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Carlos Pellicer

Poemas de Carlos Pellicer
Poemas de Carlos Pellicer



Carlos Pellicer (Villahermosa, Tabasco, México; 4 de noviembre de 1899 - Ciudad de México; 16 de febrero de 1977). Fue un poeta mexicano.
Carlos Pellicer Cámara, era oriundo de San Juan Bautista (actual Villahermosa) capital del estado de Tabasco. Su padre, también llamado Carlos, era farmacéutico, y su madre, Deifilia fue quién le enseñó las primeras letras, a leer versos y quién despertó en él una preocupación social.
Pellicer inició sus estudios de primaria en la escuela Daría González. La revolución mexicana lo contagia de su ímpetu. Los aviones lo hacen soñar con ser piloto civil. Pero desde muy temprana edad descubre su vena poética y la convicción de llegar a ser alguien importante.
En 1909, como consecuencia de la situación política que vivía Villahermosa, su padre se alistó en el ejército constitucionalista, por lo que él y su madre se trasladaron a vivir a la ciudad de Campeche. Por lo precario de su economía tuvo que trabajar y vender los dulces que elaboraba su madre, y allí empezó a escribir sus primeros sonetos.
Cursó estudios en la Escuela Nacional Preparatoria y en Colombia, a donde fue enviado por el gobierno del entonces presidente Venustiano Carranza. Fue cofundador de la revista San-Ev-Ank (1918) y de un nuevo Ateneo de la Juventud (1919) y secretario privado de José Vasconcelos Calderón.
En la Escuela Nacional Preparatoria se relacionó con intelectuales de primera línea. Es nombrado agregado estudiantil para representar a México en Colombia y Venezuela. Desempeña su labor con éxito y regresa sorprendido por la dictadura Venezolana. Al rendir el informe de sus actividades ante la Federación de Estudiantes, pronuncia un airado discurso en contra del dictador Juan Vicente Gómez, que causa un gran tumulto.
José Vasconcelos Calderón, rector de la Universidad Nacional, impresionado por sus palabras contra el dictador de Venezuela quiso conocerlo. Vasconcelos le da trabajo en la Universidad, primero como escribiente y después como oficial. Simultáneamente ejerce como profesor de lengua castellana en la Escuela Nacional Preparatoria. Meses después, cuando el rector es nombrado Secretario de Educación Publica, ocupa un puesto en esta institución.
Vasconcelos convoca a los jóvenes a participar apasionadamente en su proyecto educativo, que pretendía emular la hazaña de primeros evangelizadores. Los nuevos misioneros tenían la tarea de erradicar el analfabetismo de todos los rincones del país. Para este propósito formó grupos de voluntarios, que se lanzaron a las vecindades a dar clases.
En agosto de 1921, junto con Vicente Lombardo Toledano, Diego Rivera, José Clemente Orozco y Xavier Guerrero entre otros, fundó el Grupo Solidario del Movimiento Obrero. Fue profesor de poesía moderna en la UNAM y director del Departamento de Bellas Artes. Organizó los museos Frida Kahlo, el de la Venta, y el de Anahuacalli. Colaboró en las revistas Falange (1922-23), Ulises (1927-28) y Contemporáneos (1928-31).
Carlos Pellicer y Daniel Cosío Villegas emplearon los sábados y domingos para llevar a cabo la tarea de "evangelizar" en materia de letras a los vecinos de una vecindad de Peralvillo. Una mañana, muy temprano, cuenta Cosío Villegas que entraron a un patio silencioso y desierto donde no parecía existir gente alguna. El carácter tozudo del poeta lo hizo vociferar:
"¡Y bien! ¿Qué nadie vive aquí? Entonces, ¿quién riega las macetas, quién lava los corredores, quién barre el patio?"
Cuando lo primeros curiosos se asomaron por las ventanas y algunos otros se acercaron desconcertados al joven que vociferaba; Pellicer se transformaba de pregonero de feria en misionero, les instaba a bajar para darles la buena nueva Les contaba que él era poeta, recitaba sus versos, o alguno de Díaz Mirón y cuando captaba la atención del público, les explicaba que todo esto era gracias a las letras.
A continuación, con ayuda de su pizarra trataba de iniciarles en el gusto por las letras. Cuando terminaba su explicación acordaban el día y la hora se verían para continuar las clases. Atrajo mucha gente, que se dividieron en dos grupos uno de los cuales atendía Daniel Cosío.
La transformación educativa iniciada por Vasconcelos tuvo frutos. En 1921 cuando había tomado a su cargo la Secretaría de Educación Publica sólo había 8.171 escuelas, 17.206 maestros y 679.897 alumnos, con un presupuesto de 2.218.000 pesos. En 1924 deja un presupuesto de 52.363.000 pesos y también 13.487 escuelas, 26.065 maestros y 1.049.539 alumnos.
Años después, debido a una invitación que le hiciera el poeta argentino José Ingenieros para visitar París y con la ayuda de una beca para estudiar museografía en la Sorbona, Pellicer vive en Europa durante poco más de tres años.

Retorna a México para unirse a la campaña presidencial de José Vasconcelos Calderón. Al igual que a su llegada de Sudamérica, se encontró con una juventud pujante e irreverente y pasó a formar parte del llamado vasconcelismo. Por una parte su beca europea no se postergó más tiempo y en el mes de marzo de 1929, José Vasconcelos era nombrado en Celaya, Guanajuato, candidato oficial por el Partido Antireeleccionista.
El 17 de noviembre de 1929 día de las elecciones, México se llena de sangre, se habla de 9 muertos y de 17 heridos. Se dispara contra los manifestantes en Tampico, Córdova Veracruz, en Guaymas y en Tuxpan. Los soldados se llevan las urnas y los camiones del gobierno las acarrean. Un periódico de los Estados Unidos declara vencedor al candidato oficial por un margen de un millón de votos.
Vasconcelos va a Guaymas perseguido por el ejército y la policía. Lo persigue también un enviado del gobierno de los Estados Unidos para ofrecerle, a cambio de reconocer su derrota, la rectoría de la UNAM. No acepta y ordena a sus seguidores que se escondan. Al día siguiente son detenidos miles de vasconcelistas. Pellicer no escucha recomendaciones y pretende continuar su vida normal. Es detenido una tarde, cuando se disponía a salir de casa, para dar su paseo acostumbrado de las Lomas a los Remedios.
Las gestiones de su familia y amigos consiguen su libertad en breve tiempo.
No fue fácil reiniciar la vida, abandonó la prisión para sumirse en una cárcel de libertad:
Que se cierre esa puerta que no me deja estar a solas con tus besos.
Así, escribiendo versos, comenzaba su exilio en su propia patria, pero no era la única puerta que rondaba en sus soledades, todas las entradas estaban cerradas. Era un poeta marcado por causa de su militancia vasconcelista. La pobreza lo había seguido toda la vida, pero hasta ese momento no le había hecho un poema a la miseria, lamentaba que sus padres tuvieran que sufragarle dinero para el tranvía.
A principios de 1931 cambia su suerte, publica: Cinco poemas y consigue ingresar como profesor de Historia de México, Historia Universal y Literatura Castellana en la Escuela Secundaria Nº4. Ejercería el magisterio durante veinte años.
Caminaba junto a sus alumnos por las calles de la ciudad, llevando traje y corbata. En aquella época, Pellicer gustaba vestir elegante. Hacía el final de su vida se despojó de cierta frivolidad. Ocultaba su calvicie con un sombrero y sus ojos con lentes oscuros. Ahora eran los jóvenes quienes podían decir que eran alumnos de Carlos Pellicer.
En 1932, durante el primer ciclo, de la primera temporada del Teatro Orientación Pellicer prueba suerte en las tablas y debuta como actor dramático. Actuó en la obra Georges Dandin con el papel protagonista. Su participación fue desastrosa, pues marcó su debut y despedida.
Uno de sus mejores pasatiempos era visitar a los libreros que se apostaban en las banquetas de las calles de Tacuba. Los hijos de uno de estos comerciantes habían sido sus condiscípulos en la Escuela Nacional Preparatoria y ahora eran activos proveedores de su antiguo compañero de escuela. Por otra parte continuaba impartiendo clases a los alumnos del tercer grado. Cuando comenzaban los cursos les indicaba cual era el programa a desarrollar y lo cumplía con puntualidad; aunque no era un maestro autoritario, hacía guardar el orden.
Al igual que en los años anteriores comenzó el primer día de clases del año 1934 hablando a sus alumnos de la cultura Griega. Les hacía notar su influencia en la cultura mexicana y la forma en que el periodo Renacentista tuvo que volver a los clásicos para romper con la escolástica. Causó una profunda huella en su alumno Pedro Ramírez Vázquez quien se mostró muy interesado en el tema. Este declaró en una entrevista:
"No hablaba de Grecia como una sucesión de fechas y héroes si no se refería a la vida cotidiana de las personas"
Pellicer llevaba a su alumnos a visitar inmuebles del centro de la ciudad, principalmente iglesias. Esta práctica le servía de base para contar anécdotas históricas alrededor de obras arquitectónicas. También organizaba excursiones a zonas arqueológicas. Visitaban Tenayuca, en Santa Cecilia Acatitlan, para observar los restos de una pirámide y el templo católico adyacente. En otras ocasiones iban a Teotihuacan y Acolman. Su sobrino Carlos Pellicer López evoca que en las visitas a Tezcutzingo, donde se encuentran los restos del jardín de Nezahulcoyotl, les pedía a su alumnos que hicieran dibujos.
Sus pláticas frecuentemente versaban sobre el vasconcelismo y la huella que había dejado en la cultura mexicana. Solía decir:
"Si los muralistas tenían una personalidad tan imponente, cómo sería Vasconcelos que había podido reunir a su alrededor intelectuales de primera línea."
La forma de impartir los conocimientos de manera integral hacía despertar las inquietudes de sus alumnos. Al joven Pedro Ramírez Vázquez lo condujo a la arquitectura, disciplina que no le atraía al ingresar a la secundaria. Pellicer continuó dando clases durante los siguientes años y algunos de sus alumnos alcanzaron lugares prominentes dentro de la sociedad.
Durante mucho tiempo, Pellicer utiliza su tiempo libre viajando por México y buscando en sus viajes arte prehispánico olvidado en mexico. Intentando recuperar lo que se perdió con la conquista recopila figuras e idolillos que inundan el desván y la recámara. De ahí le nace la afición museística.
Finalmente, Pellicer dejó el magisterio para organizar museos. Como museógrafo es según muchos una referencia innovadora. Fue pionero de esta disciplina y su más significativa enseñanza era que:
"Las cosas por sí mismas manejan su propia retórica y su elocuencia es su patrimonio intrínseco."
En 1953 pasa a formar parte de la Academia Mexicana de la Lengua. Pellicer opinaba de su actividad museográfica lo siguiente:
"...cuando hago un museo y los he hecho siempre solo; todos los errores son míos, y si hay aciertos también son míos. Estoy más cerca de la lógica y el orden a través del tacto moviendo o movilizando objetos, que manejando las palabras. Para mí hombre confundido con la tierra, las palabras son demasiado volátiles: se me escapan de las manos. En la organización de museos es donde me encuentro con menos obstáculos, con mayor posibilidad de ejercer, de establecer el orden".
Desvinculado de su actividad docente y huyendo de los recuerdos de la madre fallecida; inicia con pasión su obra museográfica. Para ello habla con el gobernador de Tabasco con el fin de organizar la reestructuración del Museo de Tabasco. Empieza a trabajar hasta el año siguiente. Trasformar el anticuado museo le lleva todo el año y el siguiente. En ese tiempo organiza doce salas de exhibición. La sala que alberga los códices mayas la dedica a Lord Kingborough, que muere en prisión y en la miseria, por los compromisos contraídos para publicar en Inglaterra códices indígenas mexicanos. Proyecta también un auditorio, una oficina, una biblioteca y una sala de exhibiciones temporales. Para poder realizar este proyecto tuvo que viajar constantemente a Villahermosa. Al no tener casa colocó en el vano de la escalera del propio museo una cama y una caja de madera que hacia las veces de guardarropa. El vano de la escalera era preservado de la mirada de los visitantes al museo por un biombo de madera. Su espíritu franciscano es parte de la respuesta a la actitud estoica que lo llevaba a aquel rincón. La otra es la estrechez económica que nunca lo abandono.

El 17 de septiembre de 1964 obtiene el Premio Nacional de Literatura. Ese mismo año, su antiguo discípulo, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez inauguraba el Museo Nacional de Antropología e Historia en Ciudad de México. Para su diseño se basó en las indicaciones de Pellicer. Pedro Ramírez Vázquez tuvo la oportunidad de colaborar con su maestro en etapas posteriores del museo regional de Tabasco a orillas del río Grijalva.
En la casa museo Carlos Pellicer hay una reproducción de esta escalera y en el ambiente flota uno de sus versos: "Esta barca sin remos es la mía". Ese mismo año el Dr. Manuel Fierro coordina el Congreso Mundial de Cardiología he invita a su antiguo profesor de historia a escribir unas líneas acerca del significado del corazón en la cosmovisión prehispánica. Su disertación aparece publicada en el diario del congreso y es profundamente pellicereana.
Siguió manteniendo amistad con sus ex-alumnos durante toda su vida. En 1972 viaja junto a su discípulo, médico de cabecera y amigo, el doctor Fierro, a la península de Baja California con un grupo de médicos destacados, entre ellos el alergólogo Mario Salazar Mallén e invitados especiales de otras disciplinas. Pellicer impartió conferencias de Historia de México en general y Miguel León Portilla de la historia de la Baja California. En ese viaje sufrieron una avería y quedaron frente al paisaje del desierto, cerca un bosque de cactáceas y piedras milenarias. Pellicer aprovechó para hacer los apuntes que luego se convertirían en su poema Dulce canto del desierto.
En 1976 fue elegido senador de la República por el PCM.
Carlos Pellicer Cámara falleció a la edad de 80 años en la ciudad de México y sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Durante el primer informe de gobierno del Presidente Fox, la senadora Beatriz Paredes citó al poeta durante su alocución.
Como poeta, perteneció a una generación de intelectuales mexicanos que adoptaron el nombre de Los contemporáneos. Corresponde a éstos haber aportado, desde Latinoamérica, un estilo literario de vanguardia. Este hecho adquiere mayor importancia si se tiene en cuenta que México ha adoptado con facilidad influencias extranjeras. En ese sentido, Pellicer no fue sólo un gran poeta, también fue un innovador.
La modernidad del Siglo XX, que en México fue especialmente notoria hacen que Pellicer busque esta modernidad en la poesía.
Carlos Pellicer es el primer poeta realmente moderno que se da en México. No se rebela contra el Modernismo: lo incorpora a la vanguardia, toma de ésta y otras corrientes aquello útil para decir lo que quiere decir. Cuando muchos de los Contemporáneos exploraban los desiertos de la conciencia, Pellicer redescubre la belleza del mundo. Sus palabras quieren reordenar la creación. Y en ese trópico entrañable los elementos se concilian: la tierra, el aire, el agua, el fuego le permiten mirar "en carne viva la belleza de Dios". Pellicer ve el mundo con otros ojos y al hacerlo modifica la poesía mexicana. Su obra, toda una poesía con su pluralidad de géneros, se resuelve en una luminosa metáfora, en una interminable alabanza del mundo: Pellicer es el mismo de principio a fin.

ESTUDIO

Apenas te conozco y ya me digo:
¿Nunca sabrá que su persona exalta
todo lo que hay en mí de sangre y fuego?

¡Como si fuese mucho
esperar unos días -¿muchos, pocos?-
porque toda esperanza
parece mar del Sur, profunda, larga!
Y porque siempre somos
frutos de la impaciencia bosque todos.
Apenas te conozco y ya arrasé
ciudades, nubes y paisajes viajes,
y atónito, descubro de repente
que dentro estoy de la piedra presente
y que en cielo aún no hay un celaje.

Cómo serán estas palabras, nuevas,
cuando ya junto a ti, salgan volando
y en el acento de tus manos vea
el límite inefable del espacio.



NOCTURNO "A"

Noche. Mar de silencio. Van las meditaciones
desenrollando lentas sus claras devociones.
El faro del espíritu clarea esas ondas suaves
que van ampliando el círculo de sus evoluciones
para regir el curso sereno de las naves.
La paz del alma que sabe cantar sus horas
vela esa vida íntima de tramas seductoras
en que el dolor se ama. ¿Por qué? ¿Resulta acaso
que ese dolor es sombra de un cariño? Las horas
te dirán en silencio: camina paso a paso. . .
Mienten las horas. Mienten. Mata la indiferencia
que no sabe del triunfo de una linda cadencia;
si paso a paso vas por la vida, jurando
que has vencido, te engañas: esa pobre creencia
guardamos los que siempre vivimos adorando. . .

Adora el desaliento de esa melancolía;
no huyas de la grata penumbra que concede.
El ave del crepúsculo canta la melodía
¡de lo que pudo el alma, de lo que el alma puede!

Alegría, una gota, que esa gota bendita
habrá caído al vaso que gozará la flor...
¡Bríndasela a tu alma para toda la vida
en el regio festín que presida el dolor!



NOCTURNO "B"

No tengo tiempo de mirar las cosas
como yo lo deseo.
Se me escurren sobre la mirada,
y todo lo que veo
son esquinas profundas rotuladas con radio,
donde leo la ciudad para no perder tiempo.
Esta obligada prisa que inexorablemente
quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.
Este mirar urgente y esta voz en sonrisa
para un joven que sabe morir por cada sueño.
No tengo tiempo de mirar las cosas,
casi las adivino.
Una sabiduría ingénita y celosa
me da miradas previas y repentinos trinos.
Vivo en doradas márgenes; ignoro el central gozo
de las cosas. Desdoblo siglos de oro en mi ser.
Y acelerando rachas -quilla o ala de oro-,
repongo el dulce tiempo que nunca he de tener.



SEGADOR

El segador, con pausas de música,
segaba la tarde.
Su hoz es tan fina,
que siega las dulces espigas y siega la tarde.

Segador que en dorados niveles camina
con su ruido afilado,
derrotando las finas alturas de oro
echa abajo también el ocaso.

Segaba las claras espigas.
Su pausa era música.
Su sombra alargaba la tarde.
En los ojos traía un lucero
que a veces brincaba por todo el paisaje.

La hoz afilada tan fino
segaba lo mismo
la espiga que el último sol de la tarde.



SEMBRADOR

El sembrador sembró la aurora;
su brazo abarcaba el mar.
En su mirada las montañas
podían entrar.

La tierra pautada de surcos
oía los granos caer.
De aquel ritmo sencillo y profundo
melódicamente los árboles pusieron su danza a mecer.

Sembrador silencioso:
el sol ha crecido por tus mágicas manos.
El campo ha escogido otro tono
y el cielo ha volado más alto.

Sembraba la tierra.
Su paso era bello: ni corto ni largo.
En sus ojos cabían los montes
y todo el paisaje en sus brazos.



RECINTO

I

Vida,
ten piedad de nuestra inmensa dicha.
De este amor cuya órbita concilia
la estatuaria fugaz de día y noche.
Este amor cuyos juegos son desnudo
espejo reflector de aguas intactas.

Oh, persona sedienta que del brote
de una mirada suspendiste
el aire del poema,
la música riachuelo que te ciñe
del fino torso a los serenos ojos
para robarse el fuego de tu cuerpo
y entibiar las rodillas del remanso.

Vida, ten piedad del amor en cuyo orden
somos los capiteles coronados.
Este amor que ascendimos y doblamos
para ocultar lo oculto que ocultamos.
Tenso viso de seda
del horizonte labio de la ausencia,
brilla.

Salgo a mirar el valle y en un monte
pongo los ojos donde tú a esas horas
pasas junto a recuerdos y rocío
entre el mudo clamor de egregias rosas
y los activos brazos del estío.

II

Ya nada tengo yo que sea mío:
mi voz y mi silencio son ya tuyos
y los dones sutiles y la gloria
de la resurrección de la ceniza
por las derrotas de otros días.

La nube que me das en el agua de tu mano
es la sed que he deseado en todo estío,
la abrasadora desnudez de junio,
el sueño que dejaba pensativas
mis manos en la frente
del horizonte . . .

Gracias por los cielos
de indiferencia y tierras de amargura
que tanto y mucho fueron. Gracias por
las desesperaciones, soledades.

Ahora me gobiernas por las manos
que saben oprimir las claras mías.
Por la voz que me nombra con el nombre
sin nombre . . . Por las ávidas miradas
que el inefable modo sólo tienen.

A1 fin tengo tu voz por el acento
de saber responder a quien me llama
y me dice tu nombre
mientras en los pinares se oye el viento
y el sol quiere ser negro entre las ramas.



EL VIAJE

Y moví mis enérgicas piernas de caminante
y al monte azul tendí.
Cargué la noche entera en mi dorso de Atlante.
Cantaron los luceros para mí.

Amaneció en el río y lo crucé desnudo
y chorreando la aurora en todo el monte hendí.
Y era el sabor sombrío que da el cacao crudo
cuando al mascar lo muelen los dientes del tapir.

Pidió la luz en hueco para saldar su cuenta
(yo llevaba un puñado de amanecer en mí).
Apretaron los cedros su distancia, y violenta
reunió la sombra el rayo de luz que yo partí.

Sobre las hojas muertas de cien siglos, acampo.
Vengo de la montaña y el azul retoñé.
Arqueo en claro círculo la horizontal del campo.
Sube, sobre mis piernas, todo el cuerpo que alcé.
Rodea el valle. Hablo,
y alrededor, la vida, sabe lo que yo sé.



HORAS DE JUNIO

I

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.

Por ti la misma sangre -tuya y mía-
corre al alma de nadie siempre abierta.
Por ti la angustia es sombra de la puerta
que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.

Claman el viento, el sol y el mar del viaje.
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.

II

¿Cuál de todas las sombras es la mía?
A todo cuerpo viene la belleza
y anticipa en los aires la proeza
de ser sin el poema poesía.
Junio dos nubes mágicas me fía
y ya soy cielo en que la duda empieza.
¿Apoyaré tan pronto la cabeza
en la mano profunda que aún no es mía?

En palabras de amor se va la hermosa
vida junto a la espina y a la rosa,
tan alta siempre que cuando la hallamos
antes sangran los dedos con la espina;
y la rosa en la altura de sus ramos
ya es otra rosa que se indetermina.

III

Junio me dio la voz, la silenciosa
música de callar un sentimiento.
Junio se lleva ahora como el viento
la esperanza más dulce y espaciosa.

Yo saqué de mi voz la limpia rosa,
única rosa eterna del momento.
No la tomó el amor, la llevó el viento
y el alma inútilmente fue gozosa.

A1 año de morir todos los días
los frutos de mi voz dijeron tanto
y tan calladamente, que unos días

vivieron a la sombra de aquel canto.
(Aquí la voz se quiebra y el espanto
de tanta soledad llena los días.)



SONETOS NOCTURNOS

I

Tiempo soy entre dos eternidades.
Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad. E1 fuego;
sombra sola entre inmensas claridades.

Fuego del tiempo, ruidos, tempestades;
sí con todas mis fuerzas me congrego,
siento enormes los ojos, miro ciego
y oigo caer manzanas soledades.

Dios habita mi muerte, Dios me vive.
Cristo, que fue en el tiempo Dios, derive
gajos perfectos de mi ceiba innata.

Tiempo soy, tiempo último y primero,
el tiempo que no muere y que no mata,
templado de cenit y de lucero.


II

Ninguna soledad como la mía.
Lo tuve todo y no me queda nada.
Virgen María, dame tu mirada
para que pueda enderezar mi guía.

Ya no tengo en los ojos sino un día
con la vegetación apuñalada.
Ya no me oigas llorar por la llorada
soledad en que estoy, Virgen María.

Dame a beber del agua sustanciosa
que en cada sorbo tiene de la rosa
y de la estrella aroma y alhajero.

Múdame las palabras, ven primero
que la noche se encienda y silenciosa
me pondrás en las manos un lucero.



SONETOS POSTREROS

I

Mi voluntad de ser no tiene cielo;
sólo mira hacia abajo y sin mirada.
¿Luz de la tarde o de la madrugada?
Mi voluntad de ser no tiene cielo.

Ni 1a penumbra de un hermoso duelo
ennoblece mi carne afortunada.
Vida de estatua, muerte inhabitada
sin la jardinería de un anhelo.

Un dormir sin soñar calla y sombrea
el prodigioso imperio de mis ojos
reducido a los grises de una aldea.

Sin la ausencia presente de un pañuelo
se van los días en pobres manojos.
Mi voluntad de ser no tiene cielo.


II

Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío.
Huérfano de mi amor, callas y esperas.
En cuántas y andrajosas primaveras
me viste arder buscando un atavío.

Vuelve donde a las rosas el rocío
conduce al festival de sus vidrieras.
Llaga que en tu costado reverberas,
no tiene en mí ni un leve calosfrío.

Del bosque entero harás carpintería
que yo estaré impasible a tus labores
encerrado en mi cruenta alfarería.

El grano busca en otro sembradío.
Yo no tengo qué darte, ni unas flores.
Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío.

III

Esta barca sin remos es la mía.
A1 viento, al viento, al viento solamente
le ha entregado su rumbo, su indolente
desolación de estéril lejanía.
Todo ha perdido ya su jerarquía.
Estoy lleno de nada y bajo el puente
tan sólo el lodazal, la malviviente
ruina del agua y de su platería.

Todos se van o vienen. Yo me quedo
a lo que dé el perder valor y miedo.
~A1 viento, al viento, a lo que el viento quiera!

Un mar sin honra y sin piratería,
excelsitudes de un azul cualquiera
y esta barca sin remos que es la mía.

IV

Nada hay aquí, la tumba está vacía.
La muerte vive. Es. Toma el espejo
y mírala en el fondo, en el reflejo
con que en tus ojos claramente espía.
Ella es misteriosa garantía
de todo lo que nace. Nada es viejo
ni joven para Ella. En su cortejo
pasa un aire frugal de simetría.

Cuéntale la ilusión de que tú ignoras
dónde está, y en los años que incorporas
junto a su paso escucharás el tuyo.

Alza los ojos a los cielos, siente
lo que hay de Dios en ti, cuál es lo suyo,
y empezarás a ser, eternamente.



DESEOS

Trópico, ¿para qué me diste
las manos llenas de color?
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.
Déjame un solo instante
cambiar el clima del corazón,
beber la penumbra de una casa desierta,
inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
abandonarme en el manto de pliegues finos,
dispersarme en la orilla de una suave devoción,
acariciar dulcemente las cabelleras lacias
y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
¡Oh, dejar de ser un solo instante
el Ayudante de Campo del sol!
¿Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color?

 

 

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