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Miguel de Cervantes Saavedra, el Quijote de la mancha

El QuijoteLa máxima creación de Miguel de Cervantes es indudablemente Don Quijote de la Mancha, culminación de toda una vida de escritor y una de las grandes novelas de la literatura universal. Puesto que cada generación descubre de nuevo el Quijote, el análisis pormenorizado de la trama argumental de la obra sigue siendo indispensable. Sin lugar a dudas, el Quijote es una fuente inagotable de nuevos hallazgos e interpretaciones. Antes de morir, y cuando ya se habían publicado las dos panes del Quijote, Cervantes dio a conocer todavía una última novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, y con ella concluyó definitivamente el ponentoso ciclo creador que había iniciado con La Ga/atea.

El Quijote está constituido por la narración de tres viajes por la Mancha, por Aragón y por Cataluña realizados por el héroe del relato. Tres veces sale de su aldea en busca de aventuras. En cada uno de estos periplos el legendario personaje y su inseparable compañero van perfilando su idiosincrasia inconfundible. Cada una de estas salidas tiene una estructura, unas aventuras y un itinerario propios que servirán para ir analizando la novela de acuerdo con las características particulares de cada una de ellas.

EL AUTOR
La valoración que  el Quijote y, por extensión, el resto de la obra cervantina han merecido dentro y fuera de España ha variado con el correr de los siglos. Para empezar, conviene saber que la influencia inmediata de Cervantes entre los escritores castellanos del Barroco se vehiculizó a través de las Novelas Ejemplares. La tipología de éstas proviene de la navela italiana, es decir, de una narración breve que equivale a lo que hoy en día conocemos como novela  corta. Pero Cervantes no se limitó a adoptar la forma italiana de este género, sino que lo innovó como dice Hainsworth, mediante el arte de la concentración y el arte de la sugestión, y su acierto fue tan grande que tuvo numerosos imitadores.
Entre los más destacados cabe citar a María de layas con sus Novelas amorosas y ejemplares, a Juan Pérez de Montalbán con sus Sucesos y prodigios de amor en ocho novelas ejemplares y también a autores como el prolífico Alonso de Castillo Solórzano, Juan Cortés de Tolosa, Jerónimo de Salas Barbadillo e, incluso, el mismísimo Lope de Vega, quien adoptó las formas cervantinas en su obra Novelas a Marcia Leonarda, aunque sin superar su modelo.
En cambio, no tuvo la misma difusión el Quijote, que, en los siglos XVII Y XVIII, fue tan sólo visto como una novela cómica por los escritores españoles. Esa valoración cambió con el romanticismo, si bien y con anterioridad, el Quijote resultó muy apreciado en Inglaterra y Francia. La novela inglesa que aparece en el siglo XVIII debe mucho a Cervantes, como es bien patente en Fielding y Smollet, y no es menor la deuda en escritores posteriores como Walter Scott y el mismo Charles Dickens.
En España, los escritores de la generación del 98 vieron a Miguel  de Cervantes de un modo muy distinto a como había sido interpreta- do hasta entonces y lo valoraron a veces incluso en sentido extra iliterario y acorde con la búsqueda de la identidad española que caracterizó a todos ellos.
En este sentido, el caso más exagerado correspondió a Miguel de Unamuno; en su Vida de don Quijote y Sancho, el que fuera principal ideólogo del noventayochismo, llegó  a afirmar: «¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo que vivo es ….lo que yo allí descubro...» Y el gran descubrimiento unamuniano consistió en exaltar la locura heroica de don Quijote, la «santa locura española),. Más tarde, Ortega y Gasset, chef de file de la generación de 1914, inició sus fecundas reflexiones partiendo precisamente de Cervantes en sus Meditaciones del Quijote. Ortega compartía con Unamuno la idea de que el personaje cervantino es el símbolo por antonomasia del carácter nacional español, con sus virtudes y sus defectos; ahora bien, don Quijote, en cuanto expresión acendra- da de lo autóctono, del alma española, tenía que sintetizarse con lo germánico para producir así un nuevo clasicismo basado en el cruce de lo espontáneo y lo reflexivo. Menos ideológica y más literaria fue la interpretación que hizo Antonio Machado a través de las sentencias y donaires de Juan de Mairena: «Nuestro Cervantes... no mató, porque ya estaban muertos, los libros de caballerías, sino que los resucitó, alojándolos en las celdillas del cerebro de un loco, como espejismo del desierto manchego. Con esos mismos libros de caballerías, épica degenerada, novela propiamente dicha, creó la novela moderna. Del más humilde propósito literario, la parodia, surge, qué ironía!- la obra más original de todas las literaturas...»

Cervantes murió sin saber que la primera parte del Quijote ya estaba traducida al inglés y al francés: en Inglaterra, éste se convirtió en el libro básico para el desarrollo de la gran novelística inglesa. Pero ya antes de la primera traducción –Shelton 1612- hay alusiones en el teatro inglés al Quijote, hablando de «luchar contra molinos de viento». Al lado, frontispicio de la edición inglesa del Quijote de 1687, que curiosamente incluye a Sancho Panza.  

Primera salida de don Quijote


Primera parte, capitulo 1 a 6. La novela se inicia con una descripción de las costumbres y estado del protagonista. Hidalgo de unos cincuenta años y de mediana posición, que consumía sus menguadas rentas en la compra de libros de caballerías cuya lectura le entusiasmó de tal modo que le llevó a la locura. Como consecuencia de esto decidió convertirse en caballero andante y salir por el mundo en busca de aventuras, bautizándose a sí mismo como don Quijote de la Mancha. Y recordando que todo caballero andante estaba enamorado de una dama a quien encomendarse en los trances peligrosos y a quien ofrecer los frutos de sus victorias, elige a una moza labradora «de quien él un tiempo anduvo enamorado», y le pone el nombre de Dulcinea del Toboso, convirtiéndola en el norte de todas sus hazañas.
En su primera salida, don Quijote, a causa de su locura, desfigurará la realidad acomodándola a las fantasías que ha leído en los libros de caballerías; así cuando llegue a la venta creerá encontrarse en un castillo y las mozas de peor calaña serán «hermosas doncellas». En esta venta se hará armar caballero (1, 3) en una ridícula farsa y diáfana parodia de las solemnes fiestas que tanto abundan en los libros de caballerías, donde el héroe es armado ceremoniosa- mente y con el más profundo fervor religioso. Los lectores del siglo XVII percibieron muy bien que el protagonista de la novela jamás fue caballero porque don Quijote había recibido la caballería «por es- carnio», ya que el ventero que le dio el espaldarazo no tenía «poderío de lo fazer». De ahora en adelante, toda la novela transcurrirá acomodada a este equívoco inicial y absolutamente consciente. Las personas sensatas que se topen con don Quijote de la Mancha comprenderán al punto que se trata de un irremediable y alucinante loco que se figura caballero; sólo los rústicos, como los cabreros, los chiflados, como el Primo, o sea, los genuinos representantes de los sectores más humildes y populares, o los irremediablemente tontos, como doña Rodríguez, se tomarán en serio la caballería del hidalgo manchego. y también Sancho Panza, porque Cervantes ha sido muy hábil al colocar este episodio antes de aparecer el escudero.
Su primera aventura como protector de los desvalidos, defendiendo a un criado apaleado por su amo, tiene un final desalentador, pues cuando días más tarde encuentre de nuevo al mozo (1, 31) éste le indicará que no se meta donde no le llaman. Siguiendo su camino, don Quijote obliga a seis mercaderes toledanos a confesar su fe ciega en la belleza de Dulcinea, sólo consiguiendo que se burlen de él y lo apaleen (1, 4). Tras la paliza, la locura de don Quijote adquiere una nueva característica: cree ser otras personas; primero Valdovinos, personaje .del Romancero, y al cabo de un rato Abindarráez, personaje de una novela morisca. Un vecino que lo recoge lo lleva a su casa para que se reponga (1, 5). Mientras él permanece en la cama durmiendo profundamente, el cura, el barbero y el ama se dedican a juzgar y salvar o condenar al fuego los libros de la biblioteca de don Quijote (1, 6). Este capítulo


cuadro1.jpgDetalle de una cuadra de Valero, en el cual se ve  a don Quijote bebiendo a través de una caña al no poder quitarse el yelmo.

está dedicado exclusivamente a la crítica de novelas y de libros de poesía, que el cura va juzgando según, naturalmente, las ideas y gustos de Cervantes. Casi todos los libros son quemados por el impecable ama en el corral de la casa; pero algunos de ellos se salvan de la condena (el Amadís, el Palmerín de Inglaterra, el Tírant lo Blanch) , así como ciertas novelas pastoriles. Entre éstas aparece, significativamente, La Galatea de Cervantes, en un guiño de absoluta complicidad que el autor dirige al lector de la obra.

Segunda salida de don Quijote


Primera parte, capítulos 7 a 52. A pesar del fracaso de sus prime- ras aventuras, don Quijote persiste en su empeño de ser caballero andante y para ello necesitará un escudero. Convence con la promesa de grandes ganancias y botines a «.. .un labrador vecino suyo, hombre de bien -si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera» (1, 7). Sancho Panza no será siempre así, y en la pluma de Cervantes irá evolucionando y a este ignorante labrador se le irá pegando el ingenio de don Quijote e incluso llegará a contagiarse de su locura. A partir, pues, del capítulo 7 aparece la inmortal pareja y con ella el continuo y atrayente diálogo que nos hará penetrar a fondo en el alma de don Quijote y su escudero, en reiterado contraste entre el idealizado sueño caballeresco y la realidad ingenua, sensata y pueblerina, y contraste también físico: don Quijote, alto y delgado, montado  en su escuálido caballo, Rocinante  y Sancho,  gordo y chaparro so su inseparable asno. En esta segunda salida  de don Quijote  se van a suceder una serie de episodios variados: la aventura de los molinos de viento que se transformarán para don Quijote en descomunales gigantes como los que se enfrentaban a los caballeros andantes, y la pelea con el gallardo vizcaíno que termina con las espadas en lo alto. A partir del siguiente capítulo, Cervantes empieza lo que él llama segunda parte de su no- vela y se introduce en ella fingiendo estar apesadumbrado por no saber nada más de don Quijote. En sus rebuscas encuentra en Toledo unos papeles escritos en árabe que se hace leer por un morisco y se entera de que trataban de la  Historia  de don Quijote de la mancha, escrita por Cid Hamid Aberenjenado. Historiador arábigo. Nombre que se inventa Miguel de Cervantes, aunque finalmente irónico, está en autentico árabe  y significa “señor aberenjenado”  contento Cervantes con su hallazgo se lo hace traducir al castellan, o se a que partir de este momento el Quijote será la fingida traducción de un texto arábigo.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Llegan don Quijote y Sancho al anochecer a las chozas de unos cabreros que les acogen amablemente, y al acabar la frugal cena, don Quijote, contemplando un puñado de bellotas, ante su rústico auditorio pronuncia el famoso discurso sobre la Edad de Oro, en el que Miguel de Cervantes ironiza sobre aquella época ideal en que la virtud, la inocencia y la bondad imperaban en todo el mundo.
Durante la estancia con los cabreros (1, 11 a 14) se narra la historia de los amores de Grisóstomo y Marcela, pastores al estilo de las novelas pastoriles, o sea seres más literarios que auténticos y cuyo refinado lenguaje contrasta con los vulgarismos y errores idiomáticos de los verdaderos cabreros. Éste es otro recurso cervantino de introducir un relato dentro de la novela pero sin interrumpir nunca la continuidad del argumento de ésta.
Don Quijote y Sancho abandonan a los cabreros y los pastores y reemprenden su viaje. Mientras descansan a la hora de la siesta, Rocinante se entremete en el tranquilo pacer de unas hacas, o jacas, cuyos propietarios eran unos arrieros yangüeses, o sea naturales de Yanguas (Soria); éstos dan una paliza al caballo y luego a don Quijote de la Mancha y a Sancho (1, 15). Maltrechos, llegan a .una venta, que don Quijote toma por castillo a pesar de las razones de Sancho Panza. Son alojados en un desván y les ocurren diversos sucesos por culpa de la moza de la venta, Maritornes, que les vale otra buena sarta de palos (1, 16).
Para curarse de las heridas, a don Quijote se le ocurre confeccionar el-bálsamo de Fierabrás- (1, 17). La historia de Fierabrás y de su bálsamo, que tiene su origen en un cantar de gesta francés del siglo XII, se divulgó en España gracias a una prosificación que fue publicada en el año 1525 en castellano.
A la mañana siguiente, y cuando se disponían a abandonar la venta, algunos de sus huéspedes, gente de baja extracción, gas- tan a Sancho Panza la broma de mantearle alegremente, suceso que desde luego dolerá mucho al escudero y que posteriormente recordará a menudo con pena e indignación.
La siguiente aventura es la de los rebaños (1, 18) que don Quijote confunde con dos poderosos ejércitos dispuestos a entablar una feroz batalla. La descripción de los combatientes que la trastoca- da mente de don Quijote cree ver es uno de los pasajes más cómicos del libro. Don Quijote se pone del lado de las imaginadas huestes del emperador Pentapolín del Arremangado Brazo y se lanza contra las ovejas, que piensa son sus enemigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Siguen caminando hidalgo y escudero hasta encontrarse con un grupo de hombres encamisados que llevaban antorchas encendí- das y acompañaban una litera vestida de luto (1, 19). Don Quijote contempla a la luz de las antorchas la litera creyendo que dentro había algún caballero muerto o herido a quien vengar y su aspecto hace que Sancho le dé el nombre del "Caballero de la Triste Figura», denominación que agradó de manera entusiasta a don Quijote y que decidió adoptar como apelativo al estilo de los caballeros andantes. La aventura de los batanes (1, 20), en la que la oscuridad de la noche y el ruido que producían estos mazos les llena de miedo porque se imaginan que es algo misterioso y sobrenatural, da pie a un extenso diálogo en donde  don Quijote de la Mancha y Sancho Panza. La personalidad de Sancho ya se ha fijado de un modo inconfundible, con sus reflexiones, sus agudezas y sus refranes, fruto de una tradición popular muy viva y muy rica

 

 

 

 

 

 

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Al día siguiente, don Quijote de la Mancha se apodera de lo que él imagina que es el legendario yelmo de Mambrino (1, 21) Y que no era sino una brillante bacía de barbero que llevaba su dueño en la cabeza a fin de resguardarse de la lluvia y que, ante la visión esperpéntica de don Quijote, lanza en ristre hacia él, la dejó caer al suelo. Continúan su andadura y encuentran a doce presos condenados a galeras, custodiados por guardianes (1, 22). Las informaciones de uno de los maleantes, Ginés de Pasamonte, acerca de sus delitos, hacen que don Quijote interprete elementalmente uno de los fines de la caballería medieval, dar libertad al esclaviza- do o forzado, y arremeta contra los guardianes, que por defender- se de él descuidan a los presos, los cuales se liberan de sus cadenas y colaboran con don Quijote de la Mancha y Sancho Panza en atacar a la justicia. Pero cuando se ven libres de ella, apedrean sin piedad y roban al hidalgo y al escudero. Este episodio es uno de los más acertados y famosos del Quijote.

Esta hazaña acarrea a don Quijote e incluso a Sancho la persecución de la Santa Hermandad. Para evitarla se internan en Sierra Morena, donde uno de los ladrones antes liberados, el famoso Ginés de Pasamonte, roba a Sancho el asno. Allí se encuentran con Gardenia, un loco en estado semi salvaje porque su amada Luscin- da lo ha abandonado por don Fernando, al paso que éste ha abandonado a su amada Dorotea (1, 23). Se trata de una historia sentimental inserta en el argumento del Quijote formando novela independiente, aunque luego los personajes, en especial Dorotea, intervengan en el resto del asunto.
El hidalgo manchego decide suspender transitoriamente la búsqueda de aventuras y quedarse en Sierra Morena de penitencia, como ha leído en Amadís de Gaula y en Orlando furioso, combinando los rezos y suspiros del uno con los excesos y extravagancias del otro. Sancho, mientras dura esta mortificación, debe llevar una carta a Dulcinea del Toboso (que, por supuesto, nunca llegará a sus manos, pues al descuidado escudero se le pierde). El cura, el barbero y Sancho Panza se internan en Sierra Morena a buscar a don Quijote y encuentran a Gardenia (el enamorado de Luscinda) y a Dorotea, que se ha ocultado en los montes. Relatan ambos muy prolijamente la historia de sus amores (1, 27 Y 28) Y Dorotea se ofrece a desempeñar el papel de princesa Micomicona ante don Quijote para suplicarle que salga de Sierra Morena y vaya a matar a un terrible gigante que le había usurpado el reino. Ésta es la primera oportunidad en que don Quijote de la Mancha es engañado con una ficción caballeresca, aspecto que será bastante frecuente en la segunda parte de la novela.
Don Quijote, en cuanto tiene ocasión de estar a solas con Sancho, le pregunta por su mensaje a Dulcinea. El escudero, que no ha ido a El Toboso, se inventa un viaje al pueblo y una entrevista con la moza. Llegan entonces a una venta y mientras don Quijote descansa, el cura lee ante el barbero, Dorotea, Gardenio y Sancho, una novela que un pasajero había dejado manuscrita en el mesón. La lectura del Curioso impertinente ocupa los capítulos 33 a 35 de la primera parte del Quijote, y no tiene indudablemente nada que ver COA la trama y acción del libro.
El final de la narración queda interrumpido por el gran alboroto que arma don Quijote, al destrozar con su espada unos grandes cueros de vino que había en la habitación donde dormía, con- vencido de que luchaba contra el gigante enemigo de la princesa Micomicona. Acabada la lectura de la novela llegan a la venta don Fernando y Luscinda y el conflicto sentimental se arregla a gusto de todos; pero a pesar de ello Dorotea se aviene a seguir representando el papel de la princesa Micomicona con el firme propósito de lograr que, tras tanto ajetreo, don Quijote de la Mancha se llame a sosiego y se recluya pacíficamente en su aldea. Poco después entra en la venta un ex cautivo de Argel acompaña- do de la mora Zoraida. y por la noche, ante todos, don Quijote pronuncia el famoso discurso de las armas y las letras (1, 37 y 38). Re- presenta una especie de introducción a los capítulos que van a seguir (1,39 a 41), en los que el ex cautivo relata su participación en la batalla de Lepanto, su duro cautiverio en Argel ysus amores con la hermosa Zoraida, que desea ser cristiana y llamarse María, y su libertad en una arriesgada huida.
Todos los huéspedes de la venta se ponen de acuerdo para seguir fingiendo la historia de la princesa Micomicona, y para poder .llevar a don Quijote a su casa le atan de manos y pies y le encierran en una jaula de palos enrejados en un carro de bueyes que  acertó a pasar por allí. Así, enjaulado en una carreta, llegará don Quijote por segunda vez a su aldea (1, 46). Después de una pelea con unos disciplinantes (1, 52), que es apaciguada por el cura, llega, por fin, don Quijote a su casa y es recibido por la sobrina y el ama, y Sancho Panza en la suya por su mujer. Aquí acaba la primera parte de la novela de Cervantes, adelantándonos la noticia de la tercera salida de don Quijote de la Mancha.

 

 

 

 

 

 

Tercera salida de don Quijote

Segunda parte, capítulos 1 a 74. La segunda parte del Quijote rea- nuda la trama de la narración un mes después del final de la primera. Don Quijote, sereno de juicio, en un clima de tranquilidad y sosiego, recibe la visita del cura y el barbero que en su conversación sacan a relucir el tema caballeresco, lo cual provoca el desatino del hidalgo, quien así pone de manifiesto que su enfermedad mental permanece viva bajo la aparente calma «<caballero andante he de morir. exclama don Quijote) y está lejos de haberse curado.

Sancho comunica a su amo que el Bachiller Sansón Carrasco le ha dicho que ha aparecido un libro titulado El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Así lo ratifica el propio Bachiller cuando acude a ver al caballero y le da las opiniones de diferentes lecto- res sobre la primera parte del Quijote e incluso la primera bibliografía. Miguel de Cervantes ha llegado a dominar de tal suerte la técnica novelesca que, de manera genial, es capaz de hacer de la primera parte de su propio libro (publicada en 1605) un elemento de la segunda (aparecida en el año 1615).
Ante el éxito, don Quijote decide lanzarse de nuevo por los caminos acompañado de su escudero Sancho, pero antes quiere el hidalgo obtener la licencia y bendición de Dulcinea.
Se instalan en un encinar y el escudero deberá ir a buscar a Dulcinea para que vaya a ver al caballero. No sabe Sancho cómo salir del enredo en que se ha metido, hasta que se le ocurre transformar a tres labradoras que se acercan montadas en tres borricos en Dulcinea y sus dos doncellas. Cuando las ve don Quijote manifiesta a Sancho que sólo ve tres labradoras sobre tres borricos y Sancho sigue fantaseando, presentando de forma genial la mentira como verdad, pues de haber existido Dulcinea, su forma real seria la labradora que describe la novela. Cree comprender don Quijote que el maligno encantador que le persigue ha puesto -nubes y cataratas. en sus ojos y ha transformado la hermosura de Dulcinea en la vulgaridad de la labradora (11, 10). Este episodio señala una nueva evolución en la locura de don Quijote, pues la situación es exactamente contraria a las de la primera parte, donde don Quijo- te, ante la realidad vulgar y corriente, se imaginaba un mundo .ideal caballeresco. Cuando Sancho intentaba desengañarle de su error para hacerle ver que aquellos que tomaba por gigantes, por ejércitos, por castillos o por un rico yelmo no eran sino molinos, rebaños, ventas y una vulgar bacía de barbero, don Quijote respondía que los malvados encantadores envidiosos de su gloria le transformaban lo noble y elevado en vulgar y bajo.
Sin embargo, al iniciarse la tercera salida de don Quijote observamos que este aspecto se ha invertido y es Sancho el que le transforma la realidad y ahora, precisamente, los sentidos no en- gañan a don Quijote, que ve la realidad tal cual es. Y, naturalmente, la culpa la tendrán los encantadores, que sólo para don Quijote han mudado la verdadera realidad.
Siguiendo su camino, la inmortal pareja topa con un carro en el que van extraños e insólitos personajes: las mulas son conducidas por un diablo y en su interior van la muerte, un ángel, un emperador, Cupido, un caballero y otras personas. Asombrado, don Quijote pregunta quiénes son; el diablo explica que se trata de una compañía de cómicos que, de pueblo en pueblo, representan el auto sacramental Las Cortes de la Muerte (11, 11).
La siguiente aventura llenará de sorpresa a don Quijote, a Sancho y al lector al encontrarse en un despoblado con un caballero andante de verdad. Va armado de todas sus armas y está enamorado de una dama llamada Casildea de Vandalia a la que canta un enternecedor soneto; va además acompañado de un escudero. Se trata del Caballero de los Espejos, que se pone a conversar con don Quijote mientras Sancho departe amigablemente con el escudero en uno de los capítulos más graciosos de la novela (11, 13). Ambos caballeros entablan un combate singular para esclarecer quién es más hermosa si Dulcinea o Casildea, y al derribar don Quijote a su adversario y quitarle el yelmo para ver si estaba muer- to se encuentra con el rostro del Bachiller Sansón Carrasco. Sancho descubre, estupefacto, que el escudero es compadre y vecino suyo que se había colocado unas narices de máscara para no ser reconocido. Don Quijote de la Mancha llega a la conclusión de que se trata de una nueva jugarreta de los encantadores que le persiguen, que para quitarle la gloria de la batalla ganada han convertido al Caballero de los Espejos en el Bachiller y a su escu- dero en Tomé Cecial. A pesar de ello impone a su adversario que confiese que su bien amada Dulcinea del T oboso es más hermosa que Casi Idea de Vandalia y que se encamine hacia El Toboso para ponerse a voluntad de aquélla (11, 14).
En el siguiente capítulo nos aclara Cervantes la aventura pasada. Sansón Carrasco, de acuerdo con el cura y el barbero, se había disfrazado de caballero andante con la intención de buscar a don Quijote, obligarle a combatir, vencerle y exigirle que se volviese a su pueblo y no saliera de él en dos años, con lo que se contaba que el hidalgo podría sanar de su locura. Pero sucedió al revés de como se había proyectado, y el Bachiller fue finalmente vencido (11, 15). Continúan caminando caballero y escudero hasta que son alcanza- dos por don Diego de Miranda, rico y discreto labrador de la Mancha, quien por su indumentaria recibirá el nombre de Caballero del Verde Gabán. Encuentran una carreta que transporta a la corte unos leones de Orán, y don Quijote exige al leonero que abra la jaula del león macho, y espera valientemente que salga para luchar con él. Don Quijote recordaba episodios de los libros de caballerías en los que sus héroes habían vencido a fuertes y temibles leones. Pero el feroz animal no se digna salir, de manera que el hidalgo queda inevitablemente vencedor pero desairado (11, 17) adoptando el calificativo de Caballero de los Leones en lugar del de Caballero de la Triste Figura. A continuación se intercala la historia de las bodas del rico Camacho que, gracias a su fortuna, ha logrado la mano de la hermosa Quiteria, de la que está enamorado Basilio, el pobre. Éste se presenta durante el opíparo banquete campesino que Cervantes describe con los más suculentos pormenores y tras recriminar el proceder de su amada se clava un estoque. Bañado en sangre y con voz de moribundo pide a Quiteria que sea su esposa. Accede la dama y cuando el cura da la bendición Basilio se levanta descubriendo que todo ha sido «industria-, o sea ingenio y traza engaño- sa, para conseguirla. Don Quijote interviene a favor del mozo cuando Camacho y sus parientes quieren atacarlo, sentenciando que en la guerra y en el amor todos los ardides son válidos (11, 19 a 21). Desde allí caminan a las lagunas de Ruidera, donde nace el Gua- diana y don Quijote quiere visitar la cueva de Montesinos. Consigue como guía al primo de un licenciado, hombre pintoresco al que Cervantes llamará simplemente el Primo. Es un estrafalario personaje, chiflado y de gran erudición que hace muy buenas migas con don Quijote, a quien toma en serio incluso cuando dice los mayores disparates. Llegan a la cueva de Montesinos y don Quijote se introduce en ella mediante una soga y cuando lo sacan media hora después sale completamente dormido (11, 22). Cuando despierta les cuenta el sueño que ha tenido, lleno de fantasías caballerescas. Se alejan de allí y llegan a una venta que ya no es vista por el hidalgo como castillo. En ella se cuenta la graciosa historia del rebuzno y se encuentran con maese Pedro, que lleva un mono adivino y un teatrillo portátil de títeres con el que representa la historia de Gaiferos y Melisendra interrumpida por don Quijote al atacar con la espada a los moros que perseguían a los protagonistas. Al final se nos dice que maese Pedro es Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes a quienes liberó y por eso conocía su vida (11, 27).



El año antes de la segunda par1e del Quijote, Cervantes publica un poema un tanto convencional, para captar la buena voluntad de muchos escritores de entonces, y un volumen de piezas teatrales, de las que preferimos los breves Entremeses, ejemplos de buena comicidad.
Cervantes dice siempre que el burro de Sancho era "rucio», esto es, de color pardo, casi rubio, pero los ilustradores se obstinan en pintarle gris. Para Sancho, era tan querido como un ser de la familia, y sentía sus caídas y desdichas como si fueran propias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Continúan el viaje y llegan al río Ebro, donde sucede la aventura del barco encantado que acaba con un chapuzón de amo y servidor en el agua (11, 29). Desde el capítulo 30 al 57 de esta segunda parte de la novela, don Quijote y Sancho son acogidos por unos Duques que tenían su residencia en aquellas tierras aragonesas. Éstos han leído la primera parte del Quijote y conocen por lo tanto las costumbres y gustos de caballero y escudero. Aprovecharán el paso de don Quijote y Sancho para divertirse a costa de ellos, como si fuesen dos bufones, y todos los servidores del palacio colaborarán en la ficción caballeresca, excepto el capellán del pala- cio y cierta dama de honor llamada doña Rodríguez, mujer tonta y estúpida, que cree a pies juntillas que don Quijote es un caballero andante y acude a él para que defienda el honor de su hija. Con gran delicadeza, pero con crueldad en algunas ocasiones, tratarán los Duques a don Quijote y a Sancho y gracias a su fortuna harán una complicada imitación del mundo caballeresco y de las aventuras de los antiguos caballeros andantes. Don Quijote y Sancho pa- sarán del mundo de venteros, cabreros y labradores en el que hasta ahora estaban inmersos, al ambiente aristocrático, lujoso y refinado del palacio de los Duques, que por su magnificencia y apego a vie- jas tradiciones conserva elementos y actitudes que en cierto modo se asemejan al ambiente medieval descrito en los libros de caballerías. El mundo que circundará ahora a don Quijote no necesitará imaginario puesto que se acomoda a sus ensueños literarios. Desta- can durante la estancia con los Duques varios sucesos. Pero lo más notable que les ocurre a ambos protagonistas es que Sancho consigue el gobierno de la ínsula de Barataria, una burla preparada por los Duques, que permite a Cervantes, en boca de don Quijote, ofre- cer una serie de consejos morales cuyo valor tiene alcance universal y carácter burlesco, pues sirve de introducción a la gran farsa del gobierno ficticio de una .ínsula» que será un pueblo aragonés. A su vez el escudero mostrará una prudencia y una idea de la justicia que es asombro de todos. Con ello Cervantes no ha deformado la fi- gura del rústico personaje, ya que los tres famosos juicios de Sancho (anécdotas del folclore universal) ponen de manifiesto una auténtica sabiduría popular, muy posible en un hombre sin letras ni formación, pero con buen sentido práctico y con ingenio innato. 'Continúan camino hacia Barcelona, pues para desmentir al falso Quijote de Avellaneda (aparecido un año antes de que Cervantes publicara la segunda parte de su novela) no pasan por Zaragoza, y les acontecen diversas aventuras (11, 59). Se encuentran con unos bandoleros cuyo capitán es Roque Guinart, personaje contemporáneo de Miguel de Cervantes en el momento en que se está escribiendo este episodio. La figura del bandolero catalán eclipsará en este capítulo a la de don Quijote de la Mancha, que vivirá ahora sus primeras no inventadas aventuras y en donde se derramará sangre real por dos veces (11, 60).
Dejan a los bandoleros, llegan a Barcelona y se encuentran con la bulliciosa vida de la gran ciudad y con el mar, que ni amo ni criado habían visto nunca. Se alojan en casa de don Antonio More no, en donde sucede el episodio del busto parlante (11, 62). Poco después, don Quijote visita una imprenta, lo que da pie a Cervantes para exponer sus opiniones sobre el arte de traducir y para atacar nuevamente al apócrifo Quijote de Avellaneda. Van al puerto a visitar una galera y estando en ella es avistado un bergantín turco y se hacen a la mar en su persecución.

 

 


Los Duques han hecho
creer a don Quijote y Sancho que Dulcinea está hechizada y sólo se salvará si Sancho se da tres mil azotes. Ilustración de
Segrelles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En la gran edición
de la Real Academia Española (impresa por Ybarra en 1780) se trazó este itinerario de don Quijote, un tanto hipotético, sobre todo en la parte aragonesa de la tercera salida. Y no valía la pena esbozar el itinerario de regreso, donde volvieron a caer en manos de los miserables Duques. Por otra parte, identificar con Argamasilla de Alba el lugar de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes no va de acuerdo con el humor de éste.

Dos días después llega a Barcelona un caballero en cuyo escudo estaba pintada la luna. Encuentra a don Quijote en la playa y lo reta en singular combate a no ser que confiese que su dama es más bella que Dulcinea. El duelo tiene lugar y don Quijote es derribado pero no vencido, pues cuando tiene la punta de la lanza en el cuello y con riesgo de morir declara que la belleza de Dulcinea sobrepasa a la de todas las mujeres del mundo con unas breves e impresionantes palabras, sin grandilocuencia ni arcaísmos porque en este doloroso trance, el más triste y lastimoso de su vida, don Quijote se ha quitado la máscara del lenguaje libresco y ha habla- do con verdad. El de la Blanca Luna, que es en realidad el Bachiller Sansón Carrasco, reconoce la belleza de Dulcinea del Toboso pero exige con firmeza a don Quijote que se retire un año a su aldea de la Mancha (11, 64 Y 65). Al llegar a su aldea, don Quijote, sumido en una profunda tristeza, cae enfermo. Al cabo de seis días de calentura despertó habiendo recuperado la razón y ante sus amigos dice que ya no es don Quijote de la Mancha sino Alonso Quijano, el Bueno. Acto seguido, como buen cristiano, pide .confesión, hace testamento y muere rodeado del escribano, el ama, la sobrina y su fiel compañero Sancho Panza (11,74).


Derrotado y debiendo renunciar a toda aventura, don Quijote tenía que morir: la inminencia de la muerte le libera des u locura, pero todos pretenden continuársela -en parte, por no quererle ver morir; en parte, quizá, porque se sienten algo responsables de haberle empeorado en sus fantasías-. Grabado de Doré.

Persiles y Sigismunda

Cuatro días antes de su muerte redactó Cervantes la dedicatoria de su última novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que iba dirigida al conde de Lemas. Murió, pues, sin verla publicada ni corregida, aspecto que se aprecia en cierto desorden de su estructura y en los capítulos finales de esta novela, en la cual se ocupaba ininterrumpidamente desde 1613. Su viuda la hizo publicar en 1617. Sus contemporáneos apreciaron el Persiles mucho mejor que ninguna de las generaciones posteriores: seis ediciones tuvo en el mismo año de su aparición. Esta .historia septentrional» (así la subtitula su autor) está dividida en cuatro libros. El grupo que forman los libros I y II debió de ser escrito entre los años 1599 y 1601, porque en el famoso juicio del canónigo toledano acerca de los libros de caballerías (Quijote, 1,47) da un resumen de la ya escrita primera mitad de esta novela. Debió de meditar, pues, un dilatado espacio de tiempo hasta la redacción de los libros III y IV, puesto que se observan claras diferencias en la técnica novelística respecto a los del primer grupo. Muy en particular el distinto papel que juega el autor, que si en los dos primeros apenas tiene cabida en el relato, en los siguientes amenaza con desplazar a segundo plano a sus personajes, por lo que podemos observar que entre los dos grupos ya estaba escrito el Quijote, en el que la participación e intromisión del autor en su obra son fundamentales. En el Persiles, aprovecha Cervantes la técnica de la novela bizantina, de viajes y aventuras, para crear una epopeya con el tema de la peregrinación. Si en el Quijote y en otras de sus obras recoge Cervantes la experiencia de los recuerdos de su vida, en el Persiles refleja la religiosidad que le invadió en sus últimos años.
Nadie discute que el Quijote sea una de las mayo- res cumbres de la literatura universal: lo interesante es observar cómo ha llegado a reconocerse así y, en especial, cómo el Quijote ha representado el momento más importante y renovador en la historia de la novela, sobre todo por su influjo decisivo en la formación de la novelística inglesa. Alguien ha lle- gado a decir que el Quijote es la mejor novela inglesa: en todo caso, hay que reconocer que en ese ámbito fue donde se comprendió antes y con más fecundas consecuencias el gran libro de Cervantes, mientras que es preciso confesar que en la propia España se tardó más en valorar y no se le sacó tanto partido. Cervantes, como se recordará, hizo profetizar a su personaje el Bachiller Sansón Carrasco que no habría nación ni lengua donde no se tradujeran las aventuras de don Quijote, pero eso era parte de la broma del libro, y nunca imaginó que tal pre- dicción se cumpliera. En su momento, por más que 'todo el mundo se divirtiera con la obra, los escrito- res consagrados no la reconocieron como «gran literatura- -se ha dicho: Cervantes no habría recibido nunca el Premio Cervantes-. Cierto que Lope de Vega le tenía inquina personal con buenos motivos, pero, por ejemplo, Gracián y Quevedo despreciaron el Quijote como una patochada para el vulgo. En cambio, aunque Cervantes murió sin saberlo, en Inglaterra ya Ben Jonson en 1610 -esto es, cinco años después de la publicación de la obra en Madrid- hacía que un personaje teatral suyo nombrara a don Quijote, yen 1612 se publicaba la traducción, por Shelton, de lo que todavía no se sabía que sería sólo el primer volumen del Quijote (el segundo se tradujo en 1620). Mientras, en Francia, Oudin traducía ya en 1614 la primera parte, entonces única, del Quijote. Inglaterra tomó como suyo el gran libro cervantino -la palabra quixotic se introdujo en se- guida en el lenguaje-: de vez en cuando, se publicaría una nueva traducción del Quijote conforme al estilo y al gusto de cada época. Al mismo tiempo, se hizo alguna adaptación libre y también pasó al teatro, el gran medio de entonces. Pero lo que pudo abochornar a los españoles de la época es que en 1738 se publicara en Londres la primera edición monumental del Quijote, en cuatro volúmenes, en el original castellano, con la primera biografía de Cervantes, encargada al valenciano Mayans y Siscar, y en 1781 la primera edición anotada, también en castellano, por el «reverendo don Juan Bowle-. Para salvar tardíamente el honor hispano, la Real Academia Española publicaría en 1780 otra edición monumental, en tipos de Ybarra. Pero lo más importante para la historia literaria fue que, tras alguna adaptación teatral -Don Quixote in England, de Goldsmith, 1734-, en 1742 Fielding publicó su Jo- seph Andrews, con la indicación en la portada: «Es- crita en imitación de la manera de Mister Cervanteso. Imitación, en muchos sentidos: ante todo, así como el Quijote surgió como sátira contra los libros de caballerías, Joseph Andrews ponía en solfa la novela sentimental y lacrimosa popularizada por Ri- chardson, y -un detalle- tal como Cervantes había secuestrado a un personaje del falso Quijote pa- sándalo a su propia obra para que diera testimonio de esa falsedad, Fielding secuestró nada menos que a la protagonista de la primera novela de Richardson, Pamela Andrews, para ponerla aliado de su hermano Joseph en su propia novela. Pero aún más importante que eso, como influencia cervantina, era el estilo, ligero, bienhumorado, coloquial a la vez que culto -realmente cervantino-, y el desarrollo itinerante, marchando en largos viajes, alguna vez con escenas de enredo y confusión de camas en una venta que hacen pensar en la venta de Mari- tornes en el Quijote. El género novelístico daba un paso de gigante con esta utilización inglesa de la invención cervantina: cabía una narración abierta, de episodios aventureros, a veces grotescos, a ve- ces casi trágicos, todo ello basándose en la viveza de las voces de los personajes y del propio narrador, siempre dispuesto a hacer sus comentarios ha- blando directamente al lector. Cervantes se convirtió en el ídolo de los narradores ingleses: el caso más extremo de influencia suya fue el Tristram Shandy, de Laurence Sterne, una divertida divaga- ción, comienzo abandonado de una autobiografía imaginaria, donde se ve cómo el placer cervantino en la propia expresión llega a hacer superflua toda acción, siendo suficiente la broma en torno a lo poco que se cuenta. Otras novelas de la época siguieron la pauta cervantina también imitando el esquema de los que caminan en pareja de personajes contrastados, como don Quijote y Sancho -en Humphrey Clinker, de Tobias Smollett, hay un personaje que parece una copia del enjuto hidalgo manchego--. Luego, ya en el siglo XIX, es evidente que la pareja itinerante Mister Pickwick-Sam Weller, en la obra de Dickens, reflejaba el esquema del caballero y el escudero cervantinos, pero seguía importando más el influjo en el estilo, conversacional, abierto y humorístico -también otro novelista, Thackeray, llegó a retratarse a sí mismo como un nuevo don Quijote con pluma en vez de lanza-. Y ese quijotismo novelístico inglés perduraría en casi todo el siglo XIX -así, en la pequeña obra maestra de Anthony Trollope, El custodio, donde la figura de don Quijote se desdobla en un bondadoso clérigo y un joven impaciente por la justicia-. Esa admiración de los narradores iba rodeada de una valoración general en los ambientes literarios ingleses; el doctor Johnson fue el primero en poner el Quijote en el nivel de Homero, y los ensayistas románticos enriquecieron la sensibilidad para valor~ la lectura del Quijote no como cuestión de simple comicidad, sino con la mayor hondura de sentimientos -Byron, .curiosamente, echó la culpa a Cervantes de que se hubiera acabado el espíritu de valentía heroica en España, entrada en decadencia desde su época-. En el ámbito inglés se puede aplicar el dicho de que el Quijote fue recibido en el siglo XVII con una carcajada, en el XVIII con una sonrisa y en el XIX con una lágrima.
En general, el espíritu romántico europeo asumió el Quijote con profunda comprensión y simpatía, cada vez tomando más partido por el hidalgo buscador de la justicia, y valorando más la riqueza anímica del buen Sancho, no tan prosaico como pareció a primera vista. Heine, saliendo ya del romanticismo alemán, fue el primero en acusar a los Duques de vileza moral, comparados con la pareja de que se burlaron: un sentir, diríamos, que se había hecho posible tras la Revolución francesa, ahora ya en vísperas de 1848. Cabía, en efecto, una -lectura de izquierdas», encontrando en el Quijote aspectos de crítica social e inconformismo que para el propio Cervantes no hubieran podido ser conscientes, como no lo fueron para todo su siglo y el siguiente, pero que a nosotros tal vez nos parezcan de sobra evidentes. Caso curioso fue el de la devoción al Quijote por parte de un gran cristiano radical de entonces, Kierkegaard, quien dijo que su propia entrega religiosa podía parecer una quijotada y sugirió que se podría escribir una novela trasladando al empeño de la fe cristiana el empeño del hidalgo manchego por la justicia y la belleza.
El influjo del Quijote, en el siglo XIX, se universaliza, superando la base inglesa de partida: por lo que toca a la novela francesa, cabe señalar el caso de Madame Bovary, de Flaubert, devoto de Cervantes, que, en su raíz literaria, es una sátira contra el género narrativo dominante en su época, las novelas sentimentales -tal como el Quijote sa- ti rizó las novelas de caballerías-, Pero el más no- torio homenaje al Quijote en la Europa de ese siglo estuvo en El idiota, de Dostoievski -es casi una contraseña que en la novela se cante la balada de don Quijote de Karamzin, que llegó a ser popular-. El pobre príncipe Mishkin, en su bondad y su debilidad mental, viene a ser un paralelo, con gran originalidad creativa en el trasplante, del ánimo del hidalgo manchego, aunque sus tragedias tengan la diferencia propia de sus épocas y sus mundos.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la noche, y ante un aterrador estrépito -que resultará ser de unos mazos de batán-, Sancho Panza sucumbe al terror, y ata las patas a Rocinante para que don Quijote no se mueva, mientras él descarga el vientre como se lo pide el miedo. Como tantas veces, el escudero engaña al señor. Ilustración de José Segrelles.

y en España, ¿qué ocurría con el Quijote? En el orden novelístico, el siglo XVIII español apenas logró nada, .y, por tanto, mal pudo aprovechar lo que ofrecía el gran libro de Cervantes; en el gran realismo narrativo del siglo XIX, el influjo fue ambivalente. En efecto, algunos de los máximos narradores -sobre todo, Galdós y Clarin- se sintieron muy estimulados en su imaginación creativa por esa obra que casi sabían de memoria. Pero, en el orden del estilo, dado que España no disponía con vigencia general de una buena prosa, elástica y común, como en Inglaterra, los novelistas tendieron demasiado a imitar el estilo cervantino como repertorio de fórmulas retóricas, lo que les dio cierto arcaísmo y cierta artificialidad -el estilo de Cervantes en el Quijote era una parodia, y no se pueden imitar. las parodias, sobre todo cuando no se tiene una distancia como la que tenían los ingleses-. Sería fácil, ciertamente, elegir algunas no- velas quijotescas de Galdós -por ejemplo, Nazarín, como un don Quijote «a lo divinos,  pero el impacto, en conjunto.; no siempre fue favorecedor. Por otra parte, era la época de exaltación patriotera en que el Quijote, con grave error pedagógico, se tomaba como libro de base en las escuelas, y se ensalzaba a Cervantes como «el Manco de Lepanto» para compensar la catástrofe colonial, entorpeciendo con todo ello el 'disfrute vivo de su obra. Luego, en el siglo XX, Cervantes tendría su lector más fino, Azorín, pero el Quijote, inevitable- mente, también se tomaría a menudo como punto de partida para cuestiones ideológicas y conceptuales -Ortega, Américo Castro.
En general, en la cultura mundial de nuestro siglo, el Quijote es una mina inagotable de sugerencias críticas, unas veces como expresión de un mundo histórico, otras veces como caso singular de juego formal y estructural, en creciente mezcla de planos de realidad mental, que sugirió a Dvorak la posible aplicación a lo literario, en este caso, del término pictórico «manierismo". Tal vez sólo el Ulises  de James Joyce ofrece tal riqueza de recursos y tal apertura de dimensiones narrativas, por su- puesto que con la notable diferencia de que Cervantes lo logró así de .modo inocente, en algunos aspectos incluso arrastrado por las circunstancias, mientras que Joyce actuó con plena deliberación maliciosa. En todo caso, se da cada vez más la razón al doctor Johnson cuando ponía el Quijote en el mismo nivel que la Ilíada de Homero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miguel de Cervantes, litografía de Celestin Nanteuil (1811-1873). A partir del Romanticismo, la grandeza de la obra cervantina empieza a ser comprendida plenamente, no sólo en España, con motivaciones patrióticas, sino en todo el mundo. Ahora se entiende que Cervantes dijo mucho más de lo que el mismo tuvo conciencia de decir: por ejemplo, Heine fue el primero en ver lo que había en el
Quijote de protesta social, especialmente frente a los Duques.

 

POESÍAS SUELTA MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA


ÍNDICE DE PRIMEROS VERSOS
A la guerra me lleva (Q, II-xxiv, 749).
A los hierros de una reja (CE, 714).
¿A quién irá mi doloroso canto (suelta, 1370).
¿A quién volveré los ojos (G, V, 303).
Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha (G, I, 60).
Agora que calla el viento (G, V, 287).
Al dulce son de mi templada lira (G, VI, 347).
Almas dichosas que del mortal velo (Q, I-xl, 421).
Alzo la vista a la más noble parte (G, V, 297).
Amarili, ingrata bella (G, VI, 387).
Amor, cuando yo pienso (Q, II-lxviii, 1065).
Amoroso pensamiento (G, I, 33).
¿Ángel de humana figura (G, VI, 405).
Ante la luz de unos serenos ojos (G, II, 108).
Antes que de la mente eterna fuera (PS, III-v, 1229).
Aquí el valor de la española tierra (suelta, 1367).
Aquí yace el caballero (Q, I-lii, 534).
Árbol preciosísimo (Git., 444).
Árboles, yerbas y plantas (Q, I-xxvi, 274).
Aunque es el bien que poseo (G, V, 280).
¡Ay, de cuán ricas esperanzas vengo (G, II, 106).
¡Ay, que al alto designio que se cría (G, II, 109).


Bate, Fama veloz, las prestas alas (suelta, 1395).
Bien donado sale al mundo (suelta, 1392).
Bien puse yo valor a la defensa (G, VI, 391).
Blanda, suave, reposadamente (G, I, 38).
Busco en la muerte la vida (Q, I-xxxiii, 362).


Cabecita, cabecita (Git., 474).
Cielo sereno, que con tantos ojos (G, III, 152).
Cintia, si desengaños no son parte (PS, II-iii, 1102).
Como cuando el sol asoma (AL, 536).
¡Con las rodillas en el suelo hincadas (G, VI, 316).
Crece el dolor y crece la vergüenza (Q, I-xxxiii, 354).
Crezcan las simples ovejuelas mías (G, I, 80).
¿Cuál es aquel poderoso (G, VI, 394).
¿Cuál es la dama polida (G, VI, 396).
Cual si estuviera en la arenosa Libia (G, V, 314).
Cual vemos del rosado y rico oriente (suelta, 1393).
Cual vemos que renueva (suelta, 1390).
¡Cuán fácil cosa es llevarse (G, VI, 384).
Cuando dejaba la guerra (suelta, 1368).
Cuando un estado dichoso (suelta, 1368).
Cuando Preciosa el panderete toca (Git., 473).


Chinelas de mis entrañas (GC, 943).


Dadme, señora, un término que siga (Q, II-xii, 648).
De entre esta tierra estéril, derribada (Q, I-xl, 421).
De la dulce mi enemiga (Q, II-xxxviii, 852).
De la Virgen sin par, santa y bendita (suelta, 1394).
De príncipe que en el suelo (G, II, 123).
De Turia el cisne más famoso hoy canta (suelta, 1418).
¡Desconocido, ingrato amor, que asombras (G, III, 169).
¿Dónde estás, que no pareces (IF, 774).
¡Dulce amor, ya me arrepiento (G, V, 324).
Dulce esperanza mía (Q, I-xliii, 457).


El agua de por San Juan (VC, 1016).
El calvatrueno que adornó a la Mancha (Q, I-lii, 531).
El casto ardor de una amorosa llama (suelta, 1391).
El cielo a la iglesia ofrece (suelta, 1406).
El muro rompe la doncella hermosa (Q, I-xviii, 697).
El pastor que te ha entregado (G, III, 162).
El que quisiere ver la hermosura (G, IV, 265).
El que subió por sendas nunca usadas (suelta, 1412).
El vano imaginar de nuestra mente (G, IV, 221).
En áspera, cerrada, escura noche (G, I, 73).
En el mal que me lastima (G, VI, 385).
En el silencio de la noche, cuando (Q, I-xxxiv, 368).
En el soberbio trono diamantino (Q, I-lii, 532).
En esta empresa amorosa (Git., 496).


En la memoria vive de las gentes (suelta, 1412).
En los estados de amor (G, II, 86).
En tan notoria simpleza (G, V, 276).
En tanto que en sí vuelve Altisidora (Q, II-lxix, 1069).
En vuestra sin igual, dulce armonía (suelta, 1418).
Entre casados de honor (JD, 896).
Es de vidrio la mujer (G, I-xxxiii, 357).
Es muy escura y es clara (G, VI, 397).
Escucha, mal caballero (Q, II-lvii, 985).
Esta que veis de rostro amondongado (Q, I-lii, 532).


Gitanica, que de hermosa (Git., 453).
Gracias al cielo doy, pues he escapado (G, V, 312).


Haga señales el cielo (G, III, 199).
Hermosita, hermosita (Git., 457).
Hoy el famoso Padilla (suelta, 1388).
Huye el rigor de la invencible mano (PS, I-xviii, 1063).
Huyendo va la esperanza (G, III, 197).


Jamás en el jardín de Falerina (suelta, 1414).
Jugando está a las tablas don Gaiferos (Q, II-xxvi, 763).


La amarillez y la flaqueza mía (G, II, 107).
Las cosas de admiración (PS, III-xvi, 1294).
La mujer más avisada (VF, 970).
Libre voluntad esenta (G, VI, 392).
Ligeras horas del ligero tiempo (G, V, 279).


Madre de los valientes de la guerra (suelta, 1399).
Madre, la mi madre (CE, 729).
Mar sesgo, viento largo, estrella clara (PS, I-ix, 1027).
Marinero soy de amor (Q, I-xliii, 456).
Más blando fui que no la blanda cera (G, II, 109).
Meresce quien en el suelo (G, I, 77).
Mientras que al triste, lamentable acento (G, I, 31).
Mira, Clemente, el estrellado velo (Git., 494).
Muerde el fuego, y el bocado (G, VI, 399).
Muestra su ingenio el que es pintor curioso (suelta, 1391).


Nadie las mueva (Q, I-xiii, 140; II-lxvi, 1954).
Nísida, con quien el cielo (G, II, 125).
No ha menester el que tus hechos canta (suelta, 1407).
Nunca fuera caballero (Q, I-ii, 55; I-xiii, 136; II-xxxi, 797).


O le falta al amor conocimiento (Q, I-xxiii, 239).
¡Oh alma venturosa (G, I, 44).
¡Oh cuán claras señales habéis dado (suelta, 1376).
¡Oh Blanca, a quien rendida está la nieve (G, II, 134).
¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta! (PS, IV-iii, 1336).
¡Oh, mi primo Montesinos! (Q, II-xxiii, 739).
¡Oh, tú, que estás en tu lecho (Q, II-xliv, 892).
¡Oh venturosa, levantada pluma (suelta, 1387).
Oigan los que poco saben (CS, 1001).


Pastora en quien la belleza (G, II, 90).
Pastorcillo, tú que vienes (Q, II-lxxiii, 1095).
Por ásperos caminos voy siguiendo (G, V, 309).
Por bienaventurada (G, II, 137).
Por lo imposible peleo (G, VI, 382).
Por medio de los filos de la muerte (G, II, 110).
Por un sevillano, rufo a lo valón (RC, 595).
Pues veis que no me han dado algún soneto (VP, 1225).


Que, donde hay fuerza de hecho (GC, 950).
¿Qué laberinto es éste do se encierra (G, II, 132).
¿Quién de amor venturas halla? (IF, 780).
¿Quién dejará del verde prado umbroso (G, VI, 401).
¿Quién es quien pierde el color (G, VI, 395).
¿Quién es [el] que a su pesar (G, VI, 398).
¿Quién la que es toda ojos (G, VI, 396).
¿Quién menoscaba mis bienes? (Q, I-xxvii, 283).
¿Quién mi libre pensamiento (G, V, 273).
¿Quién te impele, crüel? ¿Quién te desvía? (G, VI, 402).


Raro, humilde sujeto, que levantas (IF, 757).
Rendido a un amoroso pensamiento (G, II, 102).
Reposa aquí Dulcinea (Q, I-lii, 534).
Rica y dichosa prenda que adornaste (G, V, 276).
Rompió el desdén tus cadenas (G, VI, 389).


Sabido he por mi mal adónde llega (G, II, 95).
Sacristán de mi vida (GC, 944).
Sale el aurora y de su fértil manto (G, II, 107).


Salga del limpio enamorado pecho (G, IV, 253).
Salga la hermosa Argüello (IF, 770).
Salid de lo hondo del pecho cuitado (G, III, 172).
Salió a misa de parida (Git., 447).
Salud te envía aquél que no la tiene (G, III, 144).
Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico (Q, I-lii, 533).
Santa amistad, que con ligeras alas (Q, I-xxvii, 284).
Señor Gómez Arias (VC, 1005).
Serenísima reina, en quien se halla (suelta, 1367).
Si a las veces desespera (G, VI, 386).
Si, ansí como de nuestro mal se canta (suelta, 1376).
Si el áspero furor del mar airado (G, V, 283).
Si el bajo son de la zampoña mía (suelta, 1377).
Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo (suelta, 1384).
Si deste herviente mar y golfo insano (G, VI, 410).
Si han sido el cielo, amor y la fortuna (G, II, 111).
¡Si mi fue tornase a es (Q, II-xviii, 695).
Si yo dijere el bien del pensamiento (G, IV, 216).
Sin que me pongan miedo el hielo y fuego (G, IV, 241).
Suelen las fuerzas de amor (Q, II-xlvi, 904).


Tal cual es la ocasión de nuestro llanto (G, VI, 337).
Tal secretario formáis (suelta, 1413).
Tan bien fundada tengo la esperanza (G, V, 283 y 312).
Tanto cuanto el amor convida y llama (G, VI, 391).
¡Tate, tate, folloncicos! (Q, II-lxxiv, 1102).
Tirsi qu'el solitario cuerpo alejas (G, II, 97).
Tres hijos que de una madre (G, VI, 399).
Tú, que con nuevo y sin igual decoro (suelta, 1394).


Un vano, descuidado pensamiento (G, I, 76).


Vea yo los ojos bellos (G, II, 139).
Ven, muerte, tan escondida (Q, II-xxxviii, 852).
Vimos en julio otra semana santa (suelta, 1408).
Virgen fecunda, madre venturosa (suelta, 1415).
Volverán en su forma verdadera (CP, 939 y 947).
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera (CS, 999).
¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza (suelta, 1408).
Voy contra la opinión de aquél que jura (G, V, 313).


Y tanto el vencedor es más honrado (Q, II-xix, 659).
Ya la esperanza es perdida (G, I, 63).
Ya que del ciego dios habéis cantado (suelta, 1387).
Ya que quieres, cruel, que se publique (Q, I-xiii, 144).
Ya que se ha llegado el día (suelta, 1409).
Yace aquí de un amador (Q, I-xiv, 153).
Yace aquí el Hidalgo fuerte (Q, II-lxxiv, 1101).
Yace en la parte que es mejor de España (suelta, 1411).
Yace donde el sol se pone (suelta, 1404).
Yela, enciende, mira y habla (PS, III-iv, 1222).
Yo sé, Olalla, que me adoras (Q, I-xi, 123).
Yo sé que muero; y si no soy creído (Q, I-xxxiv, 369).
Yo soy el dios poderoso (Q, II-xx, 713).
Yo soy Merlín, aquél que las historias (Q, II-xxxv, 832).








Soneto
a la reina Doña Isabel 2ª


Serenísima reina, en quien se halla
lo que Dios pudo dar a un ser humano;
amparo universal del ser cristiano,
de quien la santa fama nunca calla;
arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano,
ínclito rey del ancho suelo hispano
a quien Fortuna y Mundo se avasalla:
¿cuál ingenio podría aventurarse
a pregonar el bien que estás mostrando,
si ya en divino viese convertirse?
Que, en ser mortal, habrá de acobardarse,
y así, le va mejor sentir callando
aquello que es difícil de decirse.




Epitafio


Aquí el valor de la española tierra,
aquí la flor de la francesa gente,
aquí quien concordó lo diferente,
de oliva coronando aquella guerra;
aquí en pequeño espacio veis se encierra
nuestro claro lucero de occidente;
aquí yace enterrada la excelente
causa que nuestro bien todo destierra.
Mirad quién es el mundo y su pujanza,
y cómo, de la más alegre vida,
la muerte lleva siempre la victoria;
también mirad la bienaventuranza
que goza nuestra reina esclarescida
en el eterno reino de la gloria.




Redondilla castellana


Cuando dejaba la guerra
libre nuestro hispano suelo,
con un repentino vuelo
la mejor flor de la tierra
fue trasplantada en el cielo;
y, al cortarla de su rama,
el mortífero accidente
fue tan oculto a la gente
como el que no ve la llama
hasta que quemar se siente.


Cuatro redondillas castellanas
a la muerte de Su Majestad


Cuando un estado dichoso
esperaba nuestra suerte,
bien como ladrón famoso
vino la invencible muerte
a robar nuestro reposo;
y metió tanto la mano
aqueste fiero tirano,
por orden del alto cielo,
que nos llevó deste suelo
el valor del ser humano.


¡Cuán amarga es tu memoria,
oh dura y terrible faz!
Pero en aquesta victoria,
si llevaste nuestra paz,
fue para dalle más gloria;
y, aunqu'el dolor nos desvela,
una cosa nos consuela:
ver que al reino soberano
ha dado un vuelo temprano
nuestra muy cara Isabela.


Una alma tan limpia y bella,
tan enemiga de engaños,
¿qué pudo merecer ella,
para que en tan tiernos años
dejase el mundo de vella?
Dirás, Muerte, en quien se encierra
la causa de nuestra guerra,
para nuestro desconsuelo,
que cosas que son del cielo
no las merece la tierra.


Tanto de punto subiste
en el amor que mostraste,
que, ya que al cielo te fuiste,
en la tierra nos dejaste
las prendas que más quesiste.
¡Oh Isabela Eugenia Clara,
Catalina, a todos cara,
claros luceros las dos,
no quiera y permita Dios
se os muestre Fortuna avara!


La elegía que, en nombre de todo el estudio, el sobredicho
[Cervantes] compuso, dirigida al Ilustrísimo y
Reverendísimo Cardenal don Diego de Espinosa, etc.,
en la cual con bien elegante estilo se ponen
cosas dignas de memoria


¿A quién irá mi doloroso canto,
o en cúya oreja sonará su acento,
que no deshaga el corazón en llanto?
A ti, gran cardenal, yo le presento,
pues vemos te ha cabido tanta parte
del hado secutivo vïolento.
Aquí verás qu'el bien no tiene parte:
todo es dolor, tristeza y desconsuelo
lo que en mi triste canto se reparte.
¿Quién dijera, señor, que un solo vuelo
de una ánima beata al alta cumbre
pusiera en confusión al bajo suelo?
Mas, ¡ay!, que yace muerta nuestra lumbre:
el alma goza de perpetua gloria,
y el cuerpo de terrena pesadumbre.
No se pase, señor, de tu memoria
cómo en un punto la invincible muerte
lleva de nuestras vidas la victoria.
Al tiempo que esperaba nuestra suerte
poderse mejorar, la sancta mano
mostró por nuestro mal su furia fuerte.
Entristeció a la tierra su verano,
secó su paraíso fresco y tierno,
el ornato añubló del ser cristiano.
Volvió la primavera en frío invierno,
trocó en pesar su gusto y alegría,
tornó de arriba abajo su gobierno.
Pasóse ya aquel ser que ser solía
a nuestra obscuridad claro lucero,
sosiego del antigua tiranía.
A más andar el término postrero
llegó, que dividió con furia insana
del alma sancta el corazón sincero.
Cuanto ya nos venía la temprana
dulce fruta del árbol deseado,
vino sobre él la frígida mañana.
Quien detuvo el poder de Marte airado
que no pasase más el alto monte,
con prisiones de nieve aherrojado,
no pisará ya más nuestro horizonte,
que a los campos Elíseos es llevada
sin ver la obscura barca de Caronte.
A ti, fiel pastor de la manada
seguntina, es justo y te conviene
aligerarnos carga tan pesada.
Mira el dolor que el gran Filipo tiene:
allí tu discreción muestre el alteza
que en tu divino ingenio se contiene.
Bien sé que le dirás que a la bajeza
de nuestra humanidad es cosa cierta
no tener solo un punto de firmeza,
y que, si yace su esperanza muerta
y el dolor vida y alma le lastima,
que a do la cierra, Dios abre otra puerta.
Mas, ¿qué consuelo habrá, señor, que oprima
algún tanto sus lágrimas cansadas
si una prenda perdió de tanta estima?
Y más si considera las amadas
prendas que le dejó en la dulce vida
y con su amarga muerte lastimadas.
Alma bella, del cielo merescida,
mira cuál queda el miserable suelo
sin la luz de tu vista esclarescida:
verás que en árbor verde no hace vuelo
el ave más alegre, antes ofresce
en su amoroso canto triste duelo.
Contino en grave llanto se anochece
el triste día que te imaginamos
con aquella virtud que no perece;
mas deste imaginar nos consolamos
en ver que merescieron tus deseos
que goces ya del bien que deseamos.
Acá nos quedarán por tus trofeos
tu cristiandad, valor y gracia estraña,
de alma sancta sanctísimos arreos.
De hoy más, la sola y afligida España,
cuando más sus clamores levantare
al summo Hacedor y alta compaña,
cuando más por salud le importunare
al término postrero que perezca
y en el último trance se hallare,
sólo podrá pedirle que le ofrezca
otra paz, otro amparo, otra ventura
qu'en obras y virtudes le parezca.
El vano confiar y la hermosura,
¿de qué nos sirve si en pequeño instante
damos en manos de la sepultura?
Aquel firme esperar sancto y constante,
que concede a la fe su cierto asiento
y a la querida hermana ir adelante,
adonde mora Dios en su aposento
nos puede dar lugar dulce y sabroso,
libre de tempestad y humano viento.
Aquí, señor, el último reposo
no puede perturbarse, ni la vida
temer más otro trance doloroso;
aquí con nuevo ser es conducida
entre las almas del inmenso coro
nuestra Isabela, reina esclarescida;
con tal sinceridad guardó el decoro,
do al precepto divino más se aspira,
que meresce gozar de tal tesoro.
¡Ay muerte!, ¿contra quién tu amarga ira
quesiste ejecutar para templarme
con profundo dolor mi triste lira?
Si nos cansáis, señor, ya descucharme,
anudaré de nuevo el roto hilo,
que la ocasión es tal que ha d'esforzarme;
lágrimas pediré al corriente Nilo,
un nuevo corazón al alto cielo,
y a las más tristes musas triste estilo.
Diré que al duro mal, al grave duelo
que a España en brazos de la muerte tiene,
no quiso Dios dejarle sin consuelo:
dejóle al gran Filipo, que sostiene,
cual firme basa al alto firmamento,
el bien o desventura que le viene.
De aquesto, vos lleváis el vencimiento,
pues deja en vuestros hombros él la carga
del cielo y de la tierra, y pensamiento.
La vida que en la vuestra ansí se encarga
muy bien puede vivir leda y segura,
pues de tanto cuidado se descarga;
gozando, como goza, tal ventura
el gran señor del ancho suelo hispano,
su mal es menos y nuestra desventura.
Si el ánimo real, si el soberano
tesoro le robó en un solo día
la muerte airada con esquiva mano,
regalos son qu'el summo Dios envía
a aquél que ya le tiene aparejado
sublime asiento en l'alta jerarquía.
Quien goza quïetud siempre en su estado,
y el efecto le acude a la esperanza
y a lo que quiere nada le es trocado,
argúyese que poca confianza
se puede tener d'él que goce y vea
con claros ojos bienaventuranza.
Cuando más favorable el mundo sea,
cuando nos ría el bien todo delante
y venga al corazón lo que desea,
tiénese de esperar que en un instante
dará con ello la Fortuna en tierra,
que no fue ni será jamás constante.
Y aquel que no ha gustado de la guerra,
a do se aflige el cuerpo y la memoria,
paresce Dios del cielo le destierra,
porque no se coronan en la gloria
si no es los capitanes valerosos
que llevan de sí mesmos la victoria.
Los amargos sospiros dolorosos,
las lágrimas sin cuento que ha vertido
quien nos puede su vista hacer dichosos,
el perder a su hijo tan querido,
aquel mirarse y verse cuál se halla
de todo su placer desposeído,
¿qué se puede decir sino batalla
adonde l'hemos visto siempre armado
con la paciencia, qu'es muy fina malla?
Del alto cielo ha sido consolado
[con] concederle acá vuestra persona,
que mira por su honra y por su estado.
De aquí saldrá a gozar de una corona
más rica, más preciosa y muy más clara
que la que ciñe al hijo de Latona.
Con él vuestra virtud, al mundo rara,
se tiene de estender de gente en gente,
sin poderlo estorbar Fortuna avara;
resonará el valor tan excelente
que os ciñe, cubre, ampara y os rodea,
de donde sale el sol hasta occidente,
y allá en el alto alcázar do pasea
en mil contentos nuestra reina amada,
si puede desear, sólo desea
que sea por mil siglos levantada
vuestra grandeza, pues que se engrandece
el valor de su prenda deseada,
que [en] vuestro poderío se paresce
del católico rey la summa alteza,
que desde un polo al otro resplandesce.
De hoy más, deje del llanto la fiereza
el afligida España, levantando
con verde lauro ornada la cabeza,
que, mientra fuere el cielo mejorando
del soberano rey la larga vida,
no es bien que se consuma lamentando;
y, en tanto que arribare a la subida
de la inmortalidad vuestra alma pura,
no se entregue al dolor tan de corrida;
y más, qu'el grave rostro de hermosura,
por cuya ausencia vive sin consuelo,
goza de Dios en la celeste altura.
¡Oh trueco glorïoso, oh sancto celo,
pues con gozar la tierra has merecido
tender tus pasos por el alto cielo!
Con esto cese el canto dolorido,
magnánimo señor, que, por mal diestro,
queda tan temeroso y tan corrido
cuanto yo quedo, gran señor, por vuestro.

Soneto

¡Oh cuán claras señales habéis dado,
alto Bartholomeo de Ruffino,
que de Parnaso y Ménalo el camino
habéis dichosamente paseado!
Del siempre verde lauro coronado
seréis, si yo no soy mal adivino,
si ya vuestra fortuna y cruel destino
os saca de tan triste y bajo estado,
pues, libre de cadenas vuestra mano,
reposando el ingenio, al alta cumbre
os podéis levantar seguramente,
oscureciendo al gran Livio romano,
dando de vuestras obras tanta lumbre
que bien merezca el lauro vuestra frente.




Si, ansí como de nuestro mal se canta
en esta verdadera, clara historia,
se oyera de cristianos la victoria,
¡cuál fuera el fruto d'esta rica planta!
Ansí cual es, al cielo se levanta
y es digna de inmortal, larga memoria,
pues, libre de algún vicio y baja escoria,
al alto ingenio admira, al bajo espanta.
Verdad, orden, estilo claro y llano
cual a perfecto historiador conviene,
en esta breve summa está cifrado.
¡Felice ingenio, venturosa mano,
que, entre pesados yerros apretado,
tal arte y tal virtud en sí contiene!
Si el bajo son de la zampoña mía,
a M. Vázquez, mi señor


Si el bajo son de la zampoña mía,
señor, a vuestro oído no ha llegado
en tiempo que sonar mejor debía,
no ha sido por la falta de cuidado
sino por sobra del que me ha traído
por estraños caminos desvïado.
También, por no adquirirme de atrevido
el nombre odioso, la cansada mano
ha encubierto las faltas del sentido.
Mas ya que el valor vuestro sobrehumano,
de quien tiene noticia todo el suelo,
la graciosa altivez, el trato llano
aniquilan el miedo y el recelo
que ha tenido hasta aquí mi humilde pluma
de no quereros descubrir su vuelo,
de vuestra alta bondad y virtud summa
diré lo menos, que lo más no siento
quién de cerrarlo en verso se presuma.
Aquél que os mira en el subido asiento
do el humano favor puede encumbrarse,
y que no cesa el favorable viento,
y él se ve entre las ondas anegarse
del mar de la privanza, do procura,
o por fas o por nefas, levantarse,
¿quién duda que no dice: «La ventura
ha dado en levantar este mancebo
hasta ponerle en la más alta altura:
ayer le vimos inesperto y nuevo
en las cosas que agora mide y trata
tan bien que tengo envidia y las apruebo»?
D'esta manera se congoja y mata
el envidioso, que la gloria ajena
le destruye, marchita y desbarata.
Pero aquél que con mente más serena
contempla vuestro trato y vida honrosa
y del alma dentro, de virtudes llena,
no la inconstante rueda presurosa
de la falsa fortuna, suerte o hado,
signo, ventura, estrella ni otra cosa
dice qu'es causa que en el buen estado
que agora poseéis os haya puesto,
con esperanza de más alto grado,
mas solo el modo del vivir honesto,
la virtud escogida que se muestra
en vuestras obras y apacible gesto,
ésta dice, señor, que os da su diestra
y os tiene asido con sus fuertes lazos
y a más y a más subir siempre os adiestra.
¡Oh sanctos, oh agradables dulces brazos
de la sancta virtud, alma y divina,
y sancto quien recibe sus abrazos!
Quien con tal guía, como vos, camina,
¿de qué se admira el ciego vulgo bajo
si a la silla más alta se avecina?
Y, puesto que no hay cosa sin trabajo,
quien va sin la virtud va por rodeo,
y el que la lleva va por el atajo.
Si no me engaña la experiencia, creo
que se ve mucha gente fatigada
de un solo pensamiento y un deseo:
pretenden más de dos llave dorada,
muchos un mesmo cargo, y quien aspira
a la fidelidad de una embajada.
Cada qual por sí mesmo al blanco tira
donde asestan otros mil, y sólo es uno
cuya saeta dio do fue la mira;
y éste quizá, qu'a nadie fue importuno
ni a la soberbia puerta del privado
se halló, después de vísperas, ayuno,
ni dio ni tuvo a quien pedir prestado:
sólo con la virtud se entretenía
y en Dios y en ella estaba confiado.
Vos sois, señor, por quien decir podría
(y lo digo y diré sin estar mudo)
que sola la virtud fue vuestra guía,
y que ella sola fue bastante y pudo
levantaros al bien do estáis agora,
privado humilde, de ambición desnudo.
¡Dichosa y felicísima la hora,
donde tuvo el real conoscimiento
noticia del valor que anida y mora
en vuestro reposado entendimiento,
cuya fidelidad, cuyo secreto
es de vuestras virtudes el cimiento!
Por la senda y camino más perfecto
van vuestros pies, que es la que el medio
tiene y la que alaba el seso más discreto;
quien por ella camina, vemos viene
a aquel dulce, süave paradero
que la felicidad en sí contiene.
Yo, que el camino más bajo y grosero
he caminado en fría noche escura,
he dado en manos del atolladero,
y en la esquiva prisión, amarga y dura,
adonde agora quedo, estoy llorando
mi corta, infelicísima ventura,
con quejas tierra y cielo importunando,
con suspiros el aire escuresciendo,
con lágrimas el mar acrescentando.
Vida es ésta, señor, do estoy muriendo,
entre bárbara gente descreída
la mal lograda juventud perdiendo.
No fue la causa aquí de mi venida
andar vagando por el mundo acaso
con la vergüenza y la razón perdida:
diez años ha que tiendo y mudo el paso
en servicio del gran Filipo nuestro,
ya con descanso, ya cansado y laso;
y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada
cuanto a la nuestra favorable y diestro,
de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de speranza que de hierro armada.
Vi el formado escuadrón roto y deshecho,
y de bárbara gente y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho;
la muerte airada con su furia insana
aquí y allí con priesa discurriendo,
mostrándose a quién tarda, a quién temprana;
el son confuso, el espantable estruendo,
los gestos de los tristes miserables
que entre el fuego y agua iban muriendo;
los profundos sospiros lamentables
que los heridos pechos despedían,
maldiciendo sus hados detestables.
Helóseles la sangre que tenían
cuando, en el son de la trompeta nuestra,
su daño y nuestra gloria conoscían;
con alta voz, de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el son mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.
A esta dulce sazón yo, triste, estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba;
el pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.
Pero el contento fue tan soberano
qu'a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,
que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido.
Y en mi propia cabeza el escarmiento
no me pudo estorbar que el segundo año
no me pusiese a discreción del viento,
y al bárbaro, medroso pueblo estraño
vi recogido, triste, amedrentado
y con causa temiendo de su daño,
y al reino tan antiguo y celebrado,
a do la hermosa Dido fue rendida
al querer del troyano desterrado,
también, vertiendo sangre aún la herida
mayor, con otras dos, quise hallarme
por ver ir la morisma de vencida.
¡Dios sabe si quisiera allí quedarme
con los que allí quedaron esforzados
y perderme con ellos, o ganarme!
Pero mis cortos, implacables hados,
en tan honrosa empresa no quisieron
que acabase la vida y los cuidados,
y al fin por los cabellos me trujeron
a ser vencido por la valentía
de aquellos que después no la tuvieron.
En la galera Sol, que escurescía
mi ventura su luz, a pesar mío,
fue la pérdida de otros y la mía.
Valor mostramos al principio y brío,
pero después, con la esperiencia amarga,
conoscimos ser todo desvarío.
Sentí de ajeno yugo la gran carga,
y en las manos sacrílegas malditas
dos años ha que mi dolor se alarga.
Bien sé que mis maldades infinitas
y la poca atrición qu'en mí se encierra
me tiene entre estos falsos ismaelitas.
Cuando llegué vencido y vi la tierra
tan nombrada en el mundo, qu'en su seno
tantos piratas cubre, acoge y cierra,
no pude al llanto detener el freno,
que a mi despecho, sin saber lo que era,
me vi el marchito rostro de agua lleno.
Ofrescióse a mis ojos la ribera
y el monte donde el grande Carlo tuvo
levantada en el aire su bandera,
y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo,
pues, movido de envidia de su gloria,
airado entonces más que nunca estuvo.
Estas cosas, volviendo en mi memoria,
las lágrimas trujeron a los ojos,
movidas de desgracia tan notoria.
Pero si el alto cielo en darme enojos
no está con mi ventura conjurado,
y aquí no lleva muerte mis despojos,
cuando me vea en más alegre estado,
si vuestra intercesión, señor, me ayuda
a verme ante Filipo arrodillado,
mi lengua balbuciente y cuasi muda
pienso mover en la real presencia,
de adulación y de mentir desnuda,
diciendo: «Alto señor, cuya potencia
sujetas trae mil bárbaras naciones
al desabrido yugo de obediencia,
a quien los negros indios con sus dones
reconoscen honesto vasallaje,
trayendo el oro acá de sus rincones:
despierte en tu real pecho el gran coraje,
la gran soberbia con que una bicoca
aspira de contino a hacerte ultraje.
La gente es mucha, mas su fuerza es poca,
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte, muro o roca;
cada uno mira si tu armada viene
para dar a sus pies el cargo y cura
de conservar la vida que sostiene.
Del amarga prisión triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura.
Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,
valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando;
y, pues te deja agora la discordia,
que hasta aquí te ha oprimido y fatigado,
y gozas de pacífica concordia,
haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.
Sólo el pensar que vas pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adevino
ya desde aquí su pérdida y quebranto».
¿Quién dubda que el real pecho begnino
no se muestre, escuchando la tristeza
en que están estos míseros contino?
Bien paresce que muestro la flaqueza
de mi tan torpe ingenio, que pretende
hablar tan bajo ante tan alta alteza,
pero el justo deseo la defiende.
Mas a todo silencio poner quiero,
que temo que mi pluma ya os ofende,
y al trabajo me llaman donde muero.





Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo
Al señor Antonio Veneziani


Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro yelo
que os tiene, abrasa, hiere y pone fría
vuestra alma, trae su origen desde el cielo,
ya que os aprieta, enciende, mata, enfría,
¿qué nudo, llama, llaga, nieve o celo
ciñe, arde, traspasa o yela hoy día,
con tan alta ocasión como aquí muestro,
un tierno pecho, Antonio, como el vuestro?
El cielo, que el ingenio vuestro mira,
en cosas que son d'él quiso emplearos
y, según lo que hacéis, vemos que aspira
por Celia al cielo empíreo levantaros;
ponéis en tal objecto vuestra mira,
que dais materia al mundo de envidiaros:
¡dichoso el desdichado a quien se tiene
envidia de las ansias que sostiene!
En los conceptos que la pluma
de la alma en el papel ha trasladado
nos dais no sólo indicio pero muestra
de que estáis en el cielo sepultado,
y allí os tiene de amor la fuerte diestra
vivo en la muerte, a vida reservado,
que no puede morir quien no es del suelo,
teniendo el alma en Celia, que es un cielo.
Sólo me admira el ver que aquel divino
cielo de Celia encierre un vivo infierno
y que la fuerza de su fuerza y sino
os tenga en pena y llanto sempiterno;
al cielo encamináis vuestro camino,
mas, según vuestra suerte, yo dicierno
que al cielo sube el alma y se apresura,
y en el suelo se queda la ventura.
Si con benino y favorable aspecto
a alguno mira el cielo acá en la tierra,
obra ascondidamente un bien perfeto
en el que cualquier mal de sí destierra;
mas si los ojos pone en el objeto
airados, le consume en llanto y guerra
ansí como a vos hace vuestro cielo:
ya os da guerra, ya paz, y[a] fuego y yelo.
No se ve el cielo en claridad serena
de tantas luces claro y alumbrado
cuantas con rica habéis y fértil vena
el vuestro de virtudes adornado;
ni hay tantos granos de menuda arena
en el desierto líbico apartado
cuantos loores creo que merece
el cielo que os abaja y engrandece.
En Scitia ardéis, sentís en Libia frío,
contraria operación y nunca vista;
flaqueza al bien mostráis, al daño brío;
más que un lince miráis, sin tener vista;
mostráis con discreción un desvarío,
que el alma prende, a la razón conquista,
y esta contrariedad nace de aquella
que es vuestro cielo, vuestro sol y estrella.
Si fuera un caos, una materia unida
sin forma vuestro cielo, no espantara
de que del alma vuestra entristecida
las continuas querellas no escuchara;
pero, estando ya en partes esparcida
que un fondo forman de virtud tan rara,
es maravilla tenga los oídos
sordos a vuestros tristes alaridos.
Si es lícito rogar por el amigo
que en estado se halla peligroso,
yo, como vuestro, desde aquí me obligo
de no mostrarme en esto perezoso;
mas si me he de oponer a lo que digo
y conducirlo a término dichoso,
no me deis la ventura, que es muy poca,
mas las palabras sí de vuestra boca.
Diré: «Celia gentil, en cuya mano
está la muerte y vida y pena y gloria
de un mísero captivo que, temprano
ni aun tarde, no saldrás de su memoria:
vuelve el hermoso rostro blando, humano,
a mirar de quien llevas la victoria;
verás el cuerpo en dura cárcel triste
del alma que primero tú rendiste.
Y, pues un pecho en la virtud constante
se mueve en casos de honra y muestra airado,
muévale al tuyo el ver que de delante
te han un firme amador arrebatado;
y si quiere pasar más adelante
y hacer un hecho heroico y estremado,
rescata allá su alma con querella,
que el cuerpo, que está acá, se irá tras ella.
El cuerpo acá y el alma allá captiva
tiene el mísero amante que padece
por ti, Celia hermosa, en quien se aviva
la luz que al cielo alumbra y esclarece;
mira que el ser ingrata, cruda, esquiva
mal con tanta beldad se compadece:
muéstrate agradecida y amorosa
al que te tiene por su cielo y diosa».



Soneto

Ya que del ciego dios habéis cantado
el bien y el mal, la dulce fuerza y arte,
en la primera y la segunda parte,
donde está de amor el todo señalado,
ahora, con aliento descansado
y con nueva virtud que en vos reparte
el cielo, nos cantáis del duro Marte
las fieras armas y el valor sobrado.
Nuevos ricos mineros se descubren
de vuestro ingenio en la famosa mina
que al más alto deseo satisfacen;
y, con dar menos de lo más que encubren,
a este menos lo que es más se inclina
del bien que Apolo y que Minerva hacen.


Soneto

¡Oh venturosa, levantada pluma
que en la empresa más alta te ocupaste
que el mundo pudo, y al fin mostraste
al recibo y al gasto igual la suma!,
calle de hoy más el escriptor de Numa,
que nadie llegará donde llegaste,
pues en tan raros versos celebraste
tan raro capitán, virtud tan summa.
¡Dichoso el celebrado, y quien celebra,
y no menos dichoso todo el suelo,
que tanto bien goza en esta historia,
en quien envidia o tiempo no harán quiebra;
antes hará con justo celo el cielo
eterna más que el tiempo su memoria!

Redondillas
al hábito de Fray Pedro de Padilla


Hoy el famoso Padilla
con las muestras de su celo
causa contento en el cielo
y en la tierra maravilla,
porque, llevado del cebo
de amor, temor y consejo,
se despoja el hombre viejo
para vestirse de nuevo.
Cual prudente sierpe ha sido,
pues, con nuevo corazón,
en la piedra de Simón
se deja el viejo vestido,
y esta mudanza que hace
lleva tan cierto compás
que en ella asiste lo más
de cuanto a Dios satisface.
Con las obras y la fe
hoy para el cielo se embarca
en mejor jarciada barca
que la que libró a Noé;
y, para hacer tal pasaje,
ha muchos años que ha hecho,
con sano y cristiano pecho,
cristiano matalotaje,
y no teme el mal tempero
ni anegarse en el profundo
porque en el mar d'este mundo
es plático marinero,
y ansí, mirando el aguja
divina, cual se requiere,
si el demonio a orza diere,
él dará al instante a puja.
Y llevando este concierto
con las ondas d'este mar,
a la fin vendrá a parar
a seguro y dulce puerto,
donde, sin áncoras ya,
estará la nave en calma
con la eternidad del alma,
que nunca se acabará.
En una verdad me fundo,
y mi ingenio aquí no yerra,
qu'en siendo sal de la tierra,
habéis de ser luz del mundo:
luz de gracia rodeada
que alumbre nuestro horizonte,
y sobre el Carmelo monte
fuerte ciudad levantada.
Para alcanzar el trofeo
d'estas santas profecías,
tendréis el carro de Elías
con el manto de Eliseo,
y, ardiendo en amor divino,
donde nuestro bien se fragua,
apartando el manto al agua,
por el fuego haréis camino;
porqu'el voto de humildad
promete segura alteza
y castidad y pobreza,
bienes de divinidad,
y ansí los cielos serenos
verán, cuando acabarás,
un cortesano allá más
y en la tierra un sabio menos.


Cual vemos que renueva
a Fray Pedro de Padilla


Cual vemos que renueva
el águila real la vieja y parda
pluma y con otra nueva
la detenida y tarda
pereza arroja y con subido vuelo
rompe las nubes y se llega al cielo:
tal, famoso Padilla,
has sacudido tus humanas plumas,
porque con maravilla
intentes y presumas
llegar con nuevo vuelo al alto asiento
donde aspiran las alas de tu intento.
Del sol el rayo ardiente
alza del duro rostro de la tierra,
con virtud excelente,
la humidad que en sí encierra,
la cual después, en lluvia convertida,
alegra al suelo y da a los hombres vida:
y d'esta mesma suerte
el sol divino te regala y toca
y en tal humor convierte
que, con tu pluma, apoca
la sequedad de la ignorancia nuestra
y a sciencia santa y santa vida adiestra.
¡Qué sancto trueco y cambio:
por las humanas, las divinas musas!
¡Qué interés y recambio!
¡Qué nuevos modos usas
de adquirir en el suelo una memoria
que dé fama a tu nombre, al alma gloria!;
que, pues es tu Parnaso
el monte del Calvario y son tus fuentes
de Aganipe y Pegaso
las sagradas corrientes
de las benditas llagas del Cordero,
eterno nombre de tu nombre espero.


Soneto
al mismo santo,


Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la cubra artificioso:
vos, seráfico padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, soys la pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.
Las sombras de ser mártir descubristes,
los lejos, en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;
las colores, las llagas que tuvistes
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado.


El casto ardor de una amorosa llama,


El casto ardor de una amorosa llama,
un sabio pecho a su rigor subjeto,
un desdén sacudido y un afecto
blando, que al alma en dulce fuego inflama,
el bien y el mal a que convida y llama
de amor la fuerza y poderoso efecto,
eternamente, en son claro y perfecto,
con estas rimas cantará la fama,
llevando el nombre único y famoso
vuestro, felice López Maldonado,
del moreno etíope al cita blanco,
y hará que en balde de laurel honroso
espere alguno verse coronado
si no os imita y tiene por su blanco.


Bien donado sale al mundo

Bien donado sale al mundo
este libro, do se encierra
la paz de amor y la guerra,
y aquel fruto sin segundo
de la castellana tierra;
que, aunque le da Maldonado,
va tan rico y bien donado
de sciencia y de discreción,
que me afirmo en la razón
de decir que es bien donado.


El sentimiento amoroso
del pecho más encendido
en fuego de amor, y herido
de su dardo ponzoñoso
y en la red suya cogido,
el temor y la esperanza
con que el bien y el mal se alcanza
en las empresas de amor:
aquí muestra su valor,
su buena o su mala andanza.
Sin flores, sin praderías
y sin los faunos silvanos,
sin ninfas, sin dioses vanos,
sin yerbas, sin aguas frías
y sin apacibles llanos,
en agradables conceptos
profundos, altos, discretos,
con verdad llana y distinta,
aquí el sabio autor nos pinta
del ciego dios los efetos.
Con declararnos la mengua
y el bien de su ardiente llama,
ha dado a su nombre fama
y enriquecido su lengua,
que ya la mejor se llama,
y hanos mostrado que es solo
favorecido de Apolo
con dones tan infinitos,
que su fama en sus escritos
irá d'éste al otro polo.


Soneto


Cual vemos del rosado y rico oriente
la blanca y dura piedra señalarse
y en todo, aunque pequeña, aventajarse
a la mayor del Cáucaso eminente,
tal este (humilde al parecer) presente
puede y debe mirarse y admirarse,
no por la cantidad, mas por mostrarse
ser en su calidad tan excelente.
El que navega por el golfo insano
del mar de pretensiones verá al punto
del cortesano laberinto el hilo.
¡Felice ingenio y venturosa mano
qu'el deleite y provecho puso junto
en juego alegre, en dulce y claro estilo!


Soneto


De la Virgen sin par, santa y bendita
(digo, de sus loores), justamente
haces el rico, sin igual presente
a la sin par cristiana Margarita.
Dándole, quedas rico, y queda escrita
tu fama en hojas de metal luciente,
que, a despecho y pesar del diligente
tiempo, será en sus fines infinita:
¡felice en el sujeto que escogiste,
dichoso en la ocasión que te dio el cielo
de dar a Virgen el virgíneo canto;
venturoso también porque heciste
que den las musas del hispano suelo
admiración al griego, al tusco espanto.




Soneto


Tú, que con nuevo y sin igual decoro
tantos remedios para un mal ordenas,
bien puedes esperar d'estas arenas,
del sacro Tajo, las que son de oro,
y el lauro que se debe al que un tesoro
halla de ciencia, con tan ricas venas
de raro advertimiento y salud llenas,
contento y risa del enfermo lloro;
que por tu industria una deshecha piedra
mil mármoles, mil bronces a tu fama
dará sin invidiosas competencias;
daráte el cielo palma, el suelo yedra,
pues que el uno y el otro ya te llama
espíritu de Apolo en ambas ciencias.




Canción nacida de las varias nuevas que han venido
de la católica armada que fue sobre Inglaterra,


Bate, Fama veloz, las prestas alas,
rompe del norte las cerradas nieblas,
aligera los pies, llega y destruye
el confuso rumor de nuevas malas
y con tu luz desparce las tinieblas
del crédito español, que de ti huye;
esta preñez concluye
en un parto dichoso que nos muestre
un fin alegre de la ilustre empresa,
cuyo fin nos suspende, alivia y pesa,
ya en contienda naval, ya en la terrestre,
hasta que, con tus ojos y tus lenguas,
diciendo ajenas menguas,
de los hijos de España el valor cantes,
con que admires al cielo, al suelo espantes.


Di con firme verdad, firme y sigura:
¿hizo el que pudo la victoria vuestra?
¿Sentenciado ha su causa el Padre eterno?
¿Bañada queda en roja sangre y pura
la católica espada y fuerte diestra?
En fin, de aquel que asiste a su gobierno,
¿poblado ha el hondo infierno
de nuevas almas, y de cuerpos lleno
el mar, que a los despojos y banderas
de las naciones pertinaces, fieras,
apenas dio lugar su inmenso seno,
del pirata mayor del occidente
ya inclinada la frente,
y puesto al cuello altivo y indomable
del vencimiento el yugo miserable?


Di (que al fin lo dirás): «allí volaron
por el aire los cuerpos, impelidos
de las fogosas máquinas de guerra;
aquí las aguas su color cambiaron,
y la sangre de pechos atrevidos
humedecieron la contraria tierra»;
cómo huye, o si afierra,
este y aquel navío; en cuántos modos
se aparecen las sombras de la muerte;
cómo juega Fortuna con la suerte,
no mostrándose igual ni firme a todos,
hasta que, por mil varios embarazos,
los españoles brazos,
rompiendo por el aire, tierra y fuego,
declararon por suyo el mortal juego.


Píntanos ya un diluvio con razones,
causado de un conflicto temeroso
y que le pinta la contraria parte:
mil cuerpos sobreaguados y en montones
confusos, otros naden cobdiciosos
d'entretener la vida en cualquier parte;
al descuido, y con arte,
pinta rotas entenas, jarcias rotas,
quillas sentidas, tablas desclavadas,
y, de impaciencia y de rigor armadas,
las dos (y no en valor) iguales flotas.
Exprime los gemidos excesivos
de aquellos semivivos
que, ardiendo, al agua fría se arrojaban
y, en la muerte del fuego, muerte hallaban.


Después d'esto dirás: «en espaciosas,
concertadas hileras va marchando
nuestro cristiano ejército invencible,
las cruzadas banderas victoriosas
al aire con donaire tremolando,
haciendo vista fiera y apacible.
Forma aquel son horrible
que el cóncavo metal despide y forma,
y aquel del atambor que engendra y cría
en el cobarde pecho valentía
y el temor natural trueca y reforma»;
haz los reflejos y vislumbres bellas
que, cual claras estrellas,
en las luchas armas el sol hace
cuando mirar este escuadrón le place.


Esto dicho, revuelve presurosa
y en los oídos de los dos prudentes
famosos generales luego envía
una voz que les diga la gloriosa
estirpe de sus claros ascendientes,
cifra de más que humana valentía:
al que las naves guía
muéstrale sobre un muro un caballero,
más que de yerro, de valor armado,
y entre la turba mora un niño atado,
cual entre hambrientos lobos un cordero,
y al segundo Abrahán que dé la daga
con que el bárbaro haga
el sacrificio horrendo que en el suelo
le dio fama y imortal gloria en el cielo;


dirás al otro, que en sus venas tiene
la sangre de Austria, que con esto sólo
le dirás cien mil hechos señalados
que, en cuanto el ancho mar cerca y contiene,
y en lo que mira el uno y otro polo,
fueron por sus mayores acabados.
Éstos ansí informados,
entra en el escuadrón de nuestra gente
y allá verás, mirando a todas partes,
mil Cides, mil Roldanes y mil Martes,
valiente aquél, aquéste más valiente;
a estos solos les dirás que miren
para que luego aspiren
a concluir la más dudosa hazaña:
«Hijos, mirad que es vuestra madre España!,


la cual, desde que al viento y mar os disteis,
cual viuda llora vuestra ausencia larga,
contrita, humilde, tierna, mansa y justa,
los ojos bajos, húmidos y tristes,
cubierto el cuerpo de una tosca sarga,
que de sus galas poco o nada gusta
hasta ver en la injusta
cerviz inglesa puesto el suave yugo
y sus puertas abrir, de herror cargadas,
con las romanas llaves dedicadas
[a] abrir el cielo como al cielo plugo.
Justa es la empresa, y vuestro brazo fuerte;
aun de la misma muerte
quitara la vitoria de la mano,
cuanto más del vicioso luterano».


Muéstrales, si es posible, un verdadero
retrato del católico monarca,
y verán de David la voz y el pecho,
las rodillas por el suelo y un cordero
mirando, a quien encierra y guarda un arca,
mejor que aquélla quisier[a haber hecho],
puestos de trecho a trecho
doce descalzos ángeles mortales
en quien tanta virtud el cielo encierra
que con humilde voz desde la tierra
pasan del mismo cielo los umbrales.
Con tal cordero, tal monarca y luego
de tales doce el ruego,
diles que está siguro el triunfo y gloria,
y que ya España canta la victoria.


Canción, si vas despacio do te envío,
en todo el cielo fío
que has de cambiar por nuevas de alegría
el nombre de canción y profecía.




canción segunda, de la pérdida de la armada
que fue a Inglaterra


Madre de los valientes de la guerra,
archivo de católicos soldados,
crisol donde el amor de Dios se apura,
tierra donde se vee que el cielo entierra
los que han de ser al cielo trasladados
por defensores de la fee más pura:
no te parezca acaso desventura,
¡Oh España, madre nuestra!,
ver que tus hijos vuelven a tu seno
dejando el mar de sus desgracias lleno,
pues no los vuelve la contraria diestra:
vuélvelos la borrasca i[n]contrastable
del viento, mar, y el cielo que consiente
que se alce un poco la enemiga frente,
odiosa al cielo, al suelo detestable,
porque entonces es cierta la caída
cuando es soberbia y vana la subida.


Abre tus brazos y recoge en ellos
los que vuelven confusos, no rendidos,
pues no se escusa lo que el cielo ordena,
ni puede en ningún tiempo los cabellos
tener alguno con la mano asidos
de la calva ocasión en suerte buena,
ni es de acero o diamante la cadena
con que se enlaza y tiene
el buen suceso en los marciales casos,
y los más fuertes bríos quedan lasos
del que a los brazos con el viento viene,
y esta vuelta que vees desordenada
sin duda entiendo que ha de ser la vuelta
del toro para dar mortal revuelta
a la gente con cuerpos desalmada,
que el cielo, aunque se tarda, no es amigo
de dejar las maldades sin castigo.


A tu león pisado le han la cola;
las vedijas sacude, ya revuelve
a la justa venganza de su ofensa,
no sólo suya, que si fuera sola,
quizá la perdonara: sólo vuelve
por la de Dios, y en restaurarla piensa.
Único es su valor, su fuerza imensa,
claro su entendimiento,
indignado con causa, y tal que a un pecho
cristiano, aunque de mármol fuese hecho,
moviera a justo y vengativo intento.
Y más, que el galo, el tusco, el moro mira,
con vista aguda y ánimos perplejos,
cuáles son los comienzos y los dejos,
y dónde pone este león la mira,
porque entonces su suerte está lozana
en cuanto tiene este león cuartana.


Ea pues, ¡oh Felipe, señor nuestro,
Segundo en nombre y hombre sin segundo,
coluna de la fee segura y fuerte!,
vuelve en suceso más felice y diestro
este designio que fabrica el mundo,
que piensa manso y sin coraje verte,
como si no bastasen a moverte
tus puertos salteados
en las remotas Indias apartadas,
y en tus casas tus naves abrasadas,
y en la ajena los templos profanados;
tus mares llenos de piratas fieros,
por ellos tus armadas encogidas,
y en ellos mil haciendas y mil vidas
sujetos a mil bárbaros aceros,
cosas que cada cual por sí es posible
a hacer que se intente aun lo imposible.


Pide, toma, señor, que todo aquello
que tus vasallos tienen se te ofrece
con liberal y valerosa mano
a trueco que al inglés pérfido cuello
pongas el justo yugo que merece
su injusto pecho y proceder insano;
no sólo el oro que se adora en vano,
sino sus hijos caros
te darán, cual el suyo dio don Diego,
que, en propria sangre y en ajeno fuego,
acrisoló los hechos siempre raros
de la casa de Córdoba, que ha dado
catorce mayorazgos a las lanzas
moriscas, y, con firmes confianzas,
sus obras y su nombre han dilat[ado]
por la espaciosa redondez del suel[o],
que el que así muere vive y gana el cie[lo].


En tanto que los brazos levantares,
gran capitán de Dios, espera, [espera]
ver vencedor tu pueblo, y no vencido;
pero si de cansado los bajares,
los suyos alzará la gente fiera,
que para el mal el malo es atrevido;
y en tu perseverancia está inclüido
un felice suceso
de la empresa justísima que tomas,
y no con ella un solo reino domas,
que a muchos pones de temor el peso;
aseguras los tuyos, fortaleces
lo que la buena fama de ti canta,
que eres un justo horror que al malo espanta
y mano que a los justos favoreces;
alza los brazos, pues, Moisés cristiano,
y pondrálos por tierra el luterano.


Vosotros que, llevados de un deseo
justo y honroso, al mar os entregastes
y el ocio blando y el regalo huistes,
puesto que os imagino ahora y veo
entre el viento y el mar que contrastastes
y los mortales daños que sufristes,
d'entre Scila y Caribdis no tan tristes
salís que no se vea
en vuestro bravo, varonil semblante
que romperéis por montes de diamante
hasta igualar la desigual pelea;
que los bríos y brazos españoles
quilatan su valor, su fuerza y brío
con la hambre, sed, calor y frío
cual se quilata el oro en los crisoles,
y, apurados así, son cual la planta
que al cielo con la carga se levanta.


El diestro esgrimidor, cuando le toca
quien sabe menos que él, se enciende en ira
y con facilidad se desagravia;
y en la orilla del mar la fuerte roca,
mientras su furia a deshacerla aspira,
muy poco o nada su rigor la agravia;
y es común opinión de gente sabia
que cuanto más ofende
el malo al bueno, tanto más aumenta
el temor del alcance de la cuenta,
que siempre es malo del que mal espende.
Triunfe el pirata, pues, agora y haga
júbilo y fiestas, porque el mar y el viento
han respondido al justo de su intento
sin acordarse si el que debe paga,
que, al sumar de la cuenta, en el remate
se hará un alcance que le alcance y mate.


¡Oh España, oh rey, oh mílites famosos!,
ofrece, manda, obedeced, que el cielo
en fin ha de ayudar al justo celo,
puesto que los principios sean dudosos,
y en la justa ocasión y en la porfía
encierra la vitoria su alegría.






[Romance]


Yace donde el sol se pone,
entre dos tajadas peñas,
una entrada de un abismo,
quiero decir, una cueva
profunda, lóbrega, escura,
aquí mojada, allí seca,
propio albergue de la noche,
del horror y las tinieblas.
Por la boca sale un aire
que al alma encendida yela,
y un fuego, de cuando en cuando,
que el pecho de yelo quema.
Óyese dentro un rüido
como crujir de cadenas
y unos ayes luengos, tristes,
envueltos en tristes quejas.
Por las funestas paredes,
por los resquicios y quiebras
mil víboras se descubren
y ponzoñosas culebras.
A la entrada tiene puesto[s],
en una amarilla piedra,
huesos de muerto encajados
de modo que forman letras,
las cuales, vistas del fuego
que arroja de sí la cueva,
dicen: «Ésta es la morada
de los celos y sospechas».
Y un pastor contaba a Lauso
esta maravilla cierta
de la cueva, fuego y yelo,
aullidos, sierpes y piedra,
el cual, oyendo, le dijo:
«Pastor, para que te crea,
no has menester juramentos
ni hacer la vista esperiencia.
Un vivo traslado es ése
de lo que mi pecho encierra,
el cual, como en cueva escura,
no tiene luz, ni la espera.
Seco le tienen desdenes
bañado en lágrimas tiernas;
aire, fuego y los suspiros
le abrasan contino y yelan.
Los lamentables aullidos,
son mis continuas querellas,
víboras mis pensamientos
que en mis entrañas se ceban.
La piedra escrita, amarilla,
es mi sin igual firmeza,
que mis huesos en la muerte
mostrarán que son de piedra.
Los celos son los que habitan
en esta morada estrecha,
que engendraron los descuidos
de mi querida Silena».
En pronunciando este nombre,
cayó como muerto en tierra,
que de memorias de celos
aquestos fines se esperan.


Hacia donde el sol se pone,
entre dos partidas peñas,
una entrada de un abismo,
quiero decir, una cueva
oscura, lóbrega y triste,
aquí mojada, allí seca,
propio albergue de la noche,
del terror y de tinieblas.
Por su boca sale un aire
que al alma encendida yela,
y un fuego, de cuando en cuando,
que al pecho de nieve quema.
Óyese dentro un rüido
con crujir de cadenas
y unos ayes luengos, tristes,
envueltos en tristes quejas;
y en las funestas paredes,
por los resquicios y quiebras
mil víboras se descubren
y ponzoñosas culebras.
A la boca tiene puestos,
en una amarilla piedra,
güesos de muerto encajados
de modo que forman letras,
las cuales, vistas al fuego
que sale de la caverna,
dicen: «Ésta es la morada
de los celos y sospechas».
Un pastor contaba a Lauso
esta maravilla cierta
de la cueva, fuego y yelo,
aullidos, sierpes y piedras,
el cual, viéndole, le dijo:
«Pastor, para que te crean,
no has menester jurallo
ni hacer della esperiencia.
El mismo traslado es ése
de lo que mi pecho encierra,
el cual, como en cueva oscura,
ni siente luz, ni la espera.
Seco, le tienen desdenes
bañando lágrimas tiernas;
aire y fuego en los suspiros
arrójase, abrasa y yela.
Los lamentables aullidos,
son mis continuas endechas,
víboras mis pensamientos
que en mis entrañas se ceban.
La piedra escrita, amarilla,
es mis sin igual firmezas,
que los fuegos en mi muerte
dirán cómo fui de piedra.
Los celos son los que avisan
en esta morada estrecha,
que causaron los descuidos
cuidados de Silena».
En pronunciando este mal,
cayó como muerto en tierra,
que de memorias de celos
tales sucesos se esperan.
El cielo a la iglesia ofrece
hoy una piedra tan fina
que en la corona divina
del mismo Dios resplandece.

 

Glosa


Tras los dones primitivos
que, en el fervor de su celo,
ofreció la iglesia al cielo,
a sus edificios vivos
dio nuevas piedras el suelo;
estos dones agradece
a su esposa y la ennoblece,
pues, de parte del esposo,
un Hiacinto, el más precioso,
el cielo a la iglesia ofrece.
Porque el hombre de su gracia
tantas veces se retira,
y el Jacinto, al que le mira,
es tan grande su eficacia
que le sosiega la ira,
su misma piedad lo inclina
a darlo por medicina,
que, en su jüicio profundo,
ve que ha menester el mundo,
hoy una piedra tan fina.
Obró tanto esta virtud,
viviendo Jacinto en él,
que, a los vivos rayos d'él,
en una y otra salud
se restituyó por él.
Crezca gloriosa la mina
que de su luz jacintina
tiene el cielo y tierra llenos,
pues no mereció estar menos
que en la corona divina.
Allá luce ante los ojos
del mismo autor de su gloria,
y acá en gloriosa memoria
de los triunfos y despojos
que sacó de la vitoria,
pues si otra luz desfallece
cuando el sol la suya ofrece,
¿qué tan viva y rutilante
será aquésta si delante
del mismo Dios resplandece?


Soneto


No ha menester el que tus hechos canta,
¡oh gran marqués!, el artificio humano,
que a la más sutil pluma y docta mano
ellos le ofrecen al que al orbe espanta;
y éste que sobre el cielo se levanta,
llevado de tu nombre soberano,
a par del griego y escritor toscano,
sus sienes ciñe con la verde planta;
y fue muy justa prevención del cielo
que a un tiempo ejercitases tú la espada
y él su prudente y verdadera pluma,
porque, rompiendo de la invidia el velo,
tu fama, en sus escritos dilatada,
ni olvido o tiempo o muerte la consuma.


El capitán Becerra vino a Sevilla a enseñar lo que habían
de hacer los soldados, y a esto y a la entrada del
duque de Medina en Cádiz hizo Cervantes este
soneto


Vimos en julio otra semana santa,
atestada de ciertas cofradías
que los soldados llaman compañías,
de quien el vulgo, y no el inglés, se espanta;
hubo de plumas muchedumbre tanta
que en menos de catorce o quince días
volaron sus pigmeos y Golías,
y cayó su edificio por la planta.
Bramó el Becerro y púsolos en sarta;
tronó la tierra, escurecióse el cielo,
amenazando una total rüina;
y al cabo, en Cádiz, con mesura harta,
ido ya el conde, sin ningún recelo,
triunfando entró el gran duque de Medina.




Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla


«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque, ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?
¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!
¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente!»
Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto
lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario miente!»
Y luego encontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.


Miguel de Cervantes, autor de Don Quixote:
Unas décimas


Ya que se ha llegado el día,
gran rey, de tus alabanzas,
de la humilde musa mía
escucha, entre las que alcanzas,
las llorosas que te envía;
que, puesto que ya caminas
pisando las perlas finas
de las aulas soberanas,
tal vez palabras humanas
oyen orejas divinas.


¿Por dónde comenzaré
a exagerar tus blasones,
después que te llamaré
padre de las religiones
y defensor de la fe?
Sin duda habré de llamarte
nuevo y pacífico Marte,
pues en sosiego venciste
lo más en cuanto quisiste,
y es mucha la menor parte.


Tembló el cita en el oriente,
el bárbaro al mediodía,
el luterano al poniente,
y en la tierra siempre fría
temió la indómita gente;
Arauco vio tus banderas
vencedoras, y las fieras
ondas del sangriento Egeo
te dieron como en trofeo
las otomanas banderas.


Las virtudes en su punto
en tu pecho se hallaron,
y el poder y el saber junto,
y jamás no te dejaron,
aun casi el cuerpo difunto;
y lo que más tu valor
sube al extremo mayor
es que fuiste, cual se advierte,
bueno en vida, bueno en muerte
y bueno en tu sucesor.


Esta memoria nos dejas,
que es la que el bueno cudicia,
que, amigables y sin quejas,
misericordia y justicia
corrieron en ti parejas,
como la llana humildad
al par de la majestad,
tan sin discrepar un tilde
que fuiste el rey más humilde
y de mayor gravedad.


Quedar las arcas vacías,
donde se encerraba el oro
que dicen que recogías,
nos muestra que tu tesoro
en el cielo lo escondías;
desde ahora en los serenos
Elíseos campos amenos
para siempre gozarás,
sin poder desear más
ni contentarte con menos.



Yace en la parte que es mejor de España


Yace en la parte que es mejor de España
una apacible y siempre verde Vega
a quien Apolo su favor no niega,
pues con las aguas de Helicón la baña;
Júpiter, labrador por grande hazaña,
su ciencia toda en cultivarla entrega;
Cilenio, alegre, en ella se sosiega,
Minerva eternamente la acompaña;
las Musas su Parnaso en ella han hecho;
Venus, honesta, en ella aumenta y cría
la santa multitud de los amores.
Y así, con gusto y general provecho,
nuevos frutos ofrece cada día
de ángeles, de armas, santos y pastores.




«Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera;
y, para entender el primer cuarteto, advierto que
él celebraba en sus versos a una señora
debajo deste nombre de Luz.
Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida»


El que subió por sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas, en dulce voz cantadas;
el que con culta vena las sagradas
de Helicón y Pirene en muchedumbre
(libre de toda humana pesadumbre)
bebió y dejó en divinas transformadas;
aquél a quien invidia tuvo Apolo
porque, a par de su Luz, tiene su fama
de donde nace a donde muere el día:
el agradable al cielo, al suelo solo,
vuelto en ceniza de su ardiente llama,
yace debajo desta losa fría.




A don Diego de Mendoza y a su fama


En la memoria vive de las gentes,
varón famoso, siglos infinitos,
premio que le merecen tus escritos
por graves, puros, castos y excelentes.
Las ansias en honesta llama ardientes,
los Etnas, los Estigios, los Cocitos
que en ellos suavemente van descritos,
mira si es bien, ¡oh Fama!, que los cuentes,
y aun que los lleves en ligero vuelo
por cuanto ciñe el mar y el sol rodea,
y en láminas de bronce los esculpas;
que así el suelo sabrá que sabe el cielo
que el renombre inmortal que se desea
tal vez le alcanzan amorosas culpas.




Al secretario Gabriel Pérez del Barrio Angulo


Tal secretario formáis,
Gabriel, en vuestros escritos,
que por siglos infinitos
en él os eternizáis;
de la ignorancia sacáis
la pluma, y en presto vuelo
de lo más bajo del suelo
al cielo la levantáis.


Desde hoy más, la discreción
quedará puesta en su punto,
y el hablar y escribir junto
en su mayor perfección,
que en esta nueva ocasión
nos muestra, en breve distancia,
Demóstenes su elegancia
y su estilo Cicerón.


España os está obligada,
y con ella el mundo todo,
por la subtileza y modo
de pluma tan bien cortada;
la adulación defraudada
queda, y la lisonja en ella;
la mentira se atropella,
y es la verdad levantada.


Vuestro libro nos informa
que sólo vos habéis dado
a la materia de estado
hermosa y cristiana forma;
con la razón se conforma
de tal suerte que en él veo
que, contentando al deseo,
al que es más libre reforma.




Soneto
a don Diego Rosel y Fuenllana,
inventor de nuevos artes,
hecho por Miguel de Cervantes


Jamás en el jardín de Falerina
ni en la Parnasa, excesible cuesta,
se vio Rosel ni rosa cual es ésta,
por quien gimió la maga Dragontina;
atrás deja la flor que se recrina
en la del Tronto archiducal floresta,
dejando olor por vía manifesta
que a la región del cielo la avecina.
Crece, ¡oh muy felice planta!, crece,
y ocupen tus pimpollos todo el orbe,
retumbando, crujiendo y espantando;
el Betis calle, pues el Po enmudece,
y la muerte, que a todo humano sorbe,
sola esta rosa vaya eternizando.

A los éxtasis de nuestra beata madre
Teresa de Jesús


Virgen fecunda, madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios prostrada,
en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento santo,
oye mi voz cansada
y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto.


Luego que de la cuna y las mantillas
sacó Dios tu niñez, diste señales
que Dios para ser suya te guardaba,
mostrando los impulsos celestiales
en ti, con ordinarias maravillas,
que a tu edad tu deseo aventajaba;
y si se descuidaba
de lo que hacer debía,
tal vez luego volvía
mejorado, mostrando codicioso
que el haber parecido perezoso
era un volver atrás para dar salto,
con curso más brïoso,
desde la tierra al cielo, que es más alto.


Creciste, y fue creciendo en ti la gana
de obrar en proporción de los favores
con que te regaló la mano eterna,
tales que, al parecer, se alzó a mayores
contigo alegre Dios en la mañana
de tu florida edad humilde y tierna;
y así tu ser gobierna
que poco a poco subes
sobre las densas nubes
de la suerte mortal, y así levantas
tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas,
que ligero tras sí el alma le lleva
a las regiones santas
con nueva suspensión, con virtud nueva.


Allí su humildad te muestra santa;
acullá se desposa Dios contigo,
aquí misterios altos te revela.
Tierno amante se muestra, dulce amigo,
y, siendo tu maestro, te levanta
al cielo, que señala por tu escuela;
parece se desvela
en hacerte mercedes;
rompe rejas y redes
para buscarte el Mágico divino,
tan tu llegado siempre y tan contino
que, si algún afligido a Dios buscara,
acortando camino
en tu pecho o en tu celda le hallara.


Aunque naciste en Ávila, se puede
decir que Alba fue donde naciste,
pues allí nace donde muere el justo;
desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste:
alba pura, hermosa, a quien sucede
el claro día del inmenso gusto.
Que le goces es justo
en éxtasis divinos
por todos los caminos
por donde Dios llevar a un alma sabe,
para darle de sí cuanto ella cabe,
y aun la ensancha, dilata y engrandece
y, con amor süave,
a sí y de sí la junta y enriquece.


Como las circunstancias convenibles
que acreditan los éxtasis, que suelen
indicios ser de santidad notoria,
en los tuyos se hallaron, nos impelen
a creer la verdad de los visibles
que nos describe tu discreta historia;
y el quedar con vitoria,
honroso triunfo y palma
del infierno, y tu alma
más humilde, más sabia y obediente
al fin de tus arrobos, fue evidente
señal que todos fueron admirables
y sobrehumanamente
nuevos, continuos, sacros, inefables.


Ahora, pues, que al cielo te retiras,
menospreciando la mortal riqueza
en la inmortalidad que siempre dura,
y el visorrey de Dios nos da certeza
que sin enigma y sin espejo miras
de Dios la incomparable hermosura,
colma nuestra ventura:
oye, devota y pía,
los balidos que envía
el rebaño infinito que crïaste
cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste,
que no porque dejaste nuestra vida
la caridad dejaste,
que en los cielos está más estendida.


Canción, de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y parte
de alzar al cielo la mortal bajeza.



De Turia el cisne más famoso hoy canta,


De Turia el cisne más famoso hoy canta,
y no para acabar la dulce vida,
que en sus divinas obras escondida
a los tiempos y edades se adelanta:
queda por él canonizada y santa
Teruel, vivos Marcilla y su homicida;
su pluma, por heroica conocida,
en quien se admira el cielo, el suelo espanta.
Su dotrina, su voz, su estilo raro,
que por tuyos, ¡oh Apolo!, reconoces,
según el vuelo de sus bellas alas,
grabadas por la Fama en mármol paro
y en láminas de bronce, harán que goces
siglo de eternidad, Yagüe de Salas.




A la señora doña Alfonsa González, monja profesa
en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla,
en la dirección deste libro de la Sacra Minerva


En vuestra sin igual, dulce armonía,
hermosísima Alfonsa, nos reserva
la nueva, la sin par sacra Minerva
cuanto de bueno y santo el cielo cría.
Llega el felice punto, llega el día
en que, si os oye la infernal caterva,
huye gimiendo al centro y, de la acerva
región, suspiros a la tierra envía.
En fin, vos convertís el suelo en cielo
con la voz celestial, con la hermosura
que os hacen parecer ángel divino;
y así, conviene que tal vez el velo
alcéis, y descubráis esa luz pura
que nos pone del cielo en el camino.

 

 

 

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