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La línea de tu rostro
Perfil del nuevo día
Que enciende mi vida
Con la luz atrevida
Del romántico amanecer.
Cándida expresión del alma
Que extingue del mañana
Las dudas del vago porvenir.
La línea de tu rostro,
Llave de mil cerraduras
Que abre la celeste puerta,
Al mísero atrevido
Que osado lo deslumbra
De pronto el paraíso.
La línea de tu rostro,
Que ansío aprisionar
Para robarle el aliento divino
Que llenaría mi ser de tu ser.
Deshojó las horas, las noches, los libros y las palabras.
Abrió el alma en la pagina rota de su vida;
y en las letras afiladas, encontraba el secreto de sus pasiones, el misterio abierto al mundo de su propio ser.
Su corazón sangraba, reía, en las líneas dulcemente dolorosas de unos verso que amaba ardientemente en la soledad feliz de su lectura.
Ardía, encendida su alma cual candente ascua. Leños apilados en la hoguera deslumbrante de sus manos.
Leños de voces crepitantes, de historias robadas, de vidas ajenas, de ansia prestada, grafitada en un trozo de papel resurrecto que encarna, vestigios de una vida fragmentada en trazos y trozos que escupe al mundo con su lengua de cartón, la utopía del artista.
Ofrecía la láctea blancura de sus pechos al cielo, desgarraba el continente blanquísimo de sus muslos y musitaba el lacerante verso. Era un aullido de reclamo, la feroz oración: masticaba las letras, los versos, la poesía y la lengua, los labios y los dientes y, un sollozo de animal herido, rasgaba, abría, penetraba el fecundo vientre; preñándolo de lágrimas y sentimientos que engendran las sangrantes pasiones.
Arrancarte de tu vida;
traerte a mí del pasado,
arrebatada a la ilusión,
arrebatada al sueño en el alba de los amores
dónde se despierta hombre acostándose niño.
Traerte a mí del lejano puerto de tu indiferencia,
traerte, desvaída; arrancada
del resquicio de las pasiones olvidadas
en el Leteo de mis venas.
Traerte, embebida del pasado
embebida de la libertad de la juventud
sin el lastre ominoso de tu presente.
De ese tiempo, donde mi mirada atrevida
no tenía la exigencia de la discreción.
Y eran mis ojos el espejo de un corazón
que latía suavemente en su cárcel de amor.
Verte, verte ansiando siempre tu presencia;
buscando en la dulzura del sueño de tu mirar,
en la sonrisa perdida en un recuerdo, desvanecido por un tiempo que quiero retener, entre los pliegues sutiles de una vida ajena que sin derecho ansió retornar, a la meliflua prisión de mi eterna ilusión juvenil.
Pensando en ti,
te arrebaté a la lejanía
y a través del tiempo y la distancia
llegaste cabalgando
En el corcel de mis recuerdos.
Moradora de mis sueños
tangible presencia del ayer;
imagen en mi alma acrisolada
con fuego de impetuosos años.
Vastedad de la memoria.
Ingente mundo poblado de tu sombra
que el ardiente sol del olvido
diluye en días de tenues amores.
Terrible y oscura eclipsas el presente
apagas el sol y brotas omnipresente de los rincones, donde en los amaneceres de mi olvido te acurrucaste silenciosa.
Brotas espiga de la fértil tierra
de mi imaginación.
Y en el sueño de mi vigilia
radiante acercas el beso,
que sella el eterno compromiso
de pensar en ti... siempre en ti.
Estás aquí, aquí conmigo;
enredada en los afanes de mi alma,
aquí, donde se arrejunta a tu recuerdo
dónde en etérea cópula
prohíjan pasadas formas.
Presente en mi, ungida en mi,
salobre y pegajosa aura
renuevo de viejas ansias
de torcer los recuerdos en pesado
espiral de apretujadas sensaciones.
Eres mía y soy tuyo.
Eres mía porqué amo tu recuerdo,
eterna y dolorosa fuente,
amo lo que fuiste y lo que eres
tus ansias y tus amores.
Eres mía porque vibraste entre mis brazos,
porque brotaba espontánea
la palabra amor de entre tus labios
y retumbante tu corazón amaba, amaba.
Soy tuyo, porque este ardiente amor
vive y morirá con el tiempo;
porque la distancia tocara sus extremos
en el incesante andar de la vida
y brotará del mágico círculo.
En la jaula amorosa de mis dedos
atrapé el vuelo incierto de tus manos.
Huidizo pájaro de ensueño
de tenue cielo vestido.
Impalpable y suave plumaje,
etéreo velo por ángeles tejido;
tersa piel que acaricia,
sutil aleteo de pájaro de ensueño.
Te posas ansiosa pero discreta;
recorres mi piel con tus alas de cielo
llenas de caricias mullidas.
Anidaste por fin en el nido de mis manos,
incauto pájaro, eterno prisionero
de la jaula amorosa de mis dedos.
Brevísima explosión de luz,
ígneo resplandor de mil soles
en un instante creados
En violento parto universal.
Claridad de estrellas nuevas
de luz briosa y naciente
que fogosa juguetea y escapa
En brillante y mágica turbulencia.
Noche y día, luz y sombra,
efímero cosmos que nace y muere.
Rápido parpadeo del universo.
Y desde el cielo de tus brazos
veo ese otro divino cielo,
que son tus negros ojos... mujer.
Fugitiva de los cielos Adriana,
rauda atraviesa el infinito;
a su paso el encendido granito
de las estrellas fulgura,
en universal homenaje
a la gracia de su apostura.
Llena de viva alegría
luminosa la estela fluía
enmarcando la sutil vía
del resplandor prístino
del primer día.
Adriana mira, la distancia
inocultable del celeste celaje,
detiene su andar de fugaz centella,
y contempla el azul paisaje.
Se inclina y vuelve a mirar.
Su mirada sin frontera
descubre en la extensa esfera
el cálido seno que la ha de abrigar.
Se desprende de la grandeza
de inmortal astro de milenario vuelo
y se precipita gozosa del cielo
a la tierra, que la espera amorosa.
Ya en la realidad del mundo Adriana,
el milagro de la vida vive ansiosa
ya no es la celeste estrella
pero sí una joven primorosa.
PENSAMIENTO
Sea la fuerza de tu pensamiento,
las alas que han de remontarte a las alturas,
y ya en el seno glorioso de tu ser.
Vislumbra el grandioso espacio de tu inmensidad. |