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Victor Hugo

Víctor Hugo


Hijo del conde Joseph-Léopold. Hugo, general del ejército imperial, Víctor Hugo tuvo una infancia matizada por los continuos desplazamientos de su padre y marcada por la influencia de los puntos de vista enfrentados de un padre bonapartista y una madre monárquica.

 

Víctor-Mane Hugo nació en Besançon, el 7 de ventoso del año X (27 de febrero de 1802), el mismo año que Napoleón se convenía en cónsul vitalicio y dos antes de que se proclamara emperador. El padre de Víctor, que formaba parte del ejército imperial, fue ascendido en 1809 a general. Pero sus padres estaban prácticamente separados; la madre tenía un amante, y el padre, por su parte, también tenía amores: en especial, una mujer que vestía de húsar lo acompañaba a todas panes. En 1811, el general, que estaba destinado en España, pretendió divorciarse, pero la madre, que vivía con los niños en París, abandonó a su amante y corrió a impedirlo. La familia ya reunida, incluido Hugo, que tenía 9 años, se instaló en Madrid, donde estaba destina- do el general. Fue una estancia breve, de sólo un año, pero debió de calar hondo en aquel niño precoz, que aprendió el castellano y que escribiría después varias obras de ambiente español y llegaría a tener un buen conocimiento de la literatura española.
En España empezó a convertirse en pesadilla el sueño imperial, y pronto el rey José tuvo que salir huyendo de Madrid. Al año siguiente, tras la desastrosa campaña de Rusia, se hundía irremisiblemente el imperio, dando paso a la Restauración, que se prolongaría, sin más interrupción que el breve intermedio de los Cien Días, hasta 1830, año en el que el rey burgués sustituyó al último Borbón. Pero cuando eso sucedió, el precoz Hugo ya era un escritor famoso.

UN GENIO PRECOZ
Víctor Hugo empezó a escribir en la adolescencia. En 1816, poco después de Waterloo, escribió su primera obra poética, Irtamene. Tenía 14 años,  pero soñaba ya con la gloria literaria. «Quiero ser Chateaubriand o nada», anotó en su diario. Chateaubriand era el representante del primer romanticismo francés, sentimental y políticamente vuelto hacia  la Francia antigua, pero era también la única gran figura de la Restauración a la que podía pretender emular un joven ambicioso. La otra, la del emperador en el destierro, había quedado vedada. En Francia no cabía ya la gloria militar. Frente a la influencia de las glorias militares de su padre, estaba su madre, que no había podido perdonar al emperador que ordenara ejecutar a su amante por haber conspirado contra el régimen imperial. Esa influencia materna pesó más en el joven Víctor, y así fue monárquico y conservador duran- te su adolescencia y su juventud. Desde muy temprano mostró una vocación literaria muy decidida y gran aplicación. A los 15 años obtuvo un premio de la Academia por su poema La felicidad que proporciona el estudio. Al año siguiente obtuvo otro en los Juegos Florales, fundó una revista literaria de ideología extremista, Le Conservateur Lz'ttéraire, que perduró hasta 1821 y llegó a gozar de gran prestigio. No sólo escribía poesía, pues también trabajaba en una novela Bug Jargal. El régimen reprimía ferozmente a los elementos bonapartistas y liberales, muchos de los cuales tuvieron que huir, como Stendhal, que se exilió en Italia.
En 1821 murió su madre. Su padre, que no vivía con ellos, se casó con aquella amante que iba siempre vestida de húsar cuando él estaba en el ejército imperial, antes de pasar a la reserva. Al año siguiente, en junio, Víctor Hugo publicó su primer libro, Odas y poesías diversas. Fue un año  importante para él: en octubre se casaba con Adele Foucher, una amiga de la infancia. Eran novios desde hacía tiempo, pero la madre de Víctor se oponía a la boda. Cuando ella falleció, ya nada impedía el matrimonio. Víctor Hugo era un joven «serio, muy reflexivo, que habla poco», un joven «digno hasta la dureza, puro hasta la barbarie, de estatura media, el cabello tupido y muy negro, el aire sincero y sereno y en la mirada un no sé qué de altivo, de caviloso y de inocente».
Era  además bastante pobre, pues sólo contaba para vivir con una pensión de 1.000 francos, que le había otorgado el rey por sus buenos servicios con la pluma, y lo que ésta podía seguir proporcionándole. Al año siguiente era padre de un primer hijo, que murió a los tres meses, fundó una revista literaria, La musa francesa, y publicó su primera novela, Han de Islandia. Pero la novela aún no tenía como género el prestigio que acabaría adquiriendo a lo largo del siglo. No tenía tanto prestigio como la poesía. Éste era el género con el que estaba penetrando con vigor en Francia el espíritu de los nuevos  tiempos.
En 1824, el dolor de la muerte de aquel primer hijo fue aliviado por el nacimiento de una hija, Leopoldine. Ese mismo año murió Luis XVIII, y fue sucedido por su hermano, padre del duque de Berry, mucho más conservador e intransigente. El nuevo monarca lo nombró caballero de la Legión de Honor. Al año siguiente publicó otra novela, BugJargal, la que había escrito en la adolescencia, que había revisado ahora, y tuvo otro hijo, Charles. Abordó además un género en el que pronto destacó, y qué le otorgó enseguida la imagen de representante del movimiento romántico, el teatro.
El teatro se había convertido entonces en el campo en el que se libraba la batalla de la libertad. La libertad era, en el teatro, Shakespeare, y la opresión las normas neoclásicas. Hugo escribió un drama histórico en verso, a imitación de Shakespeare, Cromwell. Es irrepresentable por el enorme número de personajes secundarios, los numerosos episodios que fragmentan la acción y las grandes masas que el autor maneja, pero el hechizo del verso permite una lectura sostenida, y va además acompañado  de un prefacio que se ha convertido en un manifiesto del romanticismo.
En 1828 murió su padre, el viejo general. Después de la muerte de su madre, Víctor se había ido aproximando progresivamente al general en la reserva, y a lo que representaba, al modo del Imperio. Fue el inicio de una evolución que iría separándolo progresivamente de la monarquía borbónica. En ese mismo año tuvo un nuevo hijo, Francois-Victor. Además, aquel año publicó la recopilación de toda su poesía anterior, que apareció con el título de odas  y baladas. Aunque hay en ella elementos románticos, en especial en las baladas, aún no hay una ruptura total con el clasicismo. Hay libertad, pero también mesura y contención.
Pero al año siguiente publicó un nuevo libro de poemas, Las orientales, en el que desató del todo la imaginación y dejó libre la inspiración. En el prólogo 'de ánimo claramente polémico, pedía para Francia «una literatura que se asemeje a una ciudad medieval». Ese mismo año escribió una obra en prosa que es una diatriba contra la pena capital, El último día de un condenado a muerte, en la que se percibe claramente una evolución en sus ideas políticas, y un drama en verso, representable ya, Marion de Lorme , que fue prohibido :por
la censura, que veía en el retrato que el autor hace del rey Luis XIII un trasunto del monarca reinante, Carlos X. Hugo fue a ver al rey, quien le prometió estudiar el caso. Lo hizo, pero decidió ratificar la prohibición, aunque le ofreció como compensación otra pensión. Victor Hugo la rechazó distanciándose aún más del régimen, que, por otra parte, se acercaba a su fin.
Como vivía de la literatura y necesitaba dinero, empezó a escribir ese mismo año otro drama, que terminó en un mes y que  tendría una resonancia mucho mayor que su obra ante- rior, convirtiéndose en un símbolo; se titula Hernani, y es un drama en verso, de tema español.

 

LA BATALLA DE HERNANI
La obra se representó el 25 de febrero de 1830. Violaba las normas de la estética tradicional del teatro clásico francés y enfureció al público conservador, que interrumpió a gritos la representación; pero la obra fue defendida decididamente por los jóvenes románticos  El enfrentamiento pasó del teatro a la prensa y convirtió a Víctor Hugo en paladín del nuevo movimiento.
En julio de ese mismo año, empezó a escribir otra novela, .Nuestra Señora de París. Es el mes en el que estalló la revolución que hizo huir a Carlos X a Inglaterra. También a nivel personal hubo un cataclismo en la vida de Víctor Hugo: descubrió que su mujer, que acababa de darle una nueva hija, Adele, mantenía relaciones amorosas con un joven crítico, que era además amigo suyo, Sainte-Beuve.
.Pese al golpe que esto significó, se inició con el nuevo régimen una de las décadas más fecundas de la vida del escritor. La novela que estaba escribiendo se publicó al año siguiente y alcanzó un gran éxito. Ese mismo año publicó también un libro de poemas, Hojas de otoño, que concluye con un canto desgarrador a la libertad de los pueblos aplasta- dos por la tiranía. El autor radicalizó sus posiciones también en el área política, aunque no en el mismo grado en que lo hicieron otros escritores románticos. Frente al nuevo régimen, con su culto a la riqueza y la mediocridad, Lamartine se convirtió en un símbolo y propugnó «la revolución del desprecio».
Victor Hugo, por su parte, seguía produciendo a buen ritmo, y al año siguiente escribió otros dos dramas en verso, El rey se divierte, cuya representación fue prohibida por la censura, y Lucrecia Borgia, y un drama en prosa, María Tudor. En 1833 conoció a una actriz, de la que se hizo amante, Juliette Drouette, y con la que estableció una relación que dura- ría toda la vida. Pero no pudo serle  fiel. Se había casado virgen a los veinte años, y había sido un marido modélico, pero a partir de su crisis con Adele, que le había liberado de todo compromiso, tuvo una necesidad imperativa de aventuras amorosas, que llegó a bordear la obsesión y que persistiría hasta la ancianidad.
En 1838 estrenó otra obra en verso, uno de sus dramas más logrados, Ruy Bias. En 1841 ingresó en la Academia. Pero el drama romántico se acercaba a su ocaso; en 1843 fracasó Los burgraves y cayó sobre Víctor Hugo una desgracia familiar: había hecho un viaje a un lugar tranquilo del sur para descansar, con Juliette, y se enteró leyendo el periódico en un café de que su hija Leopoldine había muerto ahogada. Fue un golpe terrible.
En 1945 fue nombrado par de Francia. Ese mismo año, en el que empezó a escribir Los miserables, se inició la crisis económica que acabó desembocando en una revolución que tendría consecuencias trascendentales en la vida de Víctor Hugo. Después de aquella pasó a relevar a Lamartine en el papel de escritor-símbolo que se oponía al poder.


En su vejez, Víctor Hugo llegó a ser un patriarca de las letras francesas; en su adolescencia  quería ser «Chateaubriand o nada.: todo o nada, como el Emperador, ese hijo de sí mismo, de sus propias obras, pero como los nuevos tiempos no permitían pensar en obtener la gloria en el campo de batalla, había que conquistarla en el campo de las letras.

 

LA REVOLUCIÓN DEL 48
En el mes de febrero se produjo la rebelión de estudiantes y trabajadores apoyados por la guardia nacional. Los republicanos se hicieron dueños de la situación y crearon un gobierno provisional, del que era ministro Lamartine, pero también Luis Blanc. Junto a la burguesía liberal surgía con fuerza un movimiento más radical, el del proletariado. Frente a la bandera tricolor de la burguesía liberal de Lamartine, los socialistas enarbolaban la bandera roja. Frente a la retórica de la libertad a secas, reclamaban el cumplimiento de los otros dos principios olvidados de la revolución: igualdad y fraternidad.
Victor Hugo participó activamente en los acontecimientos. Fue elegido representante por París a la asamblea nacional constituyente, y luego a la asamblea legislativa. Su posición era semejante a la de Lamartine, era ya decididamente republicano y liberal, pero no socialista. Temía que el populacho diera un golpe de Estado. Apoyó la disolución de los Talleres Nacionales, creados para aliviar la situación de los trabajadores en paro. Apoyó la candidatura de Luis Napoleón a la presidencia de la república, que podía ser el hombre providencial que salvara la república. Pero ese apoyo no duró mucho: cuando el presidente mostró su propósito de acabar con la república, Victor Hugo se opuso a él y encabezó la resistencia. Pero la resistencia liberal no era nada sin el respaldo popular y tuvo que huir. Se mantuvo firme en una oposición intransigente durante todo el Segundo Imperio, y fue en el exilio un símbolo de resistencia y dignidad inquebrantables. Se convirtió en el Antiemperador.
EL EXILIO
Se refugió primero en Bélgica, y al ser expulsado de allí pasó a Inglaterra, a las islas anglonormandas, primero a Jersey y luego a Guernesey. Fue un exilio largo, que duró casi veinte años. En ellos siguió escribiendo, incansable. Centró su producción literaria, en principio, en la lucha política. Escribió contra el déspota Napoleón el pequeño, Historia de un crimen, Los castigos. Pero también escribió Las contemplaciones, una especie de diario poético de su madurez. En 1859 el emperador decretó una amnistía, a la que Victor Hugo se negó a acogerse. Ese mismo año publicó la primera parte de uno de sus libros de poemas más ambicioso, La leyenda de los siglos. Al año siguiente reanudó una novela que había empezado años atrás y había dejado inconclusa, Los miserables, que tuvo un gran éxito y por la que percibió la exorbitante cantidad de 300.000 francos.
Siguió otra novela, El noventa y tres, una epopeya de la revolución francesa, que inició al año siguiente pero que no acabó hasta once años después. Publicó Willtam Shakespeare, un ensayo en el que defiende al dramaturgo inglés, y empezó a escribir Los trabajadores del mar. No olvidó, sin embargo, la poesía; en 1865 publicó un nuevo libro de poemas, Canciones de las calles y de los bosques, ritmo, color, ligereza, alegría. En 1866 terminó Los trabajadores del mar y empezó a escribir otra novela, El hombre que ríe.

 

En 1867 se reestrenó Hernani" en París; su éxito constituyó un homenaje a Victor Hugo y un repudio al. emperador. Pero el gobierno imperial prohibió la representación de Ruy BIas. En 1868 murió su esposa y, ya abuelo, emprendió un viaje a Suiza, escribió Torquemada y empezó a escribir dos libros de poemas, Los años funestos y El año temble, en los que seguía atacando a Luis Napoleón. Publicó además El hombre que ríe. El final de la lucha ya estaba próximo: ese mismo año estalló la guerra franco-prusiana, que acabó con el Imperio y que permitió a Victor Hugo regresar por fin, a París.

 

Antes de que Victor Hugo publicase sus primeras odas, Lamartine (arriba) ya había escrito un libro de poemas en el que se abría paso el' espíritu romántico; Víctor Hugo pronto añadió a su producción Nuevas odas (1824) y odas y baladas (1826), pues, como no era un noble rico, como Lamartine, sino un escritor profesional, la necesidad lo obligaba a ser bastante más fecundo.

 

 

 

 

 

LA ETAPA FINAL


Victor Hugo regresó a Francia convertido en héroe nacional. Pero era una Francia .muy distinta, en la que el romanticismo era cosa del pasado; una Francia humillada por la derrota, en la que los liberales volverán a sufrir la pesadilla del 48, pero en mayor escala. En el 71, Victor Hugo fue elegido diputado por París. Ante las medidas antipopulares del nuevo gobierno, se produjo una insurrección popular, que pronto se convirtió en la revolución conocida como la Comuna de París. Hugo dimitió y regresó a Bruselas. Expulsado de Bélgica, se trasladó a Luxemburgo. Aplastada la insurrección proletaria, se presentó de nuevo a las elecciones, pero no resultó elegido y volvió a París el 25 de septiembre. Siguió escribiendo incansablemente, viviendo entre Guernesey y París. En 1874 publicó El noventa y tres y terminó Mis hijos, que apareció en octubre. Al año siguiente fundó el periódico democrático El pueblo soberano y publicó los dos volúmenes del texto autobiográfico Actos y palabras.
En 1876 fue elegido senador. Era ya una institución nacional. En el Senado defendió a. los communards, para quienes pidió la amnistía. Tenía 74 años y seguía escribiendo: publicó el tercer volumen de su obra autobiográfica. Al año siguiente publicó la segunda parte de La leyenda de los siglos, El arte de ser abuelo y la primera parte de Histona de un delito; la segunda salió al año siguiente, en 1878. Ese mismo año sufrió una congestión cerebral y dejó prácticamente de escribir durante un tiempo, pero siguió interviniendo en el Senado en favor de la amnistía. En 1880 se celebró con un banquete el cincuentenario de Hernani. Cuando cumplió 80 años hubo una manifestación pública de homenaje frente a los balcones de su casa. Repuesto de su enfermedad, siguió trabajando y publicó un libro de poemas, Los cuatro vientos del espínlu. En 1883 murió Juliette Drouette. Tam- bién publicó ese año la tercera parte de La leyenda de los siglos. Ese mismo año, a los 81 años, redactó su testamento, en el que dice: «Renuncio a la oración de todas las iglesias; pido una plegaria a cada alma. Creo en Dios.» Todavía hizo un viaje a Suiza al año siguiente Murió en 1885, el 22 de mayo, de congestión pulmonar.

 

Marco histórico

Cuando Victor Hugo inició su actividad literaria, a la precoz edad de 14 años, el Imperio estaba definitivamente enterrado. La Francia derrotada se asentaba, después de los Cien Días, en la Restauración; volvían los aristócratas. Pero aunque la revolución parecía derrotada, no hubo vuelta atrás, y la burguesía acabó conquistando definitivamente el poder político porque controlaba los resortes económicos de la nueva sociedad que la Revolución Industrial está creando. Sus ideas tardarían un tiempo en imponerse en lo político, pero lo lograron muy pronto en lo cultural. y lo hicieron de la mano de un movimiento del que Victor Hugo acabó convirtiéndose en portavoz y paladín: el movimiento romántico.

EL ROMANTICISMO


El primer romanticismo francés estaba sentimental y políticamente volcado aún hacia la Francia antigua, era monárquico. Su representante era ese Chateaubriand a quien Victor Hugo quería parecerse, el ministro que envió a España los «Cien mil hijos de San Luis» para acabar con el régimen liberal. Era la Europa de la Santa Alianza. Los anhelos de libertad parecían dormir un largo sueño. Pero no sería tan largo como pensaba Stendhal. En esos jóvenes románticos germinaba el espíritu de la revolución y alentaba un espectro que dominaría a los jóvenes europeos durante casi un siglo, un símbolo de los nuevos tiempos: Napoleón.
La revolución romántica tiene principios poéticos. El nuevo espíritu de libertad del siglo se nota primero en el desasosiego íntimo, en la lírica. En 1820 Lamartine publicó Las meditaciones, un libro que constituye un hito y señala el triunfo del romanticismo en la poesía francesa, dominada por el respeto a las normas clásicas. Frente al corsé formal del clasicismo, los románticos proclamaban la libertad de inspiración, la imaginación emancipada y creadora. El movimiento, bastante tímido políticamente al principio, fue cambiando de orientación. La veta lírica predominó a 10 largo de todo un decenio, transcurrido el cual correspondió a Victor Hugo establecer el nuevo hito, con el triunfo del romanticismo en otro género más popular, donde el combate es más directo, un género que era bastión inexpugnable de la tradición clasicista, el teatro, en el cual el drama romántico irrumpió con Hernani.
Cuando estalló la revolución de 1830, que expulsó de Francia a los Borbones, una de las consignas que gritaban los sublevados era aún «jAbajo los románticos!». Victor Hugo ha- bía librado la batalla de Hernani contra la reacción, reclamaba la libertad del arte, pero seguía siendo monárquico y seguiría fiel al régimen de Luis Felipe casi hasta el final.


LA MONARQUIA DE JULIO


La revolución del año 30 no condujo a la república. La alta burguesía se hizo con el control del movimiento, instaló un rey a su medida e "impuso un voto restringido con el fin de que el poder político siguiera en manos de unos pocos. Y Francia siguió trabajan- do, resignada a una vida sin gloria; se industrializó e inició la expansión colonial. El nuevo régimen de la alta burguesía duró casi 20 años, en los cuales se produjeron grandes cambios en el país. Los románticos pasaron de posiciones monárquicas y conservadoras en lo político a convertirse en republicanos y paladines y portavoces de un pueblo soberano, al que se reverenciaba. Frente al egoísta ideal burgués del enriquecimiento y la resignación a la mediocridad, Lamartine abogaba por la «revolución del desprecio».
Esta agitación romántica, que desembocó en el 48; tenía por protagonistas indiscutibles a los escritores. Su condición cambió radicalmente en este período. El progreso técnico llegó también a las imprentas e influyó en el proceso de distribución de escritos y publicaciones. .Entre 1829 y 1848 las nuevas modalidades editoriales proporcionaron a la literatura dos millones de nuevos lectores. El escritor no dependía ya de un mecenas o de la protección del Estado, sino del público, y se consideraba representante del mismo, alma y porta- voz del pueblo soberano. Pero cuando la revolución estalló de verdad, los románticos que abogaban por ella vieron que frente a la bandera tricolor, el pueblo, aquellas masas a las que ellos cantaban, alzaba una bandera nueva, la bandera roja proletaria del socialismo.
Ya no cabían revoluciones burguesas. Los desharrapados constituían ya una clase que llevaba sobre sus espaldas el peso de la Revolución Industrial, que se iba organizando, que contaba ya con  ideólogos que proyectaban un orden social distinto al burgués, que aún era confuso e indefinido pero que se iba consolidando en un movimiento de vocación internacional. El pueblo no se conformaba ya con las libertades formales y con la retórica liberal romántica.

LA REVOLUCIÓN DE 48


La revolución precipitó la crisis económica, que se inició en el campo y se fue ex- tendiendo a la industria. París se convirtió en una bomba de relojería, con 100.000 desempleados en la ciudad y sus alrededores. Cuando la revolución triunfó, Lamartine formaba parte del gobierno provisional revolucionario, pero también Luis Blanc. No sólo se proclamaron libertades formales, sino que además se crearon, debido a la presión del pueblo y de sus nuevos representantes, los socialistas, los Talleres Nacionales, que daban trabajo a los desempleados. Pero esta nueva fuerza amenazante no era aún mayoritaria, ni tenía aún la cohesión necesaria, y contra ella se unieron todas las demás. En las elecciones triunfó el orden, todos se aliaron contra el nuevo monstruo.
El gobierno elegido disolvió los Talleres Nacionales para provocar la insurrección, que aplastó con un saldo de miles de muertos. Eso liquidó la república. Sin el apoyo popular, los republicanos liberales no eran nada y la república cayó como fruta madura en las ma- nos de un nuevo emperador, que llevaba años esperando la ocasión propicia.

SEGUNDO IMPERIO


El nuevo régimen duraría casi veinte años, hasta 1870. Los artistas y literatos comprometidos se exiliaron, como hizo Victor Hugo, o se encerraron en el culto del arte y en el menosprecio de la política y de los valores burgueses. Con el nuevo régimen, la alta burguesía se fortaleció y multiplicó la acumulación de capital, la industrialización se aceleró aún más, Francia se cubrió de una red ferroviaria, se inició un amplio programa de obras públicas que alivió el desempleo y las nuevas construcciones transformaron París en capital del mundo.
El nuevo régimen no sólo trajo el enriquecimiento de la burguesía sino que también fomentó los sueños de gloria y la pompa imperial. Francia se convirtió en árbitro de las cuestiones europeas, se expandió en ultramar, se convirtió en potencia industrial y financiera. El capital francés competía con el inglés en la financiación y construcción de ferrocarriles en el exterior, emprendía obras ciclópeas, como el canal de Suez.

Napoleón 111, que no era emperador por imposición despótica, sino por la voluntad de .los franceses, recurría periódicamente al plebiscito para consultar a la nación. Todo parecía ir sobre ruedas, hasta que la política imperial hizo caer a Francia en un juego fatal, el de Bismarck, emprendiendo una aventura de prestigio que acabó en la derrota de Sedán. Los prusianos llegaron a París. «Éste es el final de la raza latina», dijo consternado Flaubert.

LA  COMUNA

Del cadáver del imperio surgió otra vez el cáncer que se creía extirpado. Las masas ignorantes no se conformaban con una república de próceres y con libertades formales. De nuevo querían que se repartiese la riqueza equitativamente, que se les permitiera organizarse en sindicatos libres, que hubiera verdadera libertad  municipal. Las masas del 48 ahora estaban mejor organizadas, sabían más, habían seguido creciendo en la sombra pese a la represión. La insurrección fue aplastada por el ejército, con miles de muertos , muchos más que en el 48, y miles de deportados.
Victor Hugo abominó de la Comuna, lleno de horror. Era, en el fondo, un burgués asentado, con un buen capital, aunque no heredado sino conseguido con su propio esfuerzo; tenía un sólido sentido de la propiedad hondamente arraigado y profesaba un culto al ahorro. Sin embargo, defendió después a las víctimas de la represión y luchó activamente en favor de una amnistía para todos ellos.
Tras la Comuna nació la Tercera República. Con ella se asentaron definitivamente las libertades formales y el sufragio universal. La clase obrera se repuso de la represión y continuó la lucha, pero no volvió a salir a las barricadas, conquistando poco a poco un lugar al sol. La siguiente revolución de esta nueva clase no estalló hasta principios del siglo XX, y ya no en Francia, una Francia que, aunque hubiera enterrado la corona imperial, aunque no tuviera ya emperadores aunque  fuera decididamente republicana, siguió expandiéndose y creciendo en ultramar con voluntad de imperio.

EL  AUTOR  Y  SU  OBRA

Victor Hugo destaca por la amplitud y dimensión ciclópea de su genio artístico. Fue poeta, dramaturgo, novelista, escribió obras de carácter político y autobiográfico, fue también dibujante de notables dotes. Inició su actividad literaria a los 14 años y la continuó práctitamente sin interrupciones hasta su muerte, a los 83 años. La exposición que sigue, que incluye sus obras importantes, no es exhaustiva.

El poeta

Su consagración como escritor llegó con la poesía. Publicó su primer libro, Odas, en 1822. Siguieron otros tres libros de odas y uno de baladas, que recopiló en 1828 en uno sólo, Odas y baladas. Es su producción poética de juventud, con la que se consagró como uno de los grandes poetas de su tiempo, junto a Lamartine y a Vigny.
En este primer libro se percibe una evolución desde el respeto a las normas clásicas de las primeras Odas a la «cabalgata romántica» de las baladas. En su libro siguiente, Las orientales, se sitúa ya claramente en la vanguardia de los románticos. El libro va precedido de un prólogo en el que defiende la nueva poética, la libertad de temas y de formas, en el que pide para Francia «una literatura que se asemeje a una ciudad medieval», y donde se percibe ya un cambio en la actitud política del autor, que toma como tema de muchos de los poemas la guerra de in- dependencia griega contra el imperio turco. Pero lo que predomina es la pasión por lo pintoresco y lo exótico, el brillo, el colorido, la fantasía desbordante y un preciosismo verbal que bordea a veces lo prodigioso.
El libro siguiente, Hojas de otoño (1830), es, según el propio autor, «poesía familiar del hogar doméstico, de la vida privada, de lo más íntimo del corazón». Pero Victor Hugo convierte inevitablemente lo personal en general, su inti- mismo se vuelca hacia fuera y se universaliza. El libro, que acentúa su distanciamiento de las posiciones monárquicas, evoca las gestas napoleónicas y traza como broche final una visión apocalíptica de una Europa oprimida por la tiranía

que se apresta a la rebelión. Le seguirán a lo largo de la década de 1830 y de la siguiente Can- tos del crepúsculo (1835), Las voces inten.ores ( 1837) Y Los rayos y las sombras (1840). En estas obras, se convierte en el poeta-vate, portavoz del pueblo y de la humanidad, que aborda los grandes temas generales y a la vez es un cronista poético, periodístico, de lo más cotidiano. Pese al peligro constante de la oratoria hueca y de la desmesura profética, sabe calar muy hondo y preludia y bosqueja las líneas maestras que seguirá la poesía francesa a lo largo del siglo XIX. La llegada del Segundo Imperio centró la musa poética de Victor Hugo en su lucha personal contra el emperador desde el exilio. En 1853 publicó Los castigos: frente al desprecio del tira- no hacia el poeta que «está en las nubes», Hugo afirma que también en ellas está el trueno, y con él en la mano ataca al ladrón, al bandido que quiere usurpar la gloria del verdadero emperador, del grande, cuya catástrofe final en Waterloo evoca y canta en tono apocalíptico. Su libro siguiente, Las contemplaciones, aun- que publicado en 1856, es una vuelta a los te- mas del período 1830-1840, pero la tensión poética, templada en el exilio, está más depura- da, el vate lleva más allá su aliento profético y, maestro de la palabra, busca hacer de la poesía una verdadera religión, un instrumento para re- velar la verdad profunda. Se convierte en un adelantado del surrealismo, en «el primero de los videntes», según una frase de Rimbaud.
En 1859, Victor Hugo publicó el primer libro de lo que acabaría siendo su obra poética más importante, La leyenda de los siglos. Siguieron otros dos, en 1877 y en 1883, que completaron la gigantesca empresa. La obra, una de las pocas grandes epopeyas de la lengua francesa, pretende «expresar la humanidad en una especie de obra cíclica, seguir el desarrollo del género hu- mano de siglo en siglo, desde las tinieblas hasta el ideal», en una serie de cuadros que concluyen en el Segundo Imperio.
Canciones de las calles y los bosques (1865), es una obra de tono parnasiano, lleno de color  y de ritmo, y Los años funestos y El año terrible, publicados ambos  en 1872, sobre el período final del Segundo Imperio y su caída y los sucesos que la acompañaron, son una serie de cuadros en los que se mezclan los hechos históricos y las peripecias personales del autor. La última obra poética que publicó, ya octogenario, es El arte de ser abuelo, un libro lleno de ternura que de- dicó a sus nietos.

El dramaturgo

Victor Hugo fue el abanderado del drama romántico. Famoso ya como poeta, efectuó en 1827 su primera incursión en el teatro. Lo hizo con Cromwell, una obra que toma como modelo los dramas históricos de Shakespeare, prácticamente irrepresentable por el número excesivo de personajes, y que incluye un prólogo explosivo en el que defiende al dramaturgo inglés y reclama la libertad en el teatro, último bastión del clasicismo: «No existen más reglas que las generales de la naturaleza que abarcan por entero el arte, y que  las especiales que son, en cada composición, los resultados de las condiciones adecuadas de cada asunto.» Considera absurdas las «unidades» clásicas, y la distinción rigurosa entre tragedia y comedia, y defiende el valor artístico de lo grotesco y el drama en verso como el género más adecuado para expresar el espíritu de los nuevos tiempos.
Pronto escribió otra obra, Marion de Lorme, historia de una cortesana a quien redime un amor puro, enmarcada en la época de Richelieu, que es ya representable, pero fue prohibi- da por la censura. Luego, en 1830, llegó Hernani, la primera batalla del teatro romántico. La obra, un poema dramático en  cinco actos en el marco de la España de .Carlos V, gira en torno a la fatalidad de la pasión, el honor y el respeto a la palabra dada, y se sostiene, más que por la coherencia de las situaciones y de los personajes, por la magia verbal y la tensión poética del texto. Con Hernani se consagró el triunfo del drama romántico. En 1833 estrenó dos piezas en prosa, Lucrecia Borgza, notable únicamente por su clima obsesivo de pesadilla, y María Tudor. En 1835 estrenó

 

Angelo, tirano de Padua, también en prosa. Sin la magia del verso se aprecia el cañamazo y resulta más patente en estas obras lo irreal de mu- chas situaciones y personajes. En 1837 volvió al verso con El rey se divierte, drama cuyo protagonista es un bufón de la corte de Francisco 1, que no tuvo demasiado éxito y fue prohibida muy pronto por la censura. Al año siguiente estrenó Ruy Bias, también en verso, una de sus piezas dramáticas más logradas, ambientada en la corte española de Carlos 11. Su obra siguiente, Los burgraves constituyó un fracaso estrepitoso y marca el ocaso del drama histórico romántico. En 1869, cuando se acercaba ya el final del exilio, escribió sus últimas piezas dramáticas, Torquemada, Welf y La castellana de Osbor. La primera se estrenó en 1882. Pinta un mundo sombrío lleno de violencia romántica, en el que los anacronismos históricos no empañan la fuerza del cuadro general y el vigor de los personajes principales. Es superior a muchas de sus obras dramáticas anteriores, pero los tiempos del drama histórico romántico habían quedado ya atrás. .

El novelista

Victor Hugo-publicó sus primeras nove- las en la década de 1820. El género aún no ha- bia alcanzado el prestigio que lograría a lo largo del siglo. Pero prosperaba en forma de literatura barata, siguiendo la línea de la novela histórica a imitación de Walter Scott y de la novela negra y de la sentimental de los amores románticos y las parejas separadas por la fatalidad. Para ese mercado escribió por entonces el joven Balzac con seudónimo un volumen al mes por mil francos. La primera novela que publicó Victor Hugo es Han de Islandia, que entra dentro del género de la novela negra y de la histórica, con elementos de fatalidad y de amor romántico también. La obra, publicada en 1823, se desarrolla en una hipotética Islandia y su protagonista principal es un hombre salvaje y cruel que vive solo, con un oso por toda compañía.
Su obra siguiente es Bug-jargal (1826), obra de adolescencia, que retocó el autor en este período y que se emplaza en el remoto Nuevo Mun- do, en Santo Domingo. Su protagonista es un esclavo enamorado de la hija del patrón, que acaba pereciendo por su buen corazón. Pero en la obra apuntan personajes de otras obras del Victor Hugo maduro, y su trama es mucho más coherente que la de la anterior.
Pronto triunfaría también en este género con una gran obra. Cuatro años después, cuando se estrenó Hernani, empezó a escribir Nuestra Señora de París (1831), que 10 colocó entre los primeros autores de un género que contaba ya con obras de la talla de El rojo y el negro y en el que había irrumpido ya Balzac. El éxito de público fue enorme y pronto cruzó las fronteras de Francia y se multiplicaron las traducciones. «Víctor Hugo dijo Michelet  ha construido al lado de la antigua catedral una catedral de poesía tan firme como los cimientos de la otra, tan alta como sus torres.»
Victor Hugo no volvió a la novela hasta 1845, catorce años después, cuando empezó a escribir otra que tituló Las miserias, en la que trabajó intermitentemente y luego la abandonó. No la reemprendió hasta 186O, cuando llevaba ya casi diez años de exilio. El editor se había negado a publicarle dos libros de poemas, uno sobre Dios y otro sobre el Diablo, y le pidió que volviera a aquel manuscrito y lo terminara. Su título final fue Los miserables.
En Los miserables no aborda los mundos exóticos sino la realidad social del presente, «la de- gradación del hombre a través de la proletarización, la decadencia de la mujer hambrienta, la atrofia del niño que vive sin sol». Penetra ahora en un nuevo campo de la novela, el campo en el que había alcanzado un éxito inmenso de público con Los misterios de París y en el que Balzac reinaba. La trama del libro gira en torno a la historia de un presidiario, Jean Val- jean, encarcelado por robar un pan y al que la cárcel encanalla. Tras evadirse, tiene un encuentro providencial con un sacerdote que es un auténtico cristiano, quien le cura de su sed de mal. Luego la historia salta a unos años más tarde, cuando el presidiario se ha convertido en un adinerado bienhechor misterioso que protege a una madre soltera desdichada y a su novio, pero a quien persigue implacable la justicia, un policía que parece haber consagrado su vida a esa tarea. Cree identificarlo en otro, al que van a condenar. Jean, según su nueva moral, no puede permitir que se condene a un inocente y se entrega. Nuevamente se fuga y Javert, el policía, reanuda la persecución. Cuando estalla el motín de 1832 Jean puede matarlo pero en vez de hacerlo le salva la vida.
Pero esto es sólo el hilo argumental, la obra, pese a sus desigualdades, inverosimilitudes y digresiones, es un gran cuadro social de personajes y de descripciones de ambientes y de hechos históricos que alcanza dimensiones épicas y tensiones líricas pero que también contiene densidad de realidad social, humana y psicológica y un mensaje solidario. El propio autor definió así su libro: «En mi pensamiento, Los miserables no es otra cosa que un libro con la hermandad por base y el progreso por cumbre.»
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Escribió la novela siguiente, Los trabajadores del mar, en 1866. Aunque desarrolló en ella su constante tema de las grandes virtudes y las fa- talidades, abordó un tema nuevo y candente, el de la máquina y el trabajo técnico y la lucha eterna del hombre con la naturaleza, no en el marco social de una ciudad sino en la propia isla de Guernesey, donde seguía exiliado. No es una obra optimista, el premio al trabajo esforzado, no es el amor sino la renuncia.
Tres años después, en "Vísperas ya de la caída del imperio, en 1869, publicó otra novela, El hombre que ríe. Volvía al género histórico, y el marco es la Inglaterra del siglo XVIII. Un buen saltimbanqui que vive en compañía de un oso recoge a un niño y a una niña abandonados.. El niño tiene el rostro deformado por los «compra- niños» con una risa perpetua y la niña es ciega. Acaba descubriéndose que el niño es noble y rico, que había sido raptado de pequeño. Re- puesto en su condición, se siente incompatible con ella y desea volver al mundo anterior, pero cuando lo hace es ya demasiado tarde. La fatalidad, como siempre, se impone. Pese al monolitismo de los personajes la obra se sostiene por la pericia escenográfica, la hábil dosificación del material dramático y la capacidad de evocación histórica.
Victor Hugo publicó su última novela, El no- venta y tres, en 1873, a los 71 años. El tema central es la Gran Revolución. No hay en ella ningún personaje que encarne el mal. Es la fatalidad del mundo la que provoca el mal, 110 los seres humanos, esclavos de su papel y de su condición. Los tres personajes centrales que sostienen la trama son un revolucionario consciente y convencido, un noble honrado que cree justo defender a la aristocracia y un joven, sobrino del primero e hijo adoptivo del segundo. El joven salva a su tío de la guillotina y es condenado a muerte por su padre adoptivo, que se pega un tiro cuando ve caer la hoja de la guillo- tina. En torno a este argumento, Victor Hugo va pintando cuadros y creando atmósferas y construyendo una epopeya de la revolución que significa sangre y sufrimiento, pero purifica y exalta y renueva a los seres humanos.

 

NUESTRA SEÑORA DE  PARIS

Victor Hugo empezó a escribir Nuestra Señora de París a finales de julio de 1830, unos meses después del polémico estreno de Hernani', que lo había convertido en paladín del drama romántico. Tenía 28 años y era ya, además del autor de Hernani, un poeta consagrado. A pesar de esos éxitos, graves problemas persona- les lo asediaban. Se habían confirmado sus sospechas: su mujer tenía desde hacía tiempo un amante, y éste era, además, un amigo suyo, el joven crítico Sainte-Beuve. En esas mismas fechas, cuando había empezado a escribir Nuestra Señora de París, nació su hija Adele, y al golpe que significaba la traición de su mujer y del amigo se unió la duda torturante sobre la paternidad del nuevo vástago.
A los problemas personales se sumaban además los generales. A finales de julio de 1830 se alza- ron de nuevo barricadas en París. El levanta- miento popular acabó con la Restauración y entronizó, no la república y el sufragio universal como esperaban muchos, sino un rey burgués y un voto restringido. Mandaba la nueva aristocracia, la del dinero, y era la época dorada de la alta burguesía. Victor Hugo fue abandonan- do gradualmente sus ideas monárquicas y alineándose, como la mayoría de los románticos, en las filas de los que no se daban por vencidos y seguían pidiendo la república. y por si los cataclismos políticos y personales no bastasen, se unían a ellos los naturales: una epidemia de cólera, procedente de Oriente, barría Europa.
Terminó su novela en enero de 1831 y la publicó en marzo. Obtuvo un éxito inmediato. y no sólo en Francia, sino en toda Europa, pronto se multiplicaron las traducciones (la primera española, de Eugeniode Ochoa, data de 1836). Su fama cruzó por primera vez las' fronteras de
Francia.
La obra pertenece a una corriente plenamente consagrada ya dentro del género, la de la novela histórica, que Balzac estaba empezando a convertir en estudio social. Hugo se documentó rigurosamente sobre el marco físico en el que desarrolló su obra, pero además de un ánimo de veracidad de cronista en la descripción del en- torno, cargó los tintes y los tonos creando una densa atmósfera que entra de lleno en el ámbito de la novela negra. La novela no era un género ilustre aún, no tenía el prestigio que tenía la poesía ni el que estaba adquiriendo el drama. Aunque se consideraba hombre de letras, y capaz por ello de abordar cualquier género, Victor Hugo se tenía ante todo por poeta, por autor de libros y de dramas en verso, pese a sus dos no- velas anteriores. Aportó al género la magia de su verbo poético, la capacidad para la estructuración dramática del flujo narrativo y para el manejo de los escenarios que le aportara su experiencia como dramaturgo.
Había emplazado sus dos novelas anteriores en ambientes exóticos, un Nuevo Mundo tópico y una Islandia hipotética; tampoco aborda en ésta la realidad contemporánea, como estaba haciendo Stendhal, que escribía por esas mismas fechas El rojo y el negro. Retrocedió a la Edad Media, al mundo gótico, a ese mundo al cual quería que se pareciese la nueva literatura. Pero lo hizo en el tiempo, en el espacio; el gran protagonista del libro, la catedral, está muy próxima a él, sigue en pie casi igual allí en la propia ciudad, en París. Ella es el personaje principal alrededor del cual teje un mundo de seres que nacen, según el propio autor, de la «imaginación, el capricho y la fantasía».
La fidelidad arquitectónica en la reconstrucción del marco es la que otorga grandeza y realidad a la novela, que se despliega en una prosa espléndida, ágil, rápida y eficaz, pese a las reiteraciones en apariencia innecesarias. una prosa que pinta diestramente atmósferas con un extraordinario poder de evocación. El narrador explica el mundo antiguo desde el presente, y sus apartes de cronista tienen a veces un tono zumbón y tierno, cervantino, que se acentúa en su visión de ese trasunto suyo que es el poeta Gringoire. Otro importante personaje es la multitud, el pueblo, que tiene voces que se individualizan pero que constituye una entidad orgánica, y que es, pese a la distancia en el tiempo, también un poco el pueblo del París revolucionario, el pueblo eterno. Victor Hugo lo pinta con la visión que tiene de él por aquellos años, que aún no es la de Los miserables.

Portavoz y bandera del Romanticismo, Victor Hugo  obtuvo en 1830 un nuevo  triunfo con la novela Nuestra Señora de París, después de haber entusiasmado con las baladas de Las orientales en 1829 y el éxito en el teatro con el drama Hernani.

 

 

 

 

 


Lz corte de los milagros (1850), grabado de Jacques para Nuestra Señora de Paris. Con su dilatada y prestigiosa carrera, Victor Hugo fue el representante más notorio de la transición del, Romanticismo a:i Realismo. En Nuestra Señora de Paris, novela histórica y poética, desarrolla un cuadro minucioso del París medieval y la vida durante el reinado de Luis XI.

El conflicto básico es el de la inocencia, el mal y la fatalidad. La inocencia es una joven gitana, Esmeralda. Se gana la vida bailando y prediciendo el porvenir, una vida errabunda en la que su única compañía es una cabra, Djali, de la que dice que es su hermana. El destino la lleva hasta la catedral. Pero ese mundo vivo de luces y sombras, centro y corazón de la ciudad, no alberga ya a Dios, alberga monstruos. Esmeralda tiene la desdicha de ser muy bella, de despertar pasiones irresistibles en los hombres. y uno de los monstruos que la catedral alberga, monstruo no tanto físico como moral, se enamora de ella con una pasión ciega. Es Claudio Frollo, el arcediano, un eclesiástico siniestro y ambicioso. Ella lo rechaza, no puede amar a aquel ser torturado y diabólico.
El arcediano, cegado por la pasión, decide hacerla suya a toda costa. Utiliza para ello a Quasimodo, el campanero de la catedral. Es el otro monstruo que alberga la catedral, una especie de cíclope pelirrojo de fuerza hercúlea, tuerto, deforme, cojo, jorobado. El ruido de las campanas lo ha dejado sordo. Es como una gárgola que se hubiese encarnado. Como un gigante hecho pedazos y vuelto a juntar por manos inexpertas». Vive en lo alto de la catedral y a veces se pasea por los tejados. Las gentes del pueblo se burlan de él, pero le temen por su fuerza hercúlea, porque su apariencia monstruosa y grotesca les inspira un aversión supersticiosa y porque es el perro fiel del arcediano, que lo ha recogido y lo protege, y a quien el pueblo también odia y teme. El arcediano le ordena raptar a Esmeralda. Quasimodo lo intenta, pero se lo impide un joven capitán de arqueros, Febo, del que la joven queda prendada. Pero el arcediano interviene para impedir que el amor de los jóvenes se consume y apuñala a Febo y rapta a Esmeralda y la encierra en el lúgubre mundo de la catedral, dispuesto a hacerla suya por la fuerza. Al no poder conseguir doblegarla, decide entregarla a un terrible destino, a la hoguera. No cuenta, sin embargo, con el otro monstruo de la catedral, con la gárgola desencarnada, que es monstruosa en lo físico, pero no en lo moral. Quasimodo en lo moral es sólo inocente, un primitivo, y Esmeralda, primitiva e inocente también, enciende en él la llama de un amor que lo transfigura y regenera.

 

 

 

 

 

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