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Garcilaso de la Vega

Garcilazo de la Vega
Sevilla: Alonso de la Barrera, 1580 A falta de documento preciso que despeje las dudas sobre la fecha exacta de nacimiento, el año de 1501 es por el que ha optado la mayor parte de los investigadores sobre Garcilaso de la Vega. Deducida de la biografía que Fernando de Herrera incorporó a las Obras de Garci Lasso de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera (Sevilla: Alonso de la Barrera, 1580, pp. 13-18) ha pugnado con otras fechas: la de 1498, fundamentada en la declaración efectuada en Burgos el 11 de septiembre de 1523 por Pedro Abrera, donde afirma que Garcilaso tiene unos veinticinco años y defendida recientemente por José Luis Pérez López con nuevos argumentos.

Eustaquio Fernández de Navarrete defiende la de 1503, en su biografía del poeta (Vida del célebre poeta Garcilaso de la Vega, Madrid: 1850, Colección de documentos inéditos para la historia de España, n.º XVI). La primera de todas es la que ha tenido mayor fortuna, sugerida, además, por persona que conoció al yerno del poeta. De esta fecha, que ha quedado como la posible de nacimiento de Garcilaso de la Vega, «príncipe de los poetas españoles» (Fernando de Herrera), se conmemora en este año de 2001 el quinto centenario. He aquí la razón primera de esta exposición virtual que el Instituto Cervantes dedica al poeta en cuyas composiciones, ahora en palabras de Pedro Salinas, «nace el gran lenguaje de amor castellano». Esta circunstancia, que debía ser de celebración, se ha visto empañada por el fallecimiento en los primeros días del año de don Rafael Lapesa, catedrático, historiador de la lengua, académico y, en lo que se refiere a Garcilaso de la Vega, uno de sus mejores estudiosos: a él debemos en buena parte la comprensión moderna de la poesía de Garcilaso gracias a un libro ya clásico: La trayectoria poética de Garcilaso. Queden pues unidas a través de esta exposición virtual las figuras de creador e investigador, de Garcilaso de la Vega y Rafael Lapesa, a quien se la dedicamos como homenaje de recuerdo y admiración.

UNA FAMILIA ILUSTRE

Torre medieval del castillo de BatresGarcilaso de la Vega nace en el seno de una familia ilustre tanto en el aspecto político como en el literario. Por parte del padre, destacado miembro de la corte de los Reyes Católicos, la familia entroncaba con el Marqués de Santillana y, por parte de la madre, con Fernán Pérez de Guzmán, de donde procede el señorío de Batres, que heredará finalmente el sobrino homónimo de nuestro poeta. Garcilaso es el tercero de los hijos habidos del matrimonio entre Garcilaso de la Vega y doña Sancha de Guzmán: Leonor, que casará con el conde de Palma, don Luis de Puertocarrero; Pedro Laso de la Vega (mayorazgo), Garcilaso, Fernando (soldado que morirá víctima de la peste en 1528 durante el asedio francés a Nápoles, como nuestro poeta evoca en el soneto XVI); Francisco (canónigo en la catedral de Badajoz), Gonzalo (profesor en Salamanca) y Juana (que profesaría en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo). Su infancia discurrió en los lugares pertenecientes a la familia (Cuerva, Batres, Los Arcos), pero fundamentalmente en Toledo, donde recibiría la educación habitual para un segundón de familia ilustre: tendría un tutor (acaso Pedro Mártir de Anglería), estudiaría idiomas (latín, griego, acaso francés e italiano), música y todos aquellos elementos imprescindibles para la vida cortesana de la época.


EL PRIMER AMOR

«Carta de donación y mejoría que hizo y otorgó la muy magnífica señora doña Guiomar Carrillo al señor don Lorenzo Suárez de Figueroa, su hijo. Año de 1537», pág. 3El testamento de Garcilaso, otorgado en Barcelona en julio de 1529, incluye una referencia enigmática hasta hace muy poco tiempo: entre sus últimas voluntades Garcilaso dispone que «Don Lorenzo, mi hijo, sea sustentado en alguna buena universidad y aprenda ciencias de humanidad hasta que sepa bien en esta facultad, y después, si tuviere inclinación a ser clérigo, estudie cánones, y si no, dése a las leyes y siempre sea sustentado hasta que tenga alguna cosa de suyo». Se trata de un hijo de Garcilaso habido fuera de su matrimonio del que poco más se sabe. Un documento histórico, exhumado por María del Carmen Vaquero Serrano en 1998, procedente del archivo particular de D. José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala, conde de Cedillo, ha proporcionado nueva luz sobre ese hijo del poeta toledano. Se trata de la Carta de donación y mejoría que hizo y otorgó la muy magnífica señora doña Guiomar Carrillo al señor don Lorenzo Suárez de Figueroa, su hijo. Año de 1537. Allí se dice: «[…] Sepan cuantos esta carta de donación y mejora vieren cómo yo, doña Guiomar Carrillo, hija de los muy magníficos señores Hernando de Ribadeneira y doña Teresa, su mujer, difuntos, que sean en gloria, vecinos de la ciudad de Toledo, digo que por cuanto que yo, siendo como era mujer libre y no desposada ni casada ni monja, ni persona de orden ni religión, tuve amistad del muy magnífico caballero Garcilaso de la Vega, hijo de los muy magníficos señores don Garcilaso de la Vega, comendador mayor de León, y doña Sancha de Guzmán, ya difuntos, que hayan gloria, vecinos asimismo que fueron de esta ciudad. Entre mí y el dicho Garcilaso hubo amistad y cópula carnal mucho tiempo, de la cual cópula carnal yo me empreñé del dicho señor Garcilaso, y parí a don Lorenzo Suárez de Figueroa, hijo del dicho señor Garcilaso y mío; siendo asimismo el dicho señor Garcilaso hombre mancebo y suelto, sin ser desposado ni casado al dicho tiempo y sazón». El documento no puede ser más esclarecedor: se trata de una relación amorosa anterior al matrimonio de Garcilaso con doña Elena de Zúñiga (agosto de 1525), duró mucho tiempo y, al menos desde la perspectiva de doña Guiomar Carrillo, fue muy intensa: «[…] por el mucho amor que yo tuve al dicho Garcilaso». Las implicaciones de este hallazgo documental pueden ser importantes: muy probablemente algunos de los versos garcilasianos no tienen su origen en la figura de Isabel Freyre, sino en este primer amor, acaso reflejado confusamente, en opinión de Bienvenido Morros, en la Canción III.

Garcilaso de la Vega (Toledo, 1501 – Le Muy, Condado de Niza, Ducado de Saboya, 14 de octubre de 1536) fue un poeta y militar español del Siglo de Oro, considerado uno de los escritores en español más grandes de la historia.

Garcilaso de la Vega descendía, por parte de padre, de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Nació en Toledo en 1501 o 1503. Quedó huérfano de padre y se educó esmeradamente en la Corte, donde conoció en 1519 a su gran amigo, el caballero catalán Juan Boscán. Seguramente a este debió el toledano su gran aprecio por la lírica del valenciano Ausiàs March, que dejó alguna huella en su obra.

Garcilaso entró a servir en 1520 a Carlos I de España en calidad de miembro continuo de la guardia regia. Aprendió griego, latín, italiano, francés, música y esgrima. Tuvo unos amores con una dama comunera toledana, doña Guiomar Carrillo, de la cual tuvo un hijo que reconoció de forma póstuma, Lorenzo Suárez de Figueroa, nacido hacia 1521, según dice en su testamento: Don Lorenzo, mi hijo, sea sustentado en alguna buena universidad y aprenda ciencias de Humanidad hasta que sepa bien en esta facultad; y después, si tuviere inclinación a ser clérigo, estudie Cánones, a y si no, dése a las Leyes; y siempre sea sustentado hasta que tenga alguna cosa de suyo. En los años siguientes luchó en la guerra de las Comunidades y fue herido en la acción de Olías del Rey; también participó en el cerco a su ciudad natal (1522); a finales de ese mismo año se embarcó en compañía de Juan Boscán y Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga, futuro virrey de Nápoles, en una expedición de socorro que quiso (y no pudo) evitar la caída de Rodas en poder de los turcos; de nuevo resultó herido, esta vez de gravedad.

De vuelta a España fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y en 1524 se enfrentó a los franceses en el cerco de Fuenterrabía. A su retorno a Toledo, contrajo matrimonio en 1525 con Elena de Zúñiga, dama de doña Leonor, hermana de Carlos V; por ello Garcilaso entró a formar parte del séquito de ésta. Por entonces empezó a escribir sus primeros poemas según la estética de la lírica cancioneril, que pronto desechará; además ejerce un tiempo como regidor de su ciudad natal.

En 1527 acompaña a la Corte en un viaje por varias ciudades españolas y se enamora platónicamente de una dama portuguesa de la reina, Isabel Freyre, que canta bajo el anagrama de Elisa en sus versos, que a ella son debidos. Dicha dama es también destinataria de los versos de su amigo, el poeta y diplomático portugués Francisco Sa de Miranda bajo el nombre de Celia. En 1528 dicta su testamento en Barcelona, donde reconoce la paternidad de su hijo ilegítimo y asigna una pequeña suma de dinero para su educación; poco después da una colección de sus obras a Boscán para que la revise y acto seguido parte hacia Roma, en 1529. En Bolonia asiste a la investidura como emperador de Carlos I de España, 1530, batiéndose con valentía en la campaña y toma de Florencia contra los franceses (1530). Después se le encarga una breve embajada en Francia. Pero como hizo de testigo en la boda de un sobrino suyo (1531) que era hijo de su hermano el comunero Pedro Lasso, el emperador se disgustó por la participación de Garcilasso en la ceremonia y mandó detenerlo. Se le apresa en Tolosa y se acuerda confinarlo en una isla del Danubio cerca de Ratisbona, descrita por el poeta en su Canción III. La intervención de Pedro de Toledo, ya virrey de Nápoles, en favor de Garcilasso, resultó crucial: aprovechando que en ese año los turcos empezaban a amenazar Viena, hizo ver al Emperador que se necesitaba a Garcilasso, de forma que fue movilizado en ayuda del Duque de Alba. El poeta abandona pues en 1532 el Danubio, donde ya prácticamente era huésped del barón György Cseszneky, castellano de Győr, y se establece en Nápoles.

Se integró muy pronto en la vida intelectual de la ciudad, que entonces giraba en torno a la Academia Pontaniana, y trabó amistad con poetas como Bernardo Tasso o Luigi Tansillo, así como con teóricos de la literatura como Antonio Sebastiani Minturno y, en especial, Mario Galeota, poeta enamorado de una hostil napolitana, Violante Sanseverino, "la flor de Gnido", para quien escribe las liras de su quinta canción; también encuentra allí al escritor erasmista Juan de Valdés, quien parece aludir a él junto a otros caballeros en un pasaje de los últimos de su Diálogo de la lengua. En 1533 visita Barcelona y entrega a Juan Boscán una carta "A la muy manífica señora doña Gerónima Palova de Almogávar" que aparecerá, en 1534 y en calidad de prólogo, en su traducción española de El Cortesano de Baldassare Castiglione. Garcilasso de la Vega participó, en 1535, en la campaña africana de Carlos V y, singularmente, en Túnez, en el asedio de La Goleta; de nuevo cae gravemente herido. Estalla la tercera guerra de Francisco I contra Carlos V y la expedición contra Francia de 1536 a través de Provenza fue, al fin, la última experiencia militar de Garcilaso. El poeta fue nombrado maestre de campo de un tercio de infantería y, en efecto, falleció en octubre de 1536 tras el temerario asalto a una fortaleza en Le Muy, cerca de Fréjus, en la que fue el primer hombre en subir la escala. Trasladado herido a Niza, murió en esta ciudad a los pocos días (13 ó 14 de octubre), asistido por su amigo Francisco de Borja, Duque de Gandía y futuro San Francisco de Borja. Al enterarse, el emperador mandó pasar a cuchillo a los franceses que resistieron en esa fortaleza.

La poesía de Garcilaso está dividida por su estancia en Nápoles (primero en 1522-23 y luego en 1533). Antes de ir a Nápoles su poesía no está marcada por rasgos petrarquistas, es en Nápoles donde descubre a los autores italianos. Después de su estancia abundará en rasgos de la lírica italiana, influido tanto por autores anteriores como Francesco Petrarca, como por autores contemporáneos como Jacopo Sannazaro, autor en 1504 de La Arcadia . Garcilaso hará suyo el mundo de la Arcadia, en el que sonidos, colores... invitan a la reflexión acompañando a los sentimientos. También influye a Garcilaso Ludovico Ariosto, de quien toma el tema de la locura de amor.

Es en Italia donde Garcilaso fortalece su clasicismo, ya aprendido con los humanistas castellanos en la Corte, y redescubre a Virgilio y sus Bucólicas, a Ovidio y sus Metamorfosis y a Horacio y sus Odas, sin olvidar otros autores griegos que también estudia.

La obra poética de Garcilaso de la Vega, compuesta por treinta y ocho sonetos, cinco canciones, una oda en liras, dos elegías, una epístola, tres églogas, siete coplas castellanas y tres odas latinas, se publicó por vez primera en 1543, a modo de apéndice de las Obras de Juan Boscán. La producción lírica de Garcilaso de la Vega, máxima expresión del Renacimiento castellano, se convirtió, desde muy pronto, en una referencia inexcusable para los poetas españoles, que desde entonces no pudieron ignorar la revolución métrica y estética operada por él en la lírica española al introducir con Juan Boscán y don Diego Hurtado de Mendoza una serie de estrofas (terceto, soneto, lira, octava real, endecasílabos sueltos, canción en estancias), el verso endecasílabo y su ritmo tritónico, mucho más flexible que el rígido y monótono del dodecasílabo, y el repertorio de temas, estructuras y recursos estilísticos del Petrarquismo.

El lenguaje de Garcilaso es claro y nítido, conforme a los ideales de su amigo Juan de Valdés: selección, precisión y naturalidad y palabra oral más que «escrita»; prefiere las palabras usuales y castizas a los cultismos extraños a la lengua, buscar el equilibrio clásico, la estilización del nobilitare renacentista de una lengua vulgar y la precisión ante todo. Como afirma en su Égloga tercera,
Más a las veces son mejor oídos
el puro ingenio y lengua casi muda,
testigos limpios de ánimo inocente,
que la curiosidad del elocuente.

Esto es, es preferible evitar la retórica pomposa y la expresión forzada y culta para que la poesía pueda aparecer como sincera, genuina y espontánea; el objetivo de la poesía es ser oído, es la comunicación de los sentimientos, no el cortesano despertar de admiración. Garcilaso, pues, prefiere el tono íntimo, personal y confidencial en la poesía a la retórica y pompa de tonos más marciales o a la culta exhibición cortesana del ingenio, con lo que pone la primera piedra de una corriente lírica hispánica que todavía latirá en la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer.

El estilo de Garcilaso es muy característico: cuida especialmente la musicalidad del verso mediante el uso de la aliteración y un ritmo en torno a los tres ejes acentuales del endecasílabo. Utiliza asiduamente el epíteto con la intención de crear un mundo idealizado donde los objetos resultan arquetípicos y estilizados al modo del Platonismo. Por otra parte, es muy hábil en la descripción de lo fugitivo y huidizo; su poesía produce un vívida sensación de tiempo y se impregna de melancolía por el transcurso de la vida, lo que él llamó su «dolorido sentir»:

No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya primero
no me quitan el sentido.

El paisaje resulta arcádico, pero instalado rigurosamente en sus predios manchegos de Toledo, al margen del río Tajo. Aparecen los temas mitológicos como alternativa a los temas religiosos: Garcilaso no escribió ni un verso de tema religioso. La mitología suscitaba en él una gran emoción artística y se identificaba plenamente con algunos mitos como el de Apolo y Dafne. Como señala Margot Arce Blanco, una de sus principales estudiosas, sus temas preferidos son los sentimientos de ausencia, el conflicto entre razón y pasión, el paso del tiempo y el canto de una naturaleza idílica que sirve de contraste a los doloridos sentimientos del poeta. Cree en un trasmundo que no es el religioso cristiano, sino el pagano:

Contigo mano a mano
busquemos otros prados y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
donde descanse, y siempre pueda verte
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte.

La obra poética en latín de Garcilaso deriva de su pertenencia a la Academia Pontaniana; se ha perdido la mayoría, o permanece anónima sin atribuírsele con seguridad. Sólo podemos identificar como suyas tres odas: la Oda II, a través de copias que se remontan al propio destinatario, Juan Ginés de Sepúlveda, y la I y III, a través de manuscritos de recopilaciones napolitanas de poesía latina que derivan de copias del cardenal Seripando. En estas recopilaciones napolitanas las dos odas aparecen con frecuencia anónimas, como por ejemplo en la del manuscrito misceláneo Vat. Lat. 2836, entremezcladas con poetas conocidos como el napolitano Girolamo Carbone (c. 1470-1528), el romano M. Antonio Casanova (c. 1477-1528), o Gian Battista Filocalo, profesor de humanidades en la Universidad de Nápoles (de c. 1527-1535) que hace de copista de esta sección; incluyen también series anónimas de epigramas funerarios, como los dedicados a la muerte de Ludovico Ariosto (1533).

La primera oda está dedicada a Antonio Tilesio (1482-1534), autor de una pequeña colección de Poemata (1524) y una tragedia, Imber aureus. Al poco de llegar en 1532, Garcilaso agradece con este poema su amistad, hospitalidad y generosa acogida. Gracias a él halló consuelo a su situación personal mediante la poesía y las charlas en casa de Scipione Capece. Ha dejado a su familia en Castilla, y a ello alude desde el primer verso: «Vxore, natis... exsul relictis» ("exiliado lejos de mi esposa y mis hijos") para recalcar después enseguida su carácter de hombre culto, que es lo que le interesa que tenga presente Tilesio, de 'Musarum alumnus' que ha sufrido el exilio entre los bárbaros de la isla del Danubio y ahora vuelve a estar donde merece.

La oda segunda de Garcilaso al humanista e historiador Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), famoso por su estilo ciceroniano, «Arcum quando adeo religionis...» ("Puesto que aún más tensar el arco de la religión...’) es un breve poema dedicatorio o laudatorio, pensado quiá para los preliminares de la Historia de Carlos V que el famoso humanista preparaba en 1535. El poema recuerda primero la obra anterior de Sepúlveda (1535), su De convenientia militaris disciplina cum christiana religione dialogus qui inscribitur Democrates ("Sobre la unión de la disciplina militar con la religión cristiana, diálogo titulado Demócrates"); se centra después en la figura de Carlos V como guerrero sanguinario y sin piedad, a través de las imágenes y símbolos del fuego que arrasa las mieses o el león aterrorizando a sus presas. Escrita en asclepiadeos horacianos, posee reminiscencias de Virgilio (que Garcilaso conocía muy bien) y, curiosamente, también de Catulo, en vv. 34-35: «non ferat indidem / ingeneretque...», donde recuerda al veronés en LXI, 214-215 «sed indidem / semper ingenerari».

La tercera oda es una curiosa escena mitológica sobre el inmenso poder de Cupido. No sólo los mortales están sometidos a su poder, sino también los dioses: Júpiter, Diana (la luna) y su hermano Apolo, la madre Cibeles, enamorada de Attis y la propia Venus, pendiente de Marte (o quizá aludiendo a su amor enloquecido por el adolescente Adonis, aunque no se expresa). Es un poema muy erudito, y alude preferentemente al poema de Catulo sobre Attis (LXIII) y a las quejas del Horacio maduro ante las nuevas solicitudes de la diosa de Chipre; al final Venus pide humildemente a su tiránico hijo que no deje nunca de abrazarla; es el poema más elaborado de los tres.

 

En marzo de 1542, Boscán y su mujer firmaron un contrato para la publicación de un tomo titulado «Las obras de Boscán y algunas de Garcilasso de la Vega». Al año siguiente, bajo la dirección de la viuda, se terminó la impresión [Barcelona: Carles Amorós, 1543], y se publicó el libro. Dos reimpresiones furtivas aparecieron enseguida, una en Barcelona y la otra en Lisboa. En 1544 aparecieron dos reimpresiones autorizadas, una en Medina del Campo y la otra en Amberes; durante los trece años siguientes aparecía por lo menos una reimpresión cada año. Después de 1557 la edición conjunta ya no se agotaba tan rápidamente. No es sorprendente, pues, que en 1569 realizara un librero salmantino la feliz idea de publicar en tomo aparte solo la poesía de Garcilaso. Esta impresión es el punto de partida de la importante edición comentada del Brocense. Salió en 1574, con seis sonetos y cinco coplas inéditos, el tomito de las «Obras del excelente Garci Lasso de la Vega, con anotaciones y enmiendas del licenciado Francisco Sánchez, catedrático de retórica en Salamanca». Esta edición enmendada y comentada había de ser la mejor y la más divulgada y conocida de todas, reimprimiéndose en 1577 (revisada), 1581, 1589 (revisada), 1600, 1604 y 1612. Además de los textos añadidos (tres sonetos más en 1577) y las sucintas y eruditas anotaciones, la edición del Brocense tiene el gran valor de conservarnos las variantes más significativas de un buen manuscrito que posteriormente se ha perdido. En 1580 se publicó en Sevilla otra edición comentada, con las anotaciones mucho más amplias del erudito poeta Fernando de Herrera.

 

Obras:
CANCIÓN I

1.

     Si a la región desierta, inhabitable
por el hervor del sol demasïado
y sequedad d’aquella arena ardiente,
o a la que por el hielo congelado
y rigurosa nieve es intratable,
del todo inhabitada de la gente,
     por algún accidente
o caso de fortuna desastrada
     me fuésedes llevada,
y supiese que allá vuestra dureza
     estaba en su crüeza,
allá os iria a buscar como perdido,
hasta morir a vuestros pies tendido
                Canciones

 

2.

     Vuestra soberbia y condición esquiva
acabe ya, pues es tan acabada
la fuerza de en quien ha d’esecutarse;
mirá bien qu’el amor se desagrada
deso, pues quiere qu’el amante viva
y se convierta adó piense salvarse.
     El tiempo ha de pasarse,
y de mis males arrepentimiento,
     confusión y tormento
sé que os ha de quedar, y esto recelo,
     que aunque de mí me duelo,
como en mí vuestros males son d’otra arte,
duélenme en más sensible y tierna parte.

3.

     Assí paso la vida acrecentando
materia de dolor a mis sentidos,
como si la que tengo no bastase,
los cuales para todo están perdidos
sino para mostrarme a mí cuál ando.
Pluguiese a Dios que aquesto aprovechase
     para que yo pensase
un rato en mi remedio, pues os veo
     siempre con un deseo
de perseguir al triste y al caído:
     yo estoy aquí tendido,
mostrándoos de mi muerte las señales,
y vos viviendo sólo de mis males.

4.

     Si aquella amarillez y los sospiros
salidos sin licencia de su dueño,
si aquel hondo silencio no han podido
un sentimiento grande ni pequeño
mover en vos que baste a convertiros
a siquiera saber que soy nacido,
     baste ya haber sufrido
tanto tiempo, a pesar de lo que basto,
     que a mí mismo contrasto,
dándome a entender que mi flaqueza
     me tiene en la estrecheza
en que estoy puesto, y no lo que yo entiendo:
así que con flaqueza me defiendo.

5.

     Canción, no has de tener
comigo ya que ver en malo o en bueno;
     trátame como ajeno,
que no te faltará de quien lo aprendas.
     Si has miedo que m’ofendas,
no quieras hacer más por mi derecho
de lo que hice yo, qu’el mal me he hecho.

 
   CANCIÓN II

1.

     La soledad siguiendo,
     rendido a mi fortuna,
me voy por los caminos que se ofrecen,
     por ellos esparciendo
     mis quejas d’una en una
al viento, que las lleva do perecen.
     Pues todas no merecen
     ser de vos escuchadas,
     ni sola un hora oídas,
he lástima de que van perdidas
por donde suelen ir las remediadas;
     a mí se han de tornar,
adonde para siempre habrán d’estar.

2.

     Mas ¿qué haré, señora,
     en tanta desventura?
¿A dónde iré si a vos no voy con ella?
     ¿De quién podré yo ahora
     valerme en mi tristura
si en vos no halla abrigo mi querella?
     Vos sola sois aquélla
     con quien mi voluntad
     recibe tal engaño
que, viéndoos holgar siempre con mi daño,
me quejo a vos como si en la verdad
     vuestra condición fuerte
tuviese alguna cuenta con mi muerte.

3.

     Los árboles presento,
     entre las duras peñas,
por testigo de cuanto os he encubierto;
     de lo que entre ellas cuento
     podrán dar buenas señas,
si señas pueden dar del desconcierto.
     Mas ¿quién tendrá concierto
     en contar el dolor,
     qu’es de orden enemigo?
No me den pena por lo que ora digo,
que ya no me refrenará el temor:
     ¡quién pudiese hartarse
de no esperar remedio y de quejarse!

4.

     Mas esto me es vedado
     con unas obras tales
con que nunca fue a nadie defendido,
     que si otros han dejado
     de publicar sus males,
llorando el mal estado a que han venido,
     señora, no habrá sido
     sino con mejoría
     y alivio en su tormento;
mas ha venido en mí a ser lo que siento
de tal arte que ya en mi fantasía
     no cabe, y así quedo
sufriendo aquello que decir no puedo.

5.

     Si por ventura estiendo
     alguna vez mis ojos
por el proceso luengo de mis daños,
     con lo que me defiendo
     de tan grandes enojos
solamente es, allí, con mis engaños;
     mas vuestros desengaños
     vencen mi desvarío
     y apocan mis defensas,
sin yo poder dar otras recompensas
sino que, siendo vuestro más que mío,
     quise perderme así
por vengarme de vos, señora, en mi.

6.

Canción, yo he dicho más que me mandaron
     y menos que pensé;
no me pregunten más, que lo diré.

 
   CANCIÓN III

1.

     Con un manso rüido
     d’agua corriente y clara
cerca el Danubio una isla que pudiera
     ser lugar escogido
     para que descansara
quien, como estó yo agora, no estuviera:
     do siempre primavera
     parece en la verdura
     sembrada de las flores;
     hacen los ruiseñores
renovar el placer o la tristura
     con sus blandas querellas,
que nunca, dia ni noche, cesan dellas,

2.

     Aquí estuve yo puesto,
     o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
     bien pueden hacer esto
     en quien puede sufrillo
y en quien él a sí mismo se condena.
     Tengo sola una pena,
     si muero desterrado
     y en tanta desventura:
     que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
     y sé yo bien que muero
por solo aquello que morir espero.

3.

     El cuerpo está en poder
     y en mano de quien puede
hacer a su placer lo que quisiere,
     mas no podrá hacer
     que mal librado quede
mientras de mí otra prenda no tuviere;
     cuando ya el mal viniere
     y la postrera suerte,
     aquí me ha de hallar
     en el mismo lugar,
que otra cosa más dura que la muerte
     me halla y me ha hallado,
y esto sabe muy bien quien lo ha probado.

4.

     No es necesario agora
     hablar más sin provecho,
que es mi necesidad muy apretada,
     pues ha sido en una hora
     todo aquello deshecho
en que toda mi vida fue gastada.
     Y al fin de tal jornada
     ¿presumen d’espantarme?
     Sepan que ya no puedo
     morir sino sin miedo,
que aun nunca qué temer quiso dejarme
     la desventura mía,
qu’el bien y el miedo me quitó en un día.

5.

     Danubio, rio divino,
     que por fieras naciones
vas con tus claras ondas discurriendo,
     pues no hay otro camino
     por donde mis razones
vayan fuera d’aquí sino corriendo
     por tus aguas y siendo
     en ellas anegadas,
     si en tierra tan ajena,
     en la desierta arena,
d’alguno fueren a la fin halladas,
     entiérrelas siquiera
porque su error s’acabe en tu ribera.

6.

     Aunque en el agua mueras,
     canción, no has de quejarte,
que yo he mirado bien lo que te toca;
     menos vida tuvieras
     si hubiera de igualarte
con otras que se m’an muerto en la boca,
     Quién tiene culpa en esto,
allá lo entenderás de mí muy presto.

 
   CANCIÓN IV

1.

     El aspereza de mis males quiero
que se muestre también en mis razones,
como ya en los efetos s’ha mostrado;
lloraré de mi mal las ocasiones,
sabrá el mundo la causa porque muero,
y moriré a lo menos confesado,
pues soy por los cabellos arrastrado
de un tan desatinado pensamiento
que por agudas peñas peligrosas,
     por matas espinosas,
corre con ligereza más que el viento,
bañando de mi sangre la carrera.
Y para más despacio atormentarme,
llévame alguna vez por entre flores,
adó de mis tormentos y dolores
descanso y dellos vengo a no acordarme;
mas él a más descanso no me espera:
antes, como me ve desta manera,
con un nuevo furor y desatino
torna a seguir el áspero camino.

2.

     No vine por mis pies a tantos daños:
fuerzas de mi destino me trujeron
y a la que m’atormenta m’entregaron.
Mi razón y jüicio bien creyeron
guardarme como en los pasados años
d’otros graves peligros me guardaron,
mas cuando los pasados compararon
con los que venir vieron, no sabían
lo que hacer de sí ni dó meterse,
     que luego empezó a verse
la fuerza y el rigor con que venían.
Mas de pura vergüenza costreñida,
con tardo paso y corazón medroso
al fin ya mi razón salió al camino;
cuanto era el enemigo más vecino,
tanto más el recelo temeroso
le mostraba el peligro de su vida;
pensar en el dolor de ser vencida
la sangre alguna vez le callentaba,
mas el mismo temor se la enfrïaba.

3.

     Estaba yo a mirar, y peleando
en mi defensa, mi razón estaba
cansada y en mil partes ya herida,
y sin ver yo quien dentro me incitaba
ni saber cómo, estaba deseando
que allí quedase mi razón vencida;
nunca en todo el proceso de mi vida
cosa se me cumplió que desease
tan presto como aquésta, que a la hora
     se rindió la señora
y al siervo consintió que gobernase
y usase de la ley del vencimiento.
Entonces yo sentíme salteado
d’una vergüenza libre y generosa;
corríme gravemente que una cosa
tan sin razón hubiese así pasado;
luego siguió el dolor al corrimiento
de ver mi reino en mano de quien cuento,
que me da vida y muerte cada día,
y es la más moderada tiranía.

4.

     Los ojos, cuya lumbre bien pudiera
tornar clara la noche tenebrosa
y escurecer el sol a mediodía,
me convertieron luego en otra cosa,
en volviéndose a mí la vez primera
con la calor del rayo que salía
de su vista, qu’en mí se difundía;
y de mis ojos la abundante vena
de lágrimas, al sol que me inflamaba,
     no menos ayudaba
a hacer mi natura en todo ajena
de lo que era primero. Corromperse
sentí el sosiego y libertad pasada,
y el mal de que muriendo estó engendrarse,
y en tierra sus raíces ahondarse
tanto cuanto su cima levantada
sobre cualquier altura hace verse;
el fruto que d’aquí suele cogerse
mil es amargo, alguna vez sabroso,
mas mortífero siempre y ponzoñoso.

5.

     De mí agora huyendo, voy buscando
a quien huye de mí como enemiga,
que al un error añado el otro yerro,
y en medio del trabajo y la fatiga
estoy cantando yo, y está sonando
de mis atados pies el grave hierro.
Mas poco dura el canto si me encierro
acá dentro de mí, porque allí veo
un campo lleno de desconfianza:
     muéstrame l’esperanza
de lejos su vestido y su meneo,
mas ver su rostro nunca me consiente;
torno a llorar mis daños, porque entiendo
que es un crudo linaje de tormento
para matar aquel que está sediento
mostralle el agua por que está muriendo,
de la cual el cuitado juntamente
la claridad contempla, el ruido siente,
mas cuando llega ya para bebella,
gran espacio se halla lejos della.

6.

     De los cabellos de oro fue tejida
la red que fabricó mi sentimiento,
do mi razón, revuelta y enredada,
con gran vergüenza suya y corrimiento,
sujeta al apetito y sometida,
en público adulterio fue tomada,
del cielo y de la tierra contemplada.
Mas ya no es tiempo de mirar yo en esto,
pues no tengo con qué considerallo,
     y en tal punto me hallo
que estoy sin armas en el campo puesto,
y el paso ya cerrado y la hüida.
¿Quién no se espantará de lo que digo?,
qu’es cierto que he venido a tal estremo
que del grave dolor que huyo y temo
me hallo algunas veces tan amigo
que en medio d’él, si vuelvo a ver la vida
de libertad, la juzgo por perdida,
y maldigo las horas y momentos
gastadas mal en libres pensamientos.

7.

     No reina siempre aquesta fantasía,
que en imaginación tan varïable
no se reposa un hora el pensamiento:
viene con un rigor tan intratable
a tiempos el dolor que al alma mía
desampara, huyendo, el sufrimiento.
Lo que dura la furia del tormento,
no hay parte en mí que no se me trastorne
y que en torno de mí no esté llorando,
     de nuevo protestando
que de la via espantosa atrás me torne.
Esto ya por razón no va fundado,
ni le dan parte dello a mi jüicio,
que este discurso todo es ya perdido,
mas es en tanto daño del sentido
este dolor, y en tanto perjüicio,
que todo lo sensible atormentado,
del bien, si alguno tuvo, ya olvidado
está de todo punto, y sólo siente
la furia y el rigor del mal presente.

8.

     En medio de la fuerza del tormento
una sombra de bien se me presenta,
do el fiero ardor un poco se mitiga:
figúraseme cierto a mí que sienta
alguna parte de lo que yo siento
aquella tan amada mi enemiga
(es tan incomportable la fatiga
que si con algo yo no me engañase
para poder llevalla, moriría
     y así me acabaría
sin que de mí en el mundo se hablase),
así que del estado más perdido
saco algún bien. Mas luego en mí la suerte
trueca y revuelve el orden: que algún hora
si el mal acaso un poco en mí mejora,
aquel descanso luego se convierte
en un temor que m’ha puesto en olvido
aquélla por quien sola me he perdido,
y así del bien que un rato satisface
nace el dolor que el alma me deshace.

9.

     Canción, si quien te viere se espantare
de la instabilidad y ligereza
y revuelta del vago pensamiento,
estable, grave y firme es el tormento,
le di, qu’es causa cuya fortaleza
es tal que cualquier parte en que tocare
la hará revolver hasta que pare
en aquel fin de lo terrible y fuerte
que todo el mundo afirma que es la muerte.

 
   CANCIÓN V

ODE AD FLOREM GNIDI

1.

     Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
     aplacase la ira
     del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento,

2.

     y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
     las fieras alimañas,
     los árboles moviese
y al son confusamente los trujiese:

3.

     no pienses que cantado
seria de mí, hermosa flor de Gnido,
     el fiero Marte airado,
     a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido,

4.

     ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
     por quien los alemanes
     el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;

5.

     mas solamente aquella
fuerza de tu beldad seria cantada,
     y alguna vez con ella
     también seria notada
el aspereza de que estás armada,

6.

     y cómo por ti sola
y por tu gran valor y hermosura,
     convertido en vïola,
     llora su desventura
el miserable amante en tu figura.

7.

     Hablo d’aquel cativo
de quien tener se debe más cuidado,
     que ’stá muriendo vivo,
     al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.

8.

     Por ti, como solía,
del áspero caballo no corrige
     la furia y gallardía,
     ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya l’aflige;

9.

     por ti con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
     y en el dudoso llano
     huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa;

10.

     por ti su blanda musa,
en lugar de la cítera sonante,
     tristes querellas usa
     que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante;

11.

     por ti el mayor amigo
l’es importuno, grave y enojoso:
     yo puedo ser testigo,
     que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo,

12.

     y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida
     que ponzoñosa fiera
     nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.

13.

     No fuiste tú engendrada
ni producida de la dura tierra;
     no debe ser notada
     que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.

14.

     Hágate temerosa
el caso de Anajárete, y cobarde,
     que de ser desdeñosa
     se arrepentió muy tarde,
y así su alma con su mármol arde.

15.

     Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido
     cuando, abajo mirando,
     el cuerpo muerto vido
del miserable amante allí tendido,

16.

     y al cuello el lazo atado
con que desenlazó de la cadena
     el corazón cuitado,
     y con su breve pena
compró la eterna punición ajena.

17.

     Sentió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
     ¡Oh tarde arrepentirse!
     ¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?

18.

     Los ojos s’enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron;
     los huesos se tornaron
     más duros y crecieron
y en sí toda la carne convertieron;

19.

     las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura;
     por las venas cuitadas
     la sangre su figura
iba desconociendo y su natura,

20.

     hasta que finalmente,
en duro mármol vuelta y transformada,
     hizo de sí la gente
     no tan maravillada
cuanto de aquella ingratitud vengada.

21.

     No quieras tú, señora,
de Némesis airada las saetas
     probar, por Dios, agora;
     baste que tus perfetas
obras y hermosura a los poetas

22.

     den inmortal materia,
sin que también en verso lamentable
     celebren la miseria
     d’algún caso notable
que por ti pase, triste, miserable.

 

 

 COPLA I

VILLANCICO DEL MISMO [BOSCÁN] Y DE GARCILASO DE LA VEGA
A DON LUIS DE LA CUEVA PORQUE BAILÓ EN PALACIO
CON UNA DAMA QUE LLAMABAN LA PÁJARA

Coplas
                               

 

     ¿Qué testimonios son éstos
que le queréis levantar?
Que no fue sino bailar.
.................................................

Garcilaso

¿Ésta tienen por gran culpa?
No lo fue, a mi parecer,
porque tiene por desculpa
que lo hizo la mujer.
Ésta le hizo caer
mucho más que no el saltar
que hizo con el bailar.
.................................................

 
   COPLA II

CANCIÓN, HABIÉNDOSE CASADO SU DAMA

 

     Culpa debe ser quereros,
según lo que en mí hacéis,
mas allá lo pagaréis
do no sabrán conoceros,
por mal que me conocéis.

     Por quereros, ser perdido
pensaba, que no culpado;
mas que todo lo haya sido,
así me lo habéis mostrado
que lo tengo bien sabido.
¡Quién pudiese no quereros
tanto como vos sabéis,
por holgarme que paguéis
lo que no han de conoceros
con lo que no conocéis!

 

   COPLA III

OTRA

     Yo dejaré desde aquí
de ofenderos más hablando,
porque mi morir callando
os ha de hablar por mí.

     Gran ofensa os tengo hecha
hasta aquí en haber hablado,
pues en cosa os he enojado
que tan poco me aprovecha.
Derramaré desde aquí
mis lágrimas no hablando,
porque quien muere callando
tiene quien hable por sí.

 

   COPLA IV

A UNA PARTIDA

     Acaso supo, a mi ver,
y por acierto quereros
quien tal yerro fue a hacer
como partirse de veros
donde os dejase de ver,

     Imposible es que este tal
pensando que os conocía,
supiese lo que hacía
cuando su bien y su mal
junto os entregó en un día.
Acertó acaso a hacer
lo que si por conoceros
hiciera, no podía ser:
partirse y, con solo veros,
dejaros siempre de ver.

 
   COPLA V

TRADUCIENDO CUATRO VERSOS DE OVIDIO

 

     Pues este nombre perdí,
"Dido, mujer de Siqueo",
en mi muerte esto deseo
que se escriba sobre mí:

     "El peor de los troyanos
dio la causa y el espada;
Dido, a tal punto llegada,
no puso más de las manos."

 
   COPLA VI

A UNA SEÑORA QUE, ANDANDO ÉL Y OTRO
PASEANDO, LES ECHÓ UNA RED EMPEZADA
Y UN HUSO COMENZADO A HILAR EN ÉL,
Y DIJO QUE AQUELLO HABÍA TRABAJADO TODO EL DÍA

 

     De la red y del hilado
hemos de tomar, señora,
que echáis de vos en un hora
todo el trabajo pasado;

     y si el vuestro se ha de dar
a los que se pasearen,
lo que por vos trabajaren
¿dónde lo pensáis echar?

 
   COPLA VII

DEL MISMO GARCILASO A BOSCÁN, PORQUE
ESTANDO EN ALEMAÑA DANZÓ EN UNAS BODAS

 

     La gente s’espanta toda,
que hablar a todos distes,
que un milagro que hecistes
hubo de ser en la boda;

     pienso que habéis de venir,
si vais por ese camino,
a tornar el agua en vino,
como el danzar en reír.

 
   COPLA VIII

VILLANCICO DE GARCILASO

 

     Nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.

     Porque la gloria de veros
en ese punto se quita
que se piensa mereceros,
así que sin conoceros,
nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.

 

AL VIRREY DE NÁPOLES

Personas: SALICIO, NEMOROSO

1.

     El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he de cantar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,
de pacer olvidadas, escuchando.
     Tú, que ganaste obrando
     un nombre en todo el mundo
     y un grado sin segundo,
agora estés atento sólo y dado
al ínclito gobierno del estado
albano, agora vuelto a la otra parte,
     resplandeciente, armado,
representando en tierra el fiero Marte;
                Égloga I

 

2.

     agora, de cuidados enojosos
y de negocios libre, por ventura
andes a caza, el monte fatigando
en ardiente ginete que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van dilatando:
     espera, que en tornando
     a ser restitüido
     al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita, innumerable suma
de tus virtudes y famosas obras,
     antes que me consuma,
faltando a ti, que a todo el mundo sobras.

3.

     En tanto que este tiempo que adevino
viene a sacarme de la deuda un día
que se debe a tu fama y a tu gloria
(qu’es deuda general, no sólo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo digno de memoria),
     el árbol de victoria
     que ciñe estrechamente
     tu gloriosa frente
dé lugar a la hiedra que se planta
debajo de tu sombra y se levanta
poco a poco, arrimada a tus loores;
     y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.

4.

     Saliendo de las ondas encendido,
rayaba de los montes el altura
el sol, cuando Salicio, recostado
al pie d’una alta haya, en la verdura
por donde una agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado,
     él, con canto acordado
     al rumor que sonaba
     del agua que pasaba,
se quejaba tan dulce y blandamente
como si no estuviera de allí ausente
la que de su dolor culpa tenía,
     y así como presente,
razonando con ella, le decía:

5.

SALICIO

     ¡Oh más dura que mármol a mis quejas
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea!
Estoy muriendo, y aun la vida temo;
témola con razón, pues tú me dejas,
que no hay sin ti el vivir para qué sea.
     Vergüenza he que me vea
     ninguno en tal estado,
     de ti desamparado,
y de mí mismo yo me corro agora.
¿D’un alma te desdeñas ser señora
donde siempre moraste, no pudiendo
     della salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

6.

     El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
     cuál con el sol presente
     va de nuevo al oficio
     y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina,
cuando la sombra el mundo va cubriendo,
     o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

7.

     Y tú, desta mi vida ya olvidada,
sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar, desconocida, al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente solo a mi debiera.
     ¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
     pues ves desde tu altura
     esta falsa perjura
causar la muerte d’un estrecho amigo,
no recibe del cielo algún castigo?
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
     ¿qué hará el enemigo?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

8.

     Por ti el silencio de la selva umbrosa,
por ti la esquividad y apartamiento
del solitario monte m’agradaba;
por ti la verde hierba, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseaba.
     ¡Ay, cuánto m’engañaba!
     ¡Ay, cuán diferente era
     y cuán d´otra manera
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja, repitiendo
     la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

9.

     Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
reputándolo yo por desvarío,
vi mi mal entre sueños, desdichado!
Soñaba que en el tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la siesta,
a abrevar en el Tajo mi ganado;
     y después de llegado,
     sin saber de cuál arte,
     por desusada parte
y por nuevo camino el agua s’iba;
ardiendo yo con la calor estiva,
el curso enajenado iba siguiendo
     del agua fugitiva.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

l0.

     Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
¿Cuál es el cuello que como en cadena
de tus hermosos brazos añudaste?
     No hay corazón que baste,
     aunque fuese de piedra,
     viendo mi amada hiedra
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no s’esté con llanto deshaciendo
     hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

11.

     ¿Qué no s’esperará d’aquí adelante,
por difícil que sea y por incierto,
o qué discordia no será juntada?
Y juntamente ¿qué terná por cierto,
o qué de hoy más no temerá el amante,
siendo a todo materia por ti dada?
     Cuando tú enajenada
     de mi cuidado fuiste,
     notable causa diste,
y ejemplo a todos cuantos cubre’l cielo,
que’l más seguro tema con recelo
perder lo que estuviere poseyendo.
     Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

12.

     Materia diste al mundo d’espcranza
d’alcanzar lo imposible y no pensado
y de hacer juntar lo diferente,
dando a quien diste el corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza
que siempre sonará de gente en gente.
     La cordera paciente
     con el lobo hambriento
     hará su ajuntamiento,
y con las simples aves sin rüido
harán las bravas sierpes ya su nido,
que mayor diferencia comprehendo
     de ti al que has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

13.

     Siempre dc nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada
la manteca y el queso está sobrado.
De mi cantar, pues, yo te via agradada
tanto que no pudiera el mantüano
Títero ser de ti más alabado.
     No soy, pues, bien mirado,
     tan disforme ni feo,
     que aun agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,
y cierto no trocara mi figura
con ese que de mi s’está reyendo;
     ¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

14.

     ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio
y no viera este triste apartamiento.
     ¿No sabes que sin cuento
     buscan en el estío
     mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
     m’estoy en llanto eterno!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

15.

     Con mi llorar las piedras enternecen
su natural dureza y la quebrantan;
los árboles parece que s’inclinan;
las aves que m’escuchan, cuando cantan,
con diferente voz se condolecen
y mi morir cantando m’adevinan;
     las fieras que reclinan
     su cuerpo fatigado
     dejan el sosegado
sueño por escuchar mi llanto triste:
tú sola contra mí t’endureciste,
los ojos aun siquiera no volviendo
     a los que tú hiciste
salir, sin duelo, lágrimas corriendo.

16.

     Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura.
Yo dejaré el lugar do me dejaste;
ven si por solo aquesto te detienes.
Ves aquí un prado lleno de verdura,
     ves aquí un’ espesura,
     ves aquí un agua clara,
     en otro tiempo cara,
a quien de ti con lágrimas me quejo;
quizá aquí hallarás, pues yo m’alejo,
al que todo mi bien quitar me puede,
     que pues el bien le dejo,
no es mucho que’l lugar también le quede.

17.

     Aquí dio fin a su cantar Salicio,
y sospirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena;
queriendo el monte al grave sentimiento
d’aquel dolor en algo ser propicio,
con la pesada voz retumba y suena;
     la blanda Filomena,
     casi como dolida
     y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso,
decildo vos, Pïérides, que tanto
     no puedo yo ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.

18.

NEMOROSO

     Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
     yo me vi tan ajeno
     del grave mal que siento
     que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
     por donde no hallaba
sino memorias llenas d’alegría;

19.

     y en este mismo valle, donde agora
me entristezco y me canso en el reposo,
estuve ya contento y descansado.
¡ Oh bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome, durmiendo aquí algún hora,
que, despertando, a Elisa vi a mi lado.
     ¡Oh miserable hado!
     ¡Oh tela delicada,
     antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
Más convenible fuera aquesta suerte
a los cansados años de mi vida,
     que’s más que’l hierro fuerte,
pues no la ha quebrantado tu partida.

20.

     ¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi alma, doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,
llena de vencimientos y despojos
que de mí mis sentidos l’ofrecían?
     Los cabellos que vían
     con gran desprecio al oro
     como a menor tesoro
¿adónde están, adónde el blanco pecho?
¿Dó la columna que’l dorado techo
con proporción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya s’encierra,
     por desventura mía,
en la escura, desierta y dura tierra.

21.

     ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que habia de ver, con largo apartamiento,
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
     El cielo en mis dolores
     cargó la mano tanto
     que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
     solo, desamparado,
ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa.

22.

     Después que nos dejaste, nunca pace
en hartura el ganado ya, ni acude
el campo al labrador con mano llena;
no hay bien que’n mal no se convierta y mude.
La mala hierba al trigo ahoga, y nace
en lugar suyo la infelice avena;
     la tierra, que de buena
     gana nos producía
     flores con que solía
quitar en solo vellas mil enojos,
produce agora en cambio estos abrojos,
ya de rigor d’espinas intratable.
     Yo hago con mis ojos
crecer, lloviendo, el fruto miserable.

23.

     Como al partir del sol la sombra crece,
y en cayendo su rayo, se levanta
la negra escuridad que’l mundo cubre,
de do viene el temor que nos espanta
y la medrosa forma en que s’ofrece
aquella que la noche nos encubre
     hasta que’l sol descubre
     su luz pura y hermosa:
     tal es la tenebrosa
noche de tu partir en que he quedado
de sombra y de temor atormentado,
hasta que muerte el tiempo determine
     que a ver el deseado
sol de tu clara vista m’encamine.

24.

     Cual suele el ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas escondido,
del duro labrador que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos entretanto
que del amado ramo estaba ausente,
     y aquel dolor que siente,
     con diferencia tanta
     por la dulce garganta
despide que a su canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable oficio y sus querellas,
     trayendo de su pena
el cielo por testigo y las estrellas:

25.

     desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor y ansí me quejo en vano
de la dureza de la muerte airada;
ella en mi corazón metió la mano
y d’allí me llevó mi dulce prenda,
que aquél era su nido y su morada.
     ¡Ay, muerte arrebatada,
     por ti m’estoy quejando
     al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo!
El desigual dolor no sufre modo;
no me podrán quitar el dolorido
     sentir si ya del todo
primero no me quitan el sentido.

26.

     Tengo una parte aquí de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno se m’apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño
enternecer me siento que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se hartan.
     Sin que d’allí se partan,
     con sospiros callientes,
     más que la llama ardientes,
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
     Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.

27.

     Mas luego a la memoria se m’ofrece
aquella noche tenebrosa, escura,
que siempre aflige esta anima mezquina
con la memoria de mi desventura:
verte presente agora me parece
en aquel duro trance de Lucina;
     y aquella voz divina,
     con cuyo son y acentos
     a los airados vientos
pudieran amansar, que agora es muda,
me parece que oigo, que a la cruda,
inexorable diosa demandabas
     en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

28.

     ¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
¿Íbate tanto en un pastor dormido?
¿Cosa pudo bastar a tal crüeza
que, comovida a compasión, oído
a los votos y lágrimas no dieras,
por no ver hecha tierra tal belleza,
     o no ver la tristeza
     en que tu Nemoroso
     queda, que su reposo
era seguir tu oficio, persiguiendo
las fieras por los montes y ofreciendo
a tus sagradas aras los despojos?
     ¡Y tú, ingrata, riendo
dejas morir mi bien ante mis ojos!

29.

     Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y mides,
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo y yerme libre pueda,
     y en la tercera rueda,
     contigo mano a mano,
     busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos
donde descanse y siempre pueda verte
     ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?

30.

     Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran acabadas
las canciones que solo el monte oía,
si mirando las nubes coloradas,
al tramontar del sol bordadas d’oro,
no vieran que era ya pasado el día;
     la sombra se veía
     venir corriendo apriesa
     ya por la falda espesa
del altísimo monte, y recordando
ambos como de sueño, y acabando
el fugitivo sol, de luz escaso,
     su ganado llevando,
se fueron recogiendo paso a paso.

 

SONETO I

     Cuando me paro a contemplar mi’stado
y a ver los pasos por dó me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

     mas cuando del camino’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.

     Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quisiere, y aún sabrá querello;

     que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?
                Sonetos

 
   SONETO II

     En fin a vuestras manos he venido,
do sé que he de morir tan apretado
que aun aliviar con quejas mi cuidado
como remedio m’es ya defendido;

     mi vida no sé en qué s’ha sostenido
si no es en haber sido yo guardado
para que sólo en mí fuese probado
cuánto corta una ’spada en un rendido.

     Mis lágrimas han sido derramadas
donde la sequedad y el aspereza
dieron mal fruto dellas, y mi suerte:

     ¡basten las que por vos tengo lloradas;
no os venguéis más de mí con mi flaqueza;
allá os vengad, señora, con mi muerte!

 
   SONETO III

     La mar en medio y tierras he dejado
de cuanto bien, cuitado, yo tenía;
y yéndome alejando cada día,
gentes, costumbres, lenguas he pasado.

     Ya de volver estoy desconfiado;
pienso remedios en mi fantasía,
y el que más cierto espero es aquel día
que acabará la vida y el cuidado.

     De cualquier mal pudiera socorrerme
con veros yo, señora, o esperallo,
si esperallo pudiera sin perdello;

     mas de no veros ya para valerme,
si no es morir, ningún remedio hallo,
y si éste lo es, tampoco podré habello.

 
   SONETO IV

     Un rato se levanta mi esperanza,
mas cansada d’haberse levantado,
torna a caer, que deja, a mal mi grado,
libre el lugar a la desconfianza.

     ¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? Oh corazón cansado,
esfuerza en la miseria de tu estado,
que tras fortuna suele haber bonanza!

     Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte que otro no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso;

     muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros como quiera,
desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

 
   SONETO V

    Escrito’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.

     En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

     Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;

     cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

 
   SONETO VI

    Por ásperos caminos he llegado
a parte que de miedo no me muevo,
y si a mudarme a dar un paso pruebo,
allí por los cabellos soy tornado;

     mas tal estoy que con la muerte al lado
busco de mi vivir consejo nuevo,
y conozco el mejor y el peor apruebo,
o por costumbre mala o por mi hado.

     Por otra parte, el breve tiempo mío
y el errado proceso de mis años,
en su primer principio y en su medio,

     mi inclinación, con quien ya no porfío,
la cierta muerte, fin de tantos daños,
me hacen descuidar de mi remedio.

 
   SONETO VII

     No pierda más quien ha tanto perdido;
bástate, amor, lo que ha por mí pasado;
válgame ora jamás haber probado
a defenderme de lo que has querido.

     Tu templo y sus paredes he vestido
de mis mojadas ropas y adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que se vido.

     Yo habia jurado nunca más meterme,
a poder mio y a mi consentimiento,
en otro tal peligro como vano;

     mas del que viene no podré valerme,
y en esto no voy contra el juramento,
que ni es como los otros ni en mi mano.

 
   SONETO VIII

     De aquella vista pura y excelente
salen espirtus vivos y encendidos,
y siendo por mis ojos recebidos,
me pasan hasta donde el mal se siente;

     éntranse en el camino fácilmente
por do los mios, de tal calor movidos,
salen fuera de mí como perdidos,
llamados d’aquel bien que ’stá presente.

     Ausente, en la memoria la imagino;
mis espirtus, pensando que la vían,
se mueven y se encienden sin medida;

     mas no hallando fácil el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay salida.

 
   SONETO IX

     Señora mia, si yo de vos ausente
en esta vida turo y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero
y al bien de que gozaba en ser presente;

     tras éste luego siento otro acidente,
qu’es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien de vos espero,
y ansí ando en lo que siento diferente.

     En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia, y en porfía;
no sé ya qué hacerme en mal tamaño;

     nunca entre sí los veo sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día
que sólo se conciertan en mi daño.

 
   SONETO X

     ¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!

     ¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

     Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;

     si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.

 
   SONETO XI

     Hermosas ninfas, que en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas,

     agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

     dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

     que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

 
   SONETO XII

     Si para refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo,

     no me aprovecha verme cual me veo,
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta confusión que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo,

     ¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
d’aquel que con las alas derretidas,
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

     y la del que su fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas,
apenas en el agua resfrïado?

 
   SONETO XIII

     A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

     de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!

 
   SONETO XIV

     Como la tierna madre –qu’el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa de la cual comiendo
sabe que ha de doblarse el mal que siente,

     y aquel piadoso amor no le consiente
que considere el daño que, haciendo
lo que le piden, hace– va corriendo
y aplaca el llanto y dobla el accidente:

     así a mi enfermo y loco pensamiento,
que en su daño os me pide, yo querría
quitalle este mortal mantenimiento;

     mas pídemele y llora cada día
tanto que cuanto quiere le consiento,
olvidando su muerte y aun la mía.

 
   SONETO XV

     Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrenaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

     si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto:

     ¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón comigo endurecido?

     Con más piedad debria ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa.

 
   SONETO XVI

PARA LA SEPULTURA DE
DON HERNANDO DE GUZMÁN

     No las francesas armas odïosas,
en contra puestas del airado pecho,
ni en los guardados muros con pertrecho
los tiros y saetas ponzoñosas;

     no las escaramuzas peligrosas,
ni aquel fiero rüido contrahecho
d’aquel que para Júpiter fue hecho
por manos de Vulcano artificiosas,

     pudieron, aunque más yo me ofrecía
a los peligros de la dura guerra,
quitar una hora sola de mi hado;

     mas infición de aire en solo un día
me quitó al mundo y m’ha en ti sepultado,
Parténope, tan lejos de mi tierra.

 
   SONETO XVII

     Pensando qu’el camino iba derecho,
vine a parar en tanta desventura
que imaginar no puedo, aun con locura,
algo de que ’sté un rato satisfecho:

     el ancho campo me parece estrecho,
la noche clara para mí es escura,
la dulce compañía amarga y dura,
y duro campo de batalla el lecho.

     Del sueño, si hay alguno, aquella parte
sola qu’es ser imagen de la muerte
se aviene con el alma fatigada.

     En fin que, como quiera, ’stoy de arte
que juzgo ya por hora menos fuerte,
aunque en ella me vi, la que es pasada.

 
   SONETO XVIII

     Si a vuestra voluntad yo soy de cera
y por sol tengo solo vuestra vista,
la cual a quien no inflama o no conquista
con su mirar es de sentido fuera,

     ¿de dó viene una cosa que, si fuera
menos veces de mí probada y vista,
según parece que a razón resista,
a mi sentido mismo no creyera?

     Y es que yo soy de lejos inflamado
de vuestra ardiente vista y encendido
tanto que en vida me sostengo apenas;

     mas si de cerca soy acometido
de vuestros ojos, luego siento helado
cuajárseme la sangre por las venas.

 
   SONETO XIX

     Julio, después que me partí llorando
de quien jamás mi pensamiento parte
y dejé de mi alma aquella parte
que al cuerpo vida y fuerza ’staba dando,

     de mi bien a mí mismo voy tomando
estrecha cuenta, y siento de tal arte
faltarme todo’l bien que temo en parte
que ha de faltarme el aire sospirando.

     Y con este temor mi lengua prueba
a razonar con vos, oh dulce amigo,
del amarga memoria d’aquel día

     en que yo comencé como testigo
a poder dar, del alma vuestra, nueva
y a sabella de vos del alma mía.

 
   SONETO XX

     Con tal fuerza y vigor son concertados
para mi perdición los duros vientos
que cortaron mis tiernos pensamientos
luego que sobre mí fueron mostrados.

     El mal es que me quedan los cuidados
en salvo destos acontecimientos,
que son duros y tienen fundamientos
en todos mis sentidos bien echados.

     Aunque por otra parte no me duelo,
ya qu’el bien me dejó con su partida,
del grave mal que en mí está de contino;

     antes con él me abrazo y me consuelo,
porque en proceso de tan dura vida
ataje la largueza del camino.

 
   SONETO XXI

     Clarísimo marqués, en quien derrama
el cielo cuanto bien conoce el mundo,
si al gran valor en qu’el sujeto fundo
y al claro resplandor de vuestra llama

     arribare mi pluma y do la llama
la voz de vuestro nombre alto y profundo,
seréis vos solo eterno y sin segundo,
y por vos inmortal quien tanto os ama.

     Cuanto del largo cielo se desea,
cuanto sobre la tierra se procura,
todo se halla en vos de parte a parte;

     y, en fin, de solo vos formó natura
una estraña y no vista al mundo idea
y hizo igual al pensamiento el arte.

 
   SONETO XXII

     Con ansia estrema de mirar qué tiene
vuestro pecho escondido allá en su centro
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en aparencia y ser igual conviene,

     en él puse la vista, mas detiene
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro
que miren lo qu’el alma en si contiene.

     Y así se quedan tristes en la puerta
hecha, por mi dolor, con esa mano,
que aun a su mismo pecho no perdona;

     donde vi claro mi esperanza muerta
y el golpe, que en vos hizo amor en vano,
non esservi passato oltra la gona.

 
   SONETO XXIII

     En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

     y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del oro s’escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

     coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

     Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

 
   SONETO XXIV

     Ilustre honor del nombre de Cardona,
décima moradora de Parnaso,
a Tansillo, a Minturno, al culto Taso
sujeto noble de imortal corona:

     si en medio del camino no abandona
la fuerza y el espirtu a vuestro Laso,
por vos me llevará mi osado paso
a la cumbre difícil d’Elicona.

     Podré llevar entonces sin trabajo,
con dulce son qu’el curso al agua enfrena,
por un camino hasta agora enjuto,

     el patrio, celebrado y rico Tajo,
que del valor de su luciente arena
a vuestro nombre pague el gran tributo.

 
   SONETO XXV

     ¡Oh hado secutivo en mis dolores,
cómo sentí tus leyes rigurosas!
Cortaste’l árbol con manos dañosas
y esparciste por tierra fruta y flores,

     En poco espacio yacen los amores,
y toda la esperanza de mis cosas,
tornados en cenizas desdeñosas
y sordas a mis quejas y clamores.

     Las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron
recibe, aunque sin fruto allá te sean,

     hasta que aquella eterna noche escura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.

 
   SONETO XXVI

     Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien s’acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

     ¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.

     Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.

     Aquéste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.

 
   SONETO XXVII

     Amor, amor, un hábito vestí
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, mas apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí.

     Después acá de lo que consentí,
tal arrepentimiento m’ha tomado
que pruebo alguna vez, de congojado,
a romper esto en que yo me metí;

     mas ¿quién podrá deste hábito librarse,
teniendo tan contraria su natura
que con él ha venido a conformarse?

     Si alguna parte queda, por ventura,
de mi razón, por mí no osa mostrarse,
que en tal contradición no está segura.

 
   SONETO XXVIII

     Boscán, vengado estáis, con mengua mía,
de mi rigor pasado y mi aspereza,
con que reprehenderos la terneza
de vuestro blando corazón solía;

     agora me castigo cada día
de tal selvatiquez y tal torpeza,
mas es a tiempo que de mi bajeza
correrme y castigarme bien podría.

     Sabed qu’en mi perfeta edad y armado,
con mis ojos abiertos, m’he rendido
al niño que sabéis, ciego y desnudo.

     De tan hermoso fuego consumido
nunca fue corazón; si preguntado
soy lo demás, en lo demás soy mudo.

 
   SONETO XXIX

     Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuése embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso.

     Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo
que de su propia vida congojoso,

     como pudo, ’sforzó su voz cansada
y a las ondas habló d’esta manera,
mas nunca fue su voz dellas oída:

     "Ondas, pues no se escusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor esecutá en mi vida."

 
   SONETO XXX

     Sospechas que, en mi triste fantasía
puestas, hacéis la guerra a mi sentido,
volviendo y revolviendo el afligido
pecho con dura mano noche y día:

     ya se acabó la resistencia mía
y la fuerza del alma; ya rendido,
vencer de vos me dejo, arrepentido
de haberos contrastado en tal porfía.

     Llevadme a aquel lugar tan espantable
que, por no ver mi muerte allí esculpida,
cerrados hasta aquí tuve los ojos.

     Las armas pongo ya, que concedida
no es tan larga defensa al miserable:
colgad en vuestro carro mis despojos.

 
   SONETO XXXI

     Dentro en mi alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;

     mas luego d’él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento;
en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.

     ¡Oh crudo nieto, que das vida al padre
y matas al agüelo!, ¿por qué creces
tan desconforme a aquél de que has nacido?

     ¡Oh celoso temor!, ¿a quién pareces?,
que aun la invidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido.

 
   SONETO XXXII

     Mi lengua va por do el dolor la guía;
ya yo con mi dolor sin guía camino;
entrambos hemos de ir con puro tino;
cada uno va a parar do no querría:

     yo porque voy sin otra compañía
sino la que me hace el desatino;
ella porque la lleve aquel que vino
a hacella decir más que querría.

     Y es para mí la ley tan desigual
que aunque inocencia siempre en mi conoce,
siempre yo pago el yerro ajeno y mío.

     ¿Qué culpa tengo yo del desvarío
de mi lengua, si estoy en tanto mal
que el sufrimiento ya me desconoce?

 
   SONETO XXXIII

A BOSCÁN DESDE LA GOLETA

     Boscán, las armas y el furor de Marte,
que con su propria fuerza el africano
suelo regando, hacen que el romano
imperio reverdezca en esta parte,

     han reducido a la memoria el arte
y el antiguo valor italïano,
por cuya fuerza y valerosa mano
África se aterró de parte a parte.

     Aquí donde el romano encendimiento,
donde el fuego y la llama licenciosa
solo el nombre dejaron a Cartago,

     vuelve y revuelve amor mi pensamiento,
hiere y enciende el alma temerosa,
y en llanto y en ceniza me deshago.

 
   SONETO XXXIV

     Gracias al cielo doy que ya del cuello
del todo el grave yugo he desasido,
y que del viento el mar embravecido
veré desde lo alto sin temello;

     veré colgada de un sutil cabello
la vida del amante embebecido
en error, en engaño adormecido,
sordo a las voces que le avisan dello.

     Alegraráme el mal de los mortales,
y yo en aquesto no tan inhumano
seré contra mi ser cuanto parece:

     alegraréme como hace el sano,
no de ver a los otros en los males,
sino de ver que dellos él carece.

 
   SONETO XXXV

A MARIO, ESTANDO, SEGÚN ALGUNOS DICEN,
HERIDO EN LA LENGUA Y EN EL BRAZO

 

     Mario, el ingrato amor, como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
qu’es hacer más ofensa al más amigo,

     teniendo miedo que si escribo y digo
su condición, abato su grandeza,
no bastando su esfuerzo a su crüeza,
ha esforzado la mano a mi enemigo;

     y ansí, en la parte que la diestra mano
gobierna y en aquella que declara
los concetos del alma, fui herido.

     Mas yo haré que aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.

 
   SONETO XXXVI

     Siento el dolor menguarme poco a poco,
no porque ser le sienta más sencillo,
mas fallece el sentir para sentillo,
después que de sentillo estoy tan loco;

     ni en sello pienso que en locura toco,
antes voy tan ufano con oíllo
que no dejaré el sello y el sufrillo,
que si dejo de sello, el seso apoco.

     Todo me empece, el seso y la locura:
prívame éste de sí por ser tan mío;
mátame estotra por ser yo tan suyo.

     Parecerá a la gente desvarío
preciarme deste mal do me destruyo:
yo lo tengo por única ventura.

 
   SONETO XXXVII

     A la entrada de un valle, en un desierto
do nadie atravesaba ni se vía,
vi que con estrañeza un can hacía
estremos de dolor con desconcierto:

     ahora suelta el llanto al cielo abierto,
ora va rastreando por la vía;
camina, vuelve, para, y todavía
quedaba desmayado como muerto.

     Y fue que se apartó de su presencia
su amo, y no le hallaba, y esto siente:
mirad hasta dó llega el mal de ausencia.

     Movióme a compasión ver su accidente;
díjele, lastimado: "Ten paciencia,
que yo alcanzo razón, y estoy ausente."

 
   SONETO XXXVIII

     Estoy contino en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con sospiros,
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

     que viéndome do estoy y en lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para hüiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

     y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía
ejemplos tristes de los que han caído;

     sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.

 
   SONETO XXXIX

     ¡Oh celos, de amor terrible freno
qu’en un punto me vuelve y tiene fuerte;
hermanos de crüel amarga muerte
que, vista, turbas el cielo sereno!

     ¡Oh serpiente nacida en dulce seno
de hermosas flores, mi esperanza es muerte:
tras próspero comienzo, adversa suerte,
tras süave manjar, recio veneno!

     ¿De cuál furia infernal acá saliste,
oh crüel monstruo, oh peste de mortales,
que tan tristes, crudos mis dias heciste?

     Torna ya sin aumentar mis males;
desdichado miedo, ¿a qué veniste?,
que bien bastaba amor con sus pesares.

 
   SONETO XL

     El mal en mí ha hecho su cimiento
y sobr’él de tal arte ha labrado
que amuestra bien estar determinado
de querer para siempre este aposiento;

     trátame ansí que a mil habría muerto,
mas yo para más mal estoy guardado;
estó ya tal que todos me han dejado
sino el dolor qu’en sí me tiene vuelto.

     Ya todo mi ser se ha vuelto en dolor
y ansí para siempre ha de turar,
pues la muerte no viene a quien no es vivo;

     en tanto mal, turar es el mayor,
y el mayor bien que tengo es el llorar:
¡cuál será el mal do el bien es el que digo!

 

Epístola a Boscán
               

Garcilaso

 
     Señor Boscán, quien tanto gusto tiene
de daros cuenta de los pensamientos,
hasta las cosas que no tienen nombre,
no le podrá faltar con vos materia,
ni será menester buscar estilo
presto, distinto d’ornamento puro
tal cual a culta epístola conviene.
Entre muy grandes bienes que consigo
el amistad perfeta nos concede
es aqueste descuido suelto y puro,
lejos de la curiosa pesadumbre;
y así, d’aquesta libertad gozando,
digo que vine, cuanto a lo primero,
tan sano como aquel que en doce días
lo que sólo veréis ha caminado
cuando el fin de la carta os lo mostrare.               Epístola
     Alargo y suelto a su placer la rienda,
mucho más que al caballo, al pensamiento,
y llévame a las veces por camino
tan dulce y agradable que me hace
olvidar el trabajo del pasado;
otras me lleva por tan duros pasos
que con la fuerza del afán presente
también de los pasados se me olvida;
a veces sigo un agradable medio
honesto y reposado, en que’l discurso
del gusto y del ingenio se ejercita.
Iba pensando y discurriendo un día
a cuántos bienes alargó la mano
el que del amistad mostró el camino,
y luego vos, del amistad enjemplo,
os me ofrecéis en estos pensamientos,
y con vos a lo menos me acontece
una gran cosa, al parecer estraña,
y porque lo sepáis en pocos versos,
es que, considerando los provechos,
las honras y los gustos que me vienen
desta vuestra amistad, que en tanto tengo,
ninguna cosa en mayor precio estimo
ni me hace gustar del dulce estado
tanto como el amor de parte mía.
Éste comigo tiene tanta fuerza
que, sabiendo muy bien las otras partes
del amistad y la estrecheza nuestra
con solo aquéste el alma se enternece;
y sé que otramente me aprovecha
el deleite, que suele ser pospuesto
a las útiles cosas y a las graves.
Llévame a escudriñar la causa desto
ver contino tan recio en mí el efeto,
y hallo que’l provecho, el ornamento,
el gusto y el placer que se me sigue
del vínculo d’amor, que nuestro genio
enredó sobre nuestros corazones,
son cosas que de mí no salen fuera,
y en mí el provecho solo se convierte.
Mas el amor, de donde por ventura
nacen todas las cosas, si hay alguna,
que a vuestra utilidad y gusto miren,
es gran razón que ya en mayor estima
tenido sea de mí que todo el resto,
cuanto más generosa y alta parte
es el hacer el bien que el recebille;
así que amando me deleito, y hallo
que no es locura este deleite mio.
     ¡Oh cuán corrido estoy y arrepentido
de haberos alabado el tratamiento
del camino de Francia y las posadas!
Corrido de que ya por mentiroso
con razón me ternéis; arrepentido
de haber perdido tiempo en alabaros
cosa tan digna ya de vituperio,
donde no hallaréis sino mentiras,
vinos acedos, camareras feas,
varletes codiciosos, malas postas,
gran paga, poco argén, largo camino;
llegar al fin a Nápoles, no habiendo
dejado allá enterrado algún tesoro,
salvo si no decís que’s enterrado
lo que nunca se halla ni se tiene.
A mi señor Durall estrechamente
abrazá de mi parte, si pudierdes.
Doce del mes d’otubre, de la tierra
do nació el claro fuego del Petrarca
y donde están del fuego las cenizas.

 

 

 

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